Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

El tiempo avanzaba con la monotonía de una cadena pesada.

Rutina. Oficina. Máscara. Retorno.

Los únicos eslabones que rompían el cemento de los días eran sus visitas a Salvatore y Dante, con sus mensajes concisos y ese hilo invisible que la unía a alguien desprovisto de exigencias.

Para Nora, el teléfono siempre había sido un enemigo del aislamiento, un artefacto que violaba el santuario de su casa con el eco de gentes incapaces de tolerar su propia compañía.

Pero la voz de Dante, breve y espontánea, actuaba como un salvavidas.

Aquello no era una obligación social; era un alto el fuego.

En sus charlas diseccionaban la soledad colectiva o el misticismo de un café a solas.

Eran crónicas de lo cotidiano analizadas por mentes de la misma especie, donde el silencio no era un vacío incómodo que rellenar, sino un pacto de mutuo respeto que no requería aderezos.

Tampoco le había comentado nada acerca de su nueva imagen ni del revuelo que esta había causado en la oficina, especialmente por parte de Garrett; este intuía que no se trataba de un mero capricho estético, sino de que la máscara de la joven e ingenua Nora empezaba a desvanecerse para dar paso a la mujer que estaba llamada a ser: fuerte, decidida e implacable.

Prefería que Dante descubriera la metamorfosis en persona a su regreso.

Lo que sí le había confiado era el ataque que había sufrido Salvatore a manos de un desconocido, una revelación que colocó a Dante en un estado de alerta sorda, frustrado por la distancia y por no poder estar cerca para velar por su seguridad.

Aquella mañana de sábado, tras sepultar las obligaciones de su dúplex bajo su metódica rutina, Nora bajó a la séptima planta.

Golpeó la puerta del 7B con los nudillos, evitando el timbre eléctrico cuya estridencia tanto irritaba al anciano.

Llamó primero con prudencia; después, con una insistencia implacable al percibir que nadie acudía. Nora conocía los hábitos de Salvatore al milímetro: como la mayoría de los ancianos, era esclavo de sus costumbres, y los sábados oficiaba un desayuno tardío amenizado por la ópera.

Ladeó la cabeza, pegando la oreja al umbral, pero el interior del piso devolvía un silencio absoluto, denso como el de una cripta.

Golpeó una última vez, forzando la voz:

– ¡Salvatore! Soy Nora, bajo a la panadería. ¿Necesita algo?

La puerta del 7A se abrió de golpe, quebrando la tensión del pasillo.

– ¿Qué ocurre, Nora? –inquirió Evranna, ciñéndose una bata de negro terciopelo para blindarse contra el frío cortante de la mañana.

–Buenos días. Quería ver al señor Giuliano por si necesitaba algo, pero no responde… y no es normal. Los sábados nunca sale; no perdona su ritual de  ricca colazione como él le llama.

La médium no replicó.

Avanzó y arremetió contra la madera ajena con un golpe seco y rotundo, un aldabonazo que resonó en la escalera como un eco de heráldica antigua, obligando a varios vecinos a asomar la cabeza, alarmados por el estrépito.

–No pasa nada, regresen a sus estancias. Probablemente Salvatore se halle absorto en su música y sea incapaz de oírnos –sentenció la médium, disolviendo la curiosidad del descansillo con una frialdad regia.

Las puertas de los vecinos se sellaron una tras otra, devolviendo al pasillo su habitual quietud sepulcral.

–Baja a hacer tus recados y mantén la calma –ordenó Evranna, clavando en ella sus pupilas grises –. Si a tu regreso el silencio persiste, tomaremos las medidas oportunas. Hay letargos que no deben interrumpirse de forma abrupta.

Las palabras de la médium, lejos de mitigar su angustia, inocularon en Nora una ansiedad ponzoñosa que no lograba descifrar.

–Anda, vete –insistió Evranna, guiándola con un sutil ademán de sus manos vestidas de terciopelo hasta el umbral del ascensor.

Al regresar de sus recados, tras haber dilatado la vuelta más de lo debido por culpa de las largas colas en los comercios, toda su anatomía se tensó en una alerta vital.

Dos coches patrulla de la policía, con las luces azules rasgando la niebla matutina, permanecían apostados frente a la portería.

–Señorita, en estos momentos no puede acceder al edificio. ¿Es propietaria, inquilina o viene de visita? –La voz del agente golpeó a Nora, provocándole un bloqueo momentáneo.

–Yo… soy inquilina. Vivo en la octava planta —articuló, incapaz de impedir que el pánico le hiciera temblar la voz–. Pero… ¿qué sucede? ¿Por qué no puedo subir?

–El inmueble es, en este momento, el escenario de un crimen.

Mientras Nora intentaba asimilar el impacto de la noticia, unos dedos rígidos se clavaron en su abrigo gris humo y la obligaron a darse la vuelta.

Era Evranna.

–Nora… –su voz, rota en un susurro, cayó como una losa–. No tiene sentido. La lectura de los arcanos no vaticinaba esta violencia. El hilo se ha quebrado antes de tiempo.

La mujer permanecía estática, con los ojos grises velados por una quietud heladora. No había lágrimas en sus facciones, sino un exceso de solemnidad, una afectación matemática que encendió una alarma sorda en la joven.

Aquella aflicción perfecta era, en realidad, un escudo.

–Salvatore…nos ha dejado. Está muerto.

–Pero… eso no es posible. Estuve con él ayer por la noche y estaba bien, estaba como siempre. Además, el agente… Usted ha dicho “un crimen”, ¿verdad? ¿No ha muerto por causas naturales?

