Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

El ascensor de Goldart ascendía en silencio mientras Nora rumiaba su propia estupidez. La estupidez de haber atendