Capítulo 14
Aquella noche de viernes se celebraba la cena de Navidad de la empresa.
Nora había barajado la posibilidad de fingir cualquier malestar para ausentarse, sobre todo tras haber recuperado al pequeño Latte y después de su acercamiento físico con Dante; podría haber pasado esa velada en una compañía mucho más amena y valiosa para ella.
Sin embargo, algo en su interior –una voz sorda que removía sus cimientos más vitales– le susurraba que debía acudir.
No creía en lo intangible, pero decidió capitular ante su propio instinto.
Se enfundó en un vestido de terciopelo negro con escote, ceñido a su anatomía como una segunda piel que esculpía su silueta de reloj de arena.
Labios rojo ardiente. Uñas a juego. Hacía tiempo que Nora había canjeado la sumisión de los tonos claros dictada por Garrett por una oscuridad que, al fin, la hacía sentirse a gusto en su propia piel.
Era la oveja negra de Goldart; nadie más se había atrevido a desafiar el dress code de su superior.
Desde su último enfrentamiento, la relación con Garrett Lavender pendía de un hilo tenso que los continuos errores de Conrad no hacían más que desgastar.
Había encadenado varios desencuentros con la singular pareja desde entonces y la tregua concerniente a este conflicto se hallaba en estado crítico.
La oficina desprendía un fuerte olor a naranja y canela artificial, un truco olfativo diseñado por el departamento para forzar la productividad antes de las vacaciones.
Nora aceptó una copa de champán, sorteando los halagos hipócritas de varios compañeros que fingían admirar su indumentaria de terciopelo negro.
Cumplió con el protocolo: sonrisas medidas y frases de cortesía. El disfraz social seguía intacto.
Al retirarse hacia su despacho para aislarse del estrépito y revisar su reflejo, la realidad la golpeó de frente.
Garrett había invadido su santuario. Estaba apoltronado en su silla de cuero negro, exhumando una autoridad que ya no poseía.
En cuanto Nora cruzó el umbral, él se puso en pie y le atenazó el brazo con una brusquedad imperativa.
Vestía un traje confeccionado a medida que, lejos de infundir respeto, lo hacía lucir como el maestro de ceremonias de un circo de medio pelo; una indumentaria pretenciosa ante la cual ella tuvo que realizar un auténtico esfuerzo para contener la risa.
–Nora, sé que está siendo un momento difícil por lo del anciano y su gato –dijo él, con una voz que hedía a una absoluta falta de empatía–. Pero tu conducta está promoviendo una dinámica nociva entre tus compañeros. La armonía del departamento se está viendo comprometida.
– ¿Podrías especificar mi error para poder subsanarlo… si fuera preciso? –inquirió ella, gélida.
–Has puesto en tela de juicio la profesionalidad de Conrad en repetidas ocasiones –las palabras se le atropellaban a Garrett, delatando el nerviosismo y el miedo a quedar expuesto–. Y el resto del equipo ha empezado a difundir el rumor de que existe… algún tipo de relación íntima entre él y yo.
Nora humedeció sus labios rojos con un trago de champán, observando cómo la condensación empañaba la copa.
–Si hubieras prestado más atención a mi carácter durante estos siete años –empezó, y su tono poseía el filo de un carámbano–, te habrías dado cuenta de que no soy una persona social dentro del organigrama de Goldart.
Interactúo lo justo con mis compañeros; jamás comparto mi vida privada ni cotilleo sobre la de nadie.
¿De verdad me crees tan mediocre como para perpetrar una venganza de parvulario?
Inclinó su torso de terciopelo negro hacia él, acortando el espacio entre ambos.
Hizo una pausa tan dramática que él tragó saliva con dificultad.
–Créeme, Garrett. El día que decida vengarme de tu falta de profesionalidad y de tus abusos como superior, sabrás sin asomo de duda que he sido yo.
La puerta se abrió con ímpetu y Conrad entró en escena.
Su rostro delataba que aquella treta había sido trazada con antelación, aunque adolecía de toda estrategia.
Si Garrett parecía el maestro de ceremonias de un circo decadente, Conrad era su payaso.
El traje cubierto de estampados florales exóticos que había elegido para la gala de Navidad constituía una estampa grotesca; Nora supo en el acto que el departamento devoraría aquella ridícula estampa con saña durante los próximos meses.
–Necesitaba hablar contigo. Lamento que sea en este escenario festivo –dijo, intentando sonar desafiante, pero el miedo le pudría la voz–. Tu nueva actitud dificulta mi relación con los compañeros. Además, insinuar…
Nora no le permitió continuar.
Se aproximó con lentitud hacia el marco y cerró la puerta con un golpe limpio. Conrad, asustado por el estrépito, prácticamente se abalanzó sobre Garrett en busca de protección.
–Como le acabo de explicar a Garrett –musitó ella, con una voz tan fría que los obligó a mantenerse en alerta–, yo no he difundido rumor alguno sobre vosotros ni sobre vuestra…
manera de relacionaros. Tampoco he dicho una sola palabra acerca de tu ineptitud o de tu falta de ética laboral.
Lo que estáis presenciando en la oficina –prosiguió, deslizando su larga uña roja sobre la superficie del escritorio–es solo el reflejo de vuestras propias miserias.
Gracias por atribuirme el mérito, pero este fracaso es un éxito exclusivamente vuestro.
Y os lo repito: si algún día decido tomar cartas en el asunto, sabréis que he sido yo.
Garrett intentó replicar, pero un golpe en la puerta suspendió la frase.
El acceso se abrió con una parsimonia aristocrática.
Brianna Stuart irrumpió en aquella celda psicológica, transformando la tensión en una puesta en escena operística.
Su melena dorada enmarcaba las facciones de una mujer que acababa de adentrarse en los cincuenta, vestida con un rigor barroco que a Nora le resultó asfixiante: terciopelo escarlata de mangas abullonadas y unos complementos ostentosos que delataban, sin pudor, el estatus financiero de su linaje.
– ¿A qué viene este cónclave? Mi padre está a punto de pronunciar su discurso. Garrett, muévete, te necesito a mi lado.
Brianna alargó la mano y tomó a Garrett por el brazo. Él se recompuso al instante.
–Descuida, cariño –Garrett forzó un tono almibarado que provocó una arcada sorda en Nora–.
Simplemente ofrecía un adelanto exclusivo a mis dos pilares en la firma.
Quería que supieran de primera mano mi promoción a la junta directiva y el merecido relevo de Conrad Roberts al frente del departamento en la vacante que dejo libre.
El veredicto cayó sobre Nora con el impacto de un bloque de hormigón. Experimentó una asfixia violenta, como si las paredes de la estancia se estrecharan para triturarle el diafragma en un suplicio de la Inquisición.
Mantuvo un mutismo gélido mientras el trío cruzaba el umbral. La puerta se cerró.
El champán en su copa seguía burbujeando.
Sola en la penumbra, aislada del éxito ajeno, Nora contempló el vacío. Un espasmo involuntario le sacudió los dedos sobre la mesa.
Después de recomponer su máscara –de volver a ajustar cada pliegue, cada gesto, cada sonrisa ensayada–, Nora abandonó el reservado con solemnidad.
Se personó en el gran salón donde la agencia celebraba las promociones con la mediocridad de siempre: champán barato, risas vacías y abrazos de compromiso.
Nora se apostó junto al ponche navideño y se sirvió una copa. La alzó en dirección a los afortunados. Garrett la miró desde el otro lado de la sala; fue incapaz de descifrar su expresión y, quizá por eso, se vio obligado a seguir sonriendo.
Era el momento de la proyección del video anual de la agencia.
Imágenes que se habían ido captando durante todo el ejercicio: empleados encerrados en la sala de juntas exponiendo sus proyectos, apretones de manos sellando nuevos contratos, celebraciones de cumpleaños…
Una farsa sentimental que a Nora siempre le había parecido profundamente bochornosa e innecesaria.
Como editora forzada del montaje –un puesto que le delegaron a dedo y que ella se vio obligada a aceptar a regañadientes–, permaneció de pie junto al proyector, al fondo de la sala, con su copa de ponche en la mano.
Sostuvo el cristal, blindada en su habitual inexpresividad.
La estancia quedó a oscuras.
La proyección avanzó escoltada por unos acordes sensibleros que pretendían forzar la nostalgia de la plantilla.
Escenas rutinarias. Sonrisas de plástico. La normalidad impostada de Goldart.
Entonces, el registro musical cambió. Una melodía oscura y trágica invadió la sala. Las miradas de desconcierto entre los presentes eran un auténtico deleite para Nora.
Garrett tomó el micrófono y se dirigió al público.
–Tranquilos todos –bramó, forzando una cordialidad corporativa que no lograba enmascarar su furia–. Nuestra editora, Nora, parece transitar por una etapa… algo oscura. Pero siempre ha sabido plasmar a la perfección el ambiente de la agencia.
El murmullo colectivo derivó en carcajadas cómplices.
El departamento giró el cuello hacia su rincón, regalándole muecas de burla.
Nora Holloway alzó el cristal con una parsimonia letal, blindada en su propio reflejo.
La proyección continuó su curso. Y entonces, el proyector de enormes dimensiones reflejó, ante la perplejidad absoluta del pasaje, las imágenes que Nora había custodiado durante meses: Garrett y Conrad.
Videos, fotografías, mensajes. Explícitos. Crueles. Mofándose de Brianna, del CEO y de cada uno de los presentes en la sala.
El murmullo del personal cobró una fuerza violenta, ascendiendo en un estrépito de escándalo.
Brianna, fuera de sí, exigía a gritos detener la filmación.
Garrett y Conrad habían sepultado sus sonrisas de autosatisfacción bajo una máscara de puro terror; pero ese disfraz, a diferencia del de ella, carecía de cimientos y se desmoronaba a la vista de todos.
Nora se había desplazado como un felino silencioso hacia la puerta del ascensor.
Las hojas de metal se abrieron y ella se deslizó en el interior como una sombra que reclama la noche.
Antes de que las puertas se sellaran por completo, cruzó la mirada con Garrett y alzó una copa imaginaria en un brindis silencioso. Un brindis con sabor a victoria absoluta.
Mientras la cabina descendía, observó su reflejo en la caja de espejos: cabello azabache, labios rojos y unos ojos verdes rebosantes de un fuego antiguo.
–Ahora entiendo lo que veías, Silas –susurró al vacío–. No he tardado en comprenderlo. Ha sucedido en el segundo exacto.
Brindó de nuevo hacia su propio reflejo.
Luego alzó la copa invisible hacia el techo, hacia el cielo, buscando el rincón donde Silas y Salvatore la contemplaban.
–Por vosotros.
Nora sonrió, con una ligereza inédita en muchos años.
Se llevó los dedos al rostro, ejecutando un gesto simbólico, como si se desprendiera de una fina capa invisible adherida a su piel. La farsa había terminado. La máscara ya no era necesaria.
El ascensor siguió bajando.