Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Quedaba algo más de un mes para las fiestas navideñas.

Para Nora, no representaban esa estampa idílica que las campañas de marketing fabrican –gente dichosa y seres queridos sonriendo alrededor de mesas perfectas–, sino la única oportunidad de descansar lejos de Goldart y de la tiranía de la máscara durante unos días.

Dante, inmerso en la promoción de sus obras, ignoraba si podría verla en esas fechas.

Aun así, ella había aceptado hacerle un hueco, a pesar de la vorágine de trabajo que manejaba en la agencia.

Aquel viernes, la ciudad amaneció teñida de gris ceniza y el frío cortaba como acero recién esmerilado.

Habían quedado en un tranquilo café que antaño albergó una pequeña librería, escondido en un callejón recóndito.

A Nora le fascinaba refugiarse allí: disfrutar de su café cremoso mientras leía cualquiera de los volúmenes dispersos por los estantes.

Era uno de esos espacios que parecían rescatados de otra época: luces tenues, muebles vintage con más historia que los allí presentes, aromas a grano recién molido y bollería artesanal confundiéndose con el olor a papel antiguo.

Esa era la respuesta de Nora al bar secreto que Dante le regaló en su primera cita.

Vestida con su abrigo de gruesa lana negra y un conjunto de punto gris humo, se acomodó en su rincón predilecto: un viejo sofá de piel marrón raída, junto a una ventana que daba a un patio interior saturado de macetas.

Mientras Nora se perdía en los tonos cobrizos del invierno que teñían las hojas, Dante se acercó sin que ella percibiera su presencia.

–Me gustaría saber cómo eres capaz de abandonar tu cuerpo de esa manera –comentó divertido, mientras le acercaba el café cremoso y tomaba asiento a su lado.

–Es un don, lo reconozco –respondió ella–. Me ha servido siempre para evadirme de la realidad cuando esta no ha sido de mi agrado. Situación bastante frecuente, por cierto.

Dante se acomodó junto a ella con una parsimonia estudiada.

Vestía unos vaqueros oscuros y un suéter negro de cashmere cuyo cuello vuelto recortaba sus facciones con una dureza casi marmórea.

Mantuvo un margen prudencial de distancia, consciente de que Nora poseía el instinto esquivo de un felino que no tolera invasiones en su territorio. Se despojó de su abrigo de paño gris y lo colocó a un lado del sillón gastado.

Nora tomó la gran taza entre sus manos, absorbiendo el calor que emanaba de la loza.

–Espero que este no sea uno de esos momentos en los que necesitas una evasión –añadió él, sabiendo la respuesta de antemano por la mirada cómplice que ella le dedicó.

Ambos bebieron de sus humeantes tazas. Dante dejó la suya sobre la desgastada mesa de madera; Nora, por el contrario, seguía necesitando ese refugio térmico entre los dedos.

– ¿Visitarás a tus padres estas fiestas? –Dante escogió esa sutil vía para indagar acerca de sus raíces y de la dinámica con los suyos.

Nora lo miró con fijeza. Tomó otro trago como si quisiera lubricar las palabras que estaba a punto de pronunciar.

–Hace siete años que no paso las fiestas en familia.

De hecho, ni las fiestas ni ningún otro evento.

Simplemente dejé de verlos en cuanto me mudé a la ciudad –hizo una breve pausa, midiendo la información–.

Aproveché la excusa del exceso de trabajo para distanciarme.

A ellos les pareció bien. Y a mí también.

Dante la escuchaba sin rastro de urgencia, consciente de que debía concederle el espacio necesario para que marcara su propio ritmo.

–Ambos son docentes –explicó ella–. Mi padre trabaja en la escuela pública y mi madre hace lo propio en el instituto.

Soy hija única. Venimos de una pequeña ciudad que queda relativamente cerca de aquí, pero ellos jamás han sentido la necesidad de conocer otra realidad que no sea la suya.

Yo, en cambio, sentía que aquel lugar me consumía poco a poco.

Tenía que marcharme; era una simple cuestión de supervivencia.

Nora volvió a girar la cabeza hacia la ventana y, con los ojos fijos en el patio interior, continuó su relato:

–Siempre fui una niña "extraña". En palabras ajenas, por supuesto. Como mi padre ejercía en mi mismo colegio, tenía acceso directo a mi expediente. Podía revisar cada anotación de sus colegas, donde detallaban con alarma que tal vez padecía alguna clase de… trastorno.

Regresó la mirada hacia Dante antes de dar un largo trago de café.

–Por lo visto, en el entorno académico, que un alumno se cuestione el sentido de las cosas y desafíe la autoridad con preguntas no tan impertinentes es sinónimo de enfermedad.

Dante seguía el hilo de sus palabras y esos sutiles gestos mudos que lo completaban todo.

–Que fuera introvertida y solitaria tampoco ayudaba a la causa.

Podía pasarme el recreo entero observando a las hormigas, los pájaros o las dinámicas de los otros niños.

Me fascinaba analizar quién abusaba, quién se dejaba someter, quién buscaba atención y quién prefería la sombra.

Aquella distancia me otorgaba una información valiosísima: la capacidad de interactuar con ellos solo cuando era estrictamente necesario, sabiendo con precisión clínica a qué tipo de persona tenía enfrente.

–Me parece algo muy inteligente –admitió Dante, retomando su taza–. Poseer esa capacidad de observación a una edad tan temprana… Eso no está al alcance de cualquiera. Deduzco que, lejos de reconocerte el don, aquello fue lo que más problemas te acarreó con tus padres, ¿no?

–Así es. Como regalo por mi décimo cumpleaños, me llevaron a la consulta del doctor Schneider –la mención del psicólogo infantil heló el aire del local –. Un terapeuta que les confirmó exactamente lo que ellos querían oír, antes incluso de que yo tuviera la oportunidad de pronunciar palabra.

Las pupilas de Nora se perdieron en el vacío, desenterrando vivencias sepultadas bajo densas capas de olvido.

–Visité al doctor Schneider cada viernes por la tarde durante cinco años.

Aquel encierro me concedió tiempo de sobra para seguir diseccionando la conducta humana y comprendí que, mientras fuera menor de edad y dependiera de ellos, estaba acorralada.

Así que empecé a venderles la versión que ansiaban consumir: una Nora sociable, sonriente y participativa, interesada en las dinámicas triviales de la adolescencia.

El nivel del café menguaba en las tazas con la lentitud de un reloj de arena.

–Y ese fue el principio del fin –sentenció con una nota de amargura–.

Al principio, la máscara era solo un camuflaje de supervivencia del que me despojaba por las noches, al amparo de la oscuridad de mi dormitorio.

Pero pronto descubrí que había construido un ecosistema alrededor de ese disfraz del que ya no podía escapar.

Todo mi entorno amaba  esa farsa. Había ejecutado un asesinato silencioso de mi identidad real sin apenas percatarme.

Cuando me mudé a la ciudad hace siete años y tomé distancia, comencé a recuperar mi autenticidad en pequeños intervalos.

Pero era tarde: el tejido de la máscara se había fusionado con mi propia piel.

En Goldart me vi obligada a seguir vistiéndola; me captaron en la universidad, por lo que su maquinaria solo conoció el personaje que yo había diseñado para complacer al mundo.

Nora jugueteaba con la cucharilla, desdibujando la espuma del café.

–Solo me permito desprenderme de ella al llegar a casa –confesó–. En la oscuridad y la intimidad que me confieren esas cuatro paredes que son mi refugio, y en el escaso tiempo libre que me concede la agencia.

–Comprendo a la perfección ese cansancio de impostor –admitió Dante, mientras hacía un sutil ademán al camarero para solicitar otra ronda–.

A mí me ocurre exactamente lo mismo. Tener que vender un "arte" que no es más que un amasijo de escombros y odio visceral, mientras finges ser el creador atormentado, es algo que me consume el alma cada día.

– ¿No te has planteado cambiar de registro? –inquirió ella–. Mostrarle al mundo al artista que realmente late en tu interior. El de los cementerios silenciosos, las catedrales góticas y las personas invisibles.

En ese instante, ambos cruzaron una mirada fija, sosteniendo ese duelo silencioso de quien sabe que la pregunta es recíproca. Ninguno poseía una respuesta. O fingían no tenerla, porque la certeza causaba más pavor que la duda.

–Tengo que reconocer –Nora quebró la tensión del momento– que he estado valorando la posibilidad de moverme dentro del organigrama de Goldart de cara al nuevo año. O bien abandonar el barco para siempre.

Dante alzó su nueva taza de café en un gesto de absoluta aprobación.

–Eres una inspiración para los que nos escondemos tras una máscara social –declaró–. Espero encontrar algún día tu valor para dedicarme a algo que no me obligue a mutilar lo que soy.

–Tu labor exige más coraje –replicó ella–. Has convertido la rabia y el dolor de una vida marcada por la carencia y el abandono en la llave para abrir las puertas de un mercado que te rechazó como místico, pero que ahora paga sumas indecentes por tus emociones más oscuras transformadas en fetiche.

Nora elevó su taza, sellando un brindis mudo en el aire.

Era el triunfo secreto de dos almas errantes que, a pesar de la soledad que conlleva traicionarse a uno mismo, habían encontrado un espejo idéntico en mitad de la tormenta.