Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

Evranna permanecía en el sofá, con la mirada perdida y las facciones devastadas por un dolor absoluto.

Dante continuaba inmóvil. Nora se acercó a él, midiendo cada uno de sus pasos y de sus palabras:

–Dante, ¿hay algo que quieras decir? Sé que es tarde y que ha sido una noche larga y desconcertante, pero si necesitas compartir algo o resolver alguna duda, este es el momento.

Dante desvió sus ojos hacia ella, pero no hubo conexión. Su mirada estaba hueca, despojada de la ternura y la devoción que hasta hacía unas horas los mantenían unidos en mitad de la tormenta.

Nora entendió, sin necesidad de palabras, que aquello marcaba el principio de un nuevo comienzo para Dante; un tramo en el que tendría que volver a encarar a sus demonios para estabilizar su vida.

Ella estaría allí si él lo deseaba, pero intuía que ese era un viaje que Dante emprendería en solitario.

Al fin y al cabo, eran dos anomalías del sistema con un comportamiento idéntico, y eso era exactamente lo que ella habría hecho: poner su propio mundo en orden antes de continuar con lo que había nacido entre ambos.

La suave luz del alba empezaba a teñir de naranja el bicromo salón de la joven.

El timbre rasgó el único instante de intimidad que la pareja había logrado mantener durante la velada. Cuando Nora se levantó para abrir a la policía, Evranna estalló en un desgarrador grito que heló la sangre de todos los presentes.

–¿Qué te sucede, Evranna? –preguntó Nora, con el corazón sobrecogido y sintiendo cómo el miedo le vaciaba el color de las mejillas.

–Craig… Craig se ha ido… –Y tras estas palabras, Evranna desfalleció sobre la silla de cuero negro.

Nora se apresuró hacia el baño, donde Revenant debía acicalarse para su traslado.

La puerta entreabierta le devolvió una estancia vacía; el suave golpeteo del viento contra el marco de la ventana revelaba, sin necesidad de explicaciones, cuál había sido la última decisión del inspector.

La joven comprendió que Revenant no había sido capaz de sostener el peso de la culpa, ni de asumir el desastre que sus acciones habían provocado en el resto de los ocupantes del 8A: sus dos hermanos y ella misma.

Había elegido poner fin a su vida y al tormento que él, y solo él, había desatado.

En el comedor, Evranna era atendida por Dante, su recién recuperado y único hermano.

Afuera, en el pequeño jardín de la entrada del edificio, el cuerpo sin vida de Revenant yacía sobre un lecho de narcisos amarillos que empezaban a florecer.

El tímido sol que empezaba a asomar por la ventana del baño acariciaba con suavidad el rostro aún perplejo de Nora; a lo lejos, el sonido de las sirenas policiales resonaba como una vieja melodía de fondo.

En ese instante, la joven solo podía pensar en la devastación que había sembrado Andrea, el gemelo de Salvatore.

Una persona atroz desde el mismo instante de su llegada a este mundo; un hombre que había fallecido cuatro décadas atrás, pero cuyo veneno y rencor lograban alcanzar el presente para seguir infligiendo dolor a quienes rodearon a Salvatore.

Afectaba a sus propios hijos, a sus hermanos e incluso a ella misma; porque aunque Nora no compartía lazos de sangre con la estirpe Giuliano, siempre había sido una más de la familia para Salvatore y para Teresa.

Cuatro almas devastadas.

Una de ellas, recién extinta, yacía en la entrada al edificio.

Cuatro cuerpos despojados de sus máscaras para mostrarse, en carne viva, ante el tribunal de los presentes.

Porque deshacerse de la máscara no es un acto de indulgencia ni el augurio de una redención inmediata; es una herida necesaria que solo invita a habitar un yo auténtico, limpio de secretos, de mentiras y de artificios.

Si hubiesen tenido el valor de ejecutar ese desgarro al unísono, el día que ahora despertaba entre tinieblas habría sido diferente. Más clemente con todos ellos.

Nora, contemplando las ruinas del salón, alcanzó la última y gélida certeza: alimentarse del dolor y del odio por las ofensas del pasado solo engendra un fantasma que devora el presente y sepulta, bajo su sombra, cualquier atisbo de futuro.

FIN