Nora experimentó un vértigo violento en la boca del estómago, una náusea ácida que amenazaba con expulsar todo lo que su cuerpo custodiaba: la comida, la ansiedad acumulada y el terror puro de haber perdido a la única persona que de verdad la había querido en mucho tiempo.

La comisaría era un hervidero de gente. Timbrazos de teléfonos, gritos de detenidos, civiles en busca de auxilio y agentes que perseguían un rincón sordo donde recomponer su tensión facial.

Todo aquel caos estaba regado por un aroma a productos de limpieza industriales que se mezclaba, de forma desagradable, con el hedor del miedo y la ira.

Nora, sentada en una silla de plástico, habitaba un espacio suspendido entre la ensoñación más horrible y la incredulidad. Esperaba su turno para testificar ante el encargado de la investigación; al fin y al cabo, ella había sido la última persona en ver al anciano con vida.

–Señorita Holloway. Soy el detective Revenant. Craig Revenant. El encargado de investigar la muerte del señor  Salvatore A. Giuliano.

El detective era un hombre de unos cincuenta años –quizás menos, pero los profundos surcos de su frente lo avejentaban–, de cabello espeso y oscuro que se tornaba plata en las sienes y en un gran mechón sobre el flequillo.

Sus ojos, de un tono azul grisáceo, estaban rasgados; la curvatura descendente de los párpados le confería un aspecto de agotamiento perpetuo.

Era el rostro de quien lleva demasiado tiempo haciendo el trabajo que nadie más quiere hacer.

–Tengo entendido que es usted la última persona que vio con vida al señor Giuliano –dijo, apoyando los codos sobre la mesa–. ¿Podría decirme cómo se encontraba anoche y de qué hablaron?

Nora buscaba desesperadamente un ancla, forzando a su mente a no desmoronarse.

Se sentía repentinamente sola, desterrada en una realidad hostil.

Sí, tenía padres. Esos progenitores biológicos que te engendran, te alimentan y te guarecen hasta que puedes valerte por ti mismo, pero que jamás te conceden afecto, apoyo ni calidez. No como Salvatore. Él había sido incondicional y auténtico. Igual que Silas.

Y entonces, un relámpago de lucidez la golpeó: Latte.

El fantasma blanco, el pequeño habitante del séptimo, reclamó su atención en mitad del caos.

–¿Y Latte? El gato del señor Giuliano –inquirió Nora, incorporándose levemente–. El precinto policial me ha impedido subir... Me he olvidado por completo de él. ¿Está a salvo?

–Iremos por partes, señorita Holloway –Revenant mantuvo una calma imperturbable–. Lo urgente ahora es que conteste a mis preguntas. Si el apartamento alberga alguna mascota, los servicios correspondientes se harán cargo. Concéntrese en lo que le he pedido.

Nora asintió de forma mecánica. Consiguió tragar saliva y desnudó su testimonio.

El detective rehusó desvelar los detalles de la muerte de Salvatore.

Le explicó –con esa voz plana que usan los funcionarios para no dejar huella emocional en sus palabras– que la imprudencia del agente al hablar de "crimen" se debía al argot rutinario: cualquier muerte sospechosa se trata como tal hasta que se dictaminen las causas reales del deceso.

Nora asintió, pero no le creyó. Había algo en la mirada de Revenant, un leve desfase en su pausa antes de responder, que no terminaba de encajar.

El inspector insistió en el estado de la vivienda la noche anterior y en la actitud del anciano.

“¿Estaba más agitado de lo normal? ¿Mencionó algo inusual?” Nora lo miró fijamente y le confesó el incidente ocurrido en el portal dos semanas atrás.

Aquel hombre. La discusión. La caída. Evranna materializándose de la nada con su bata de grueso terciopelo negro y sus respuestas demasiado prontas.

Revenant tomó nota de cada detalle. Su ceja izquierda se arqueó de forma involuntaria; subía y bajaba como un termómetro midiendo la fiebre de cada respuesta.

Tras repasar con el detective cada detalle de la que sería su última noche con su persona predilecta –el abrazo en el umbral, el susurro de Evranna, la forma en que Salvatore se quedó congelado en el pasillo–, Nora fue escoltada hasta su hogar debido al estado de shock en el que aún se encontraba.

El agente que la acompañó mantuvo un mutismo absoluto durante el trayecto. Tampoco hizo falta romperlo.

Una vez dentro, una vez sellada la puerta de su dúplex con el doble cerrojo que tantas noches había asegurado de forma mecánica, Nora se desplomó en el oscuro sofá que solía acogerla tras las largas jornadas en la oficina.

El mismo donde Silas dormitaba en las tardes de lluvia.

El mismo donde Salvatore se había sentado alguna vez para desgranar varias de sus muchas historias.

Y entonces, por primera vez en años, lloró.

No fue un llanto contenido, de esos que se había obligado a disimular cuando el doctor Schneider la vigilaba por encima de su libreta.

Fue distinto. Desgarrado. Hondo. Un llanto que le arrancaba los sollozos del pecho como si algo estuviera naciendo, o muriendo, en su interior.

Lloró hasta que el cuerpo se rindió, hasta que el agotamiento la venció con la misma rotundidad con la que el sueño reclama a un recién nacido. Se quedó dormida en el sofá, aferrada a un cojín negro, con el rastro de las lágrimas aún brillando sobre la palidez de sus mejillas.

Fuera, la ciudad continuaba su curso indiferente. Los coches policiales ya se habían marchado.

Los vecinos destilaban murmullos en los portales, alimentando el chisme de la tragedia.

Nora habitaba un espacio suspendido entre el sueño y la vigilia, acunada por el eco lejano de una voz que jamás volvería a llamarla "bella".