Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Asfixiada por las horas extra de la campaña navideña y con Dante fuera de la ciudad por motivos de trabajo, Nora arrastraba los días sin un solo minuto de tregua.

Una de esas noches, al regresar de la agencia, divisó dos siluetas discutiendo en la penumbra del portal.

La iluminación era escasa; los vecinos llevaban meses quejándose de la inseguridad, pero las protestas fueron recibidas con indiferencia por las autoridades.

El timbre grave de las voces y la marcialidad de sus siluetas en la penumbra delataban que eran hombres; se encaraban como depredadores midiendo el terreno.

El rifirrafe estalló en un segundo: un empujón seco, violento, y una de las sombras colapsó contra el asfalto como un peso muerto.

Al acercarse, el pánico se apoderó de Nora.

Aquella silueta derribada con tanta saña era el señor Giuliano. Se arrodilló a su lado sobre el suelo empapado por la lluvia, obligando a sus dedos rígidos a vencer el shock para incorporarlo.

– ¡Salvatore! ¿Pero qué ha pasado? ¿Quién…? Voy a llamar a urgencias ahora mismo… No se mueva.

–No te asustes, bella –la interrumpió el anciano.

Mientras intentaba enderezarse con la ayuda de Nora y su cuerpo aún temblaba por el impacto, Salvatore comenzó a sacudirse el polvo del abrigo con una dignidad desgarradora.

–Solo era un infeliz buscando dinero fácil. No ha sido nada. No llames a nadie, por favor.

–No puede dejarlo pasar –el tono letal de Nora afloró, blindando su vulnerabilidad–. Hay que poner una denuncia inmediatamente. Esto es peligroso.

–Ya has oído al señor Giuliano, Nora.

La advertencia de Evranna cortó el aire del portal antes de que sus pasos de terciopelo se hicieran visibles. Se materializó en la entrada como un elemento natural de la tormenta. Sus alargados y finos dedos, se cerraron sobre la manga de Salvatore con una autoridad gélida e incontestable.

–Esto ya no te incumbe –decretó la médium, clavando su mirada heladora en la joven–. Déjalo en mis manos. Ese hombre no volverá a pisar este suelo.

Nora detectó un subtexto helador en su afirmación.

Entre las dos guiaron al anciano hacia el interior, flanqueándolo como a un monarca derrotado que regresa de un asedio. El trayecto en el ascensor transcurrió en un mutismo sepulcral hasta llegar a la séptima planta.

–Señor Giuliano –insistió Nora antes de dejarlo ir–, no importa la hora que sea. Si pasa algo, llámeme.

Experimentó una punzada de angustia desconocida. El terror puro de comprender que la vida de las personas que sostienen tu mundo también tiene fecha de caducidad.

–Descuida, bella –Salvatore le regaló su sonrisa habitual a pesar del dolor evidente de sus movimientos–. Estoy bien. Eres tú la que nos preocupa, te estás consumiendo en esa oficina. Ve a descansar.

El mecanismo del ascensor se activó.

Justo antes de perderlos de vista, Nora vio a Evranna aproximarse a Salvatore y musitar unas palabras en su oreja. El anciano se congeló en el acto.

Las puertas se cerraron, atrapando a Nora en una celda de espejos que multiplicaba su rostro exhausto y asustado. ¿Qué le había susurrado? Mientras la cabina seguía ascendiendo hacia su planta, Nora supo que esa noche no iba a poder conciliar el sueño fácilmente.