Capítulo 13
Nora utilizó el cierre anticipado de la agencia por los preparativos navideños como una oportunidad táctica. Se dirigió a su dúplex con una única meta: retomar el rastreo del animal.
Al enfilar la acera de su inmueble, el pulso se le detuvo.
Una silueta oscura montaba guardia junto al portón.
El pánico la asaltó al instante; tenía demasiado presente el asalto que el señor Giuliano había sufrido semanas atrás, aquel violento rifirrafe que precedió a su deceso.
Pero el aguanieve arreciaba y el invierno no concedía tregua; quedarse a la intemperie para esquivarlo no era una opción si quería subir a por el equipo de búsqueda.
Blindada en su determinación, acortó la distancia y exigió a la espalda del intruso que se apartara del umbral.
El hombre no necesitó volverse para que ella descifrara su identidad.
La fragancia animal y amaderada del Oud la golpeó de frente, desarmando su armadura de hielo.
–Asumo que eres demasiado orgullosa para pedir refuerzos –la voz de Dante templó el aire helado–, pero el tiempo juega en contra de Latte. Dos rastreadores ven más que uno.
Nora sostuvo el pulso de sus pupilas.
Una capa de nieve coronaba sus hombros, envueltos en la marcialidad de su abrigo negro y su bufanda de vicuña. El frío no parecía afectarle.
Su mente analítica activó las alarmas: jamás le había revelado la dirección de su dúplex.
Cierto era que encadenaban más de tres meses de citas esporádicas –más por asfixia cronológica que por falta de deseo– y un sinfín de confidencias telefónicas, pero aún no habían cruzado la frontera de la intimidad doméstica.
–Aprecio el gesto, Dante –el tono de Nora cortó como una bofetada–, pero no tolero que invadan mi intimidad. ¿Cómo has sabido dónde vivo?
–Tengo amigos en los lugares adecuados.
Dante sonrió de medio lado, pero al escanear la rigidez del rostro de Nora, borró cualquier rastro de ironía.
–Antes de que me catalogues como una amenaza, déjame explicarme.
Hace unos meses sufrí un sabotaje en mi estudio; varias piezas aparecieron mutiladas y reducidas a escombros.
Entablé una relación cordial con el detective a cargo del caso, Craig Revenant.
Al ver en las noticias que él lideraba la investigación de Salvatore, le pedí un favor personal.
Y aquí estoy. Quiero dar con Latte para asegurarme de que está a salvo, y para que tú recuperes tu tiempo y tu paz.
–Agradezco el gesto –dijo Nora–. Pero la próxima vez te rogaría que cualquier asunto de esta índole pase antes por mí. No es que no te haya pedido colaboración por orgullo. ¿No has pensado que pueda tener mis propios motivos?
Su voz cortaba el frío como un abrecartas afilado.
–Comprendo y asumo mi error –respondió Dante, sin inmutarse–. No era mi intención violentar tu espacio, solo quería brindarte mi apoyo más sincero. Te pido disculpas.
Se disponía a virar sobre sus botines de piel negra cuando Nora lo asió del brazo, frenando su retirada.
–No, no es necesario que te marches –pidió, y su tono recobró una calidez inédita–. Como ya te confesé, me cuesta mucho confiar en la gente. Mi casa es mi madriguera. Mi lugar seguro.
Dante asintió y, con un ademán cortés que le cedía el paso, esperó a que ella abriera el portón. Ambos se adentraron en la penumbra del portal.
–Por cierto –el susurro de Dante rozó su oído, templando el aire gélido del portal–, asumo que este momento no es el mejor escenario para los cumplidos, pero este cambio radical de imagen te pertenece por completo.
El azabache de tu melena vuelve letal el verde de tus ojos.
Estás imponente. Y no me refiero a la superficie de tu indumentaria, sino a la autoridad que acaba de despertar en tu interior.
Nora hizo un gesto de aceptación con la cabeza; un ademán sutil con el que, sin embargo, lo declaró todo.
Armados con lo necesario para localizar al pequeño fantasma blanco, rastrearon cada recoveco. Inspeccionaron cajas y contenedores abandonados; se tendieron sobre el asfalto helado, removiendo muebles viejos y trastos de todo tipo.
Tras dos horas de infructuosa búsqueda, con el nivel de la nieve ascendiendo sin tregua, asumieron que había llegado el momento de capitular.
–Sé que tal vez no quieras escuchar esto –advirtió Dante con cautela–, pero ¿te has planteado la posibilidad de que tal vez… es decir, son demasiados días fuera para un gato tan joven e inexperto. Solo, sin alimento, bajo este temporal…
Nora no le permitió terminar. Posó su dedo enguantado sobre los labios fríos de Dante.
–No soy ingenua. Sé que esa posibilidad existe –dijo, y su voz sonaba rota, pero sostenida por un firme temple–. Pero permíteme conservar esa fracción de esperanza… de posibilidad. Salvatore y Latte eran mi única familia. Uno me ha dejado para siempre; al otro espero poder recuperarlo algún día.
Era demasiado tarde y la nieve caía ya con violencia, por lo que Nora invitó a Dante a refugiarse en su casa.
Mientras ella preparaba dos tazas de chocolate caliente con nata –la cioccolata calda con panna que le había enseñado a oficiar Salvatore–, Dante colgó su abrigo de paño negro en el perchero y deambuló por el comedor, analizando la austera decoración.
Incluso en su propio hogar, ella evitaba mostrar su auténtica naturaleza.
Tan solo algunos volúmenes como El príncipe de Maquiavelo o El arte de la guerra , un par de fotografías muy artísticas en blanco y negro junto a Silas, y la rigurosa combinación cromática del mobiliario invitaban a intentar descifrar aquel enigma de mujer.
– ¿Siempre has vivido así? –Preguntó él, señalando con un gesto amplio la sobriedad del espacio–. ¿O es una concesión a la farsa que sostienes fuera?
Nora se detuvo un instante, con la cuchara suspendida en el aire y el chocolate humeando entre las manos.
–Es la única forma que conozco de no perderme –respondió–. Si no hay objetos, no hay ruido.
– ¿Y qué haces con el ruido de dentro?
Ella no respondió.
Le tendió la taza de chocolate con una sonrisa que no alcanzaba del todo a sus ojos.
–Bebe –dijo–. Se enfría.
Dante la aceptó y sus dedos rozaron los de ella. Un contacto breve, casi imperceptible, pero suficiente para que ambos percibieran esa electricidad que transitaba más allá del intelecto.
Nora llevaba años sin entregarse a las caricias ajenas; el único contacto físico que había experimentado en todo ese tiempo eran los reconfortantes abrazos de Salvatore.
Era una mujer fuerte e independiente, incapaz de apoyarse en los demás para seguir adelante, pero aquella noche se sentía humana, vulnerable. Y Dante, aunque casi siempre a través del teléfono, había permanecido ahí, sin presionar, comprendiendo su forma de relacionarse.
Él bebía de la loza cuando Nora se la retiró con delicadeza.
Ambos se miraron con una profundidad que no precisaba palabras.
Dante se aproximó con cautela hacia sus labios. Nora no hizo por apartarse.
Aquel beso fue más que un contacto físico. Fueron dos almas en comunión que parecían transmitirse más información de la que jamás podría verbalizarse.
En el dúplex reinaba una penumbra rota únicamente por una lámpara de diseño de luz tenue, con la suave melodía de Sade como anfitriona.
De repente, un golpe seco resonó en la puerta.
Ambos se tensaron, poniéndose en alerta al unísono. Nora se acercó con cautela; no esperaba visitas a esas horas de la madrugada y nadie en su sano juicio habría salido bajo la tempestad de nieve.
– ¿Quién es? –inquirió con voz firme y segura.
Nadie respondió, pero un segundo impacto, esta vez más sutil, fue la única réplica.
Miró por la mirilla y no descubrió a nadie. Sabiéndose protegida por la presencia de Dante, giró la llave y abrió.
Frente a ella, el pequeño fantasma de opereta permanecía sentado sobre la alfombra de la entrada.
–¡Latte!
Sin poder contenerse, ignorando que Dante la contemplaba desde atrás, las lágrimas brotaron de sus ojos libres de cualquier censura clínica.
Se arrodilló y abrazó al pequeño felino como si acabara de recuperar el tesoro más valioso de su existencia.