Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

El sábado amaneció envuelto en niebla. Nora había visitado a Giuliano cada noche tras el incidente, incapaz de decidir si aquella agresión era el hecho aislado que sus vecinos del séptimo se empeñaban en hacerle creer.

Aquella mañana tenía cita en la peluquería.

La fiesta de Navidad de Goldart estaba próxima y, aunque el evento social carecía de interés para ella, intuía que esta vez no podía permitirse el lujo de faltar.

El salón desprendía ese aroma característico a químicos, calor y a las pretensiones de sus clientas.

Era un espacio diáfano, de una iluminación quirúrgica, donde las estilistas vestían uniformes negros con delantales rojos en los que custodiaban sus peines y tijeras predilectos.

Todas lucían cortes impecables, haciendo gala del espíritu vanguardista de aquel salón, el más puntero de la ciudad.

Nora ocupó su tocador habitual. Al otro lado del espejo la esperaba su estilista de siempre: una joven con un corte pixie platino, tan extremo que hacía que sus grandes ojos azules parecieran opacar su rostro.

Se acomodó en el sillón de la peluquería arrastrando el cansancio de la oficina, una fatiga que se cernía sobre ella como una sombra cada vez más larga y oscura.

Mientras la capa caía sobre sus hombros, las imágenes de la agencia regresaban a su mente como pasajes de una película de serie B: las horas extras interminables de un empleo donde no existía el reconocimiento moral ni el económico.

Recordó a Garrett y a Conrad, tan próximos, tan dueños de su secreto y fundidos en una complicidad obscena.

Sus risas. Esa forma de mirarla como si ella fuera la intrusa, la ingenua que ignoraba que se estaban burlando de todos: de Brianna, la esposa de Garrett; del suegro de este y CEO de Goldart, y de ella misma.

Nora, siempre tan digna y contenida, revivió el instante del ascensor y recordó haber deseado que el metal se retorciera, obligándolos a sentir el vértigo de caer sin red.

La ira aún le calentaba las manos, aunque en cuestión de días, y por motivos obvios, su preocupación había cambiado radicalmente de tercio debido al brutal ataque al señor Giuliano.

La estilista separó un mechón de su cabello castaño y lo sostuvo contra la luz, inspeccionando su estado con ojo crítico.

Su cabello castaño no había sufrido variación cromática desde que el rubio platino de su infancia perdió el brillo, convirtiéndose en una sombra de lo que fue.

–Imagino que solo cortaremos las puntas, como siempre–concluyó la estilista, invitándola con un gesto a ocupar el sillón de lavado.

Nora no se movió.

Alargó el brazo y alcanzó una carta de coloración que descansaba sobre el tocador.

Mientras la profesional esperaba, los dedos de Nora recorrieron el muestrario hasta detenerse en un tono que hizo elevar ligeramente sus comisuras.

–Este –señaló el número 1.0, el negro azabache–. Quiero este color.

La perplejidad en el rostro de la estilista fue imposible de disimular; en siete años, Nora jamás había solicitado nada más allá de un corte de puntas o hidratación.

–Y, si tienen tiempo, me gustaría hacerme la manicura.

–Señorita Holloway –susurró la mujer, acercándose con cautela–. ¿Está segura? Con una base como la suya, este tono es muy demandante, la comprometerá a retoques constantes...

–Lo sé –la interrumpió Nora–. Sé que requerirá cuidados extra. Pero va siendo hora de que empiece a prestarme la atención que merezco.

Su voz volvió a vibrar en ese registro inédito, una nota oscura que empezaba a reconocer como propia.

Nora abandonó la peluquería transformada.

No sabía si los transeúntes se giraban por su nuevo aspecto o por el aura de autoridad que proyectaba, pero lo cierto era que la observaban. Por primera vez en años, despertaba el interés de los demás sin necesidad de ensayar una sonrisa de compromiso.

Se detuvo ante una boutique de lencería cercana a la oficina. Jamás se había atrevido a cruzar el umbral; los precios eran prohibitivos y su precario salario apenas cubría el alquiler. Si Conrad no le hubiera arrebatado el ascenso, su vida sería más holgada, más digna.

Sus mejillas ardieron de ira durante un instante, pero sofocó el fuego de inmediato. Entró con paso firme.

–Busco un regalo para mí misma –sentenció Nora.

La dependienta, una mujer de elegancia innata y cabello plateado, asintió con profesionalidad y le mostró el delicado género.

Con varias propuestas en sus manos, Nora se adentró en el vestidor.

Allí se despojó de su ropa y se enfrentó a su reflejo. No era solo el negro azabache; el nuevo corte, una melena lisa y rotunda al más puro estilo Cleopatra, hacía que sus ojos vibraran con una intensidad desconocida.

Observó con desprecio su vieja lencería negra; esa que empezaba a deshilacharse, con las gomas rendidas al paso del tiempo.

Frente a ella, por primera vez en años, se erguía la mujer que estaba destinada a ser. Aquella que Silas, su gato ausente, intuía; no la que los demás le exigían ser.

Se ajustó su nueva armadura: un bustier negro de encaje exquisito. Sus uñas recién estrenadas –de un borgoña tan intenso que parecían devorar la luz– tensaron los tirantes con una firmeza que era, en sí misma, una promesa.

–Ahora te entiendo, Silas –murmuró a su reflejo–. Ha llegado mi momento. Voy a tomar las riendas y a hacer lo que debí hacer hace mucho tiempo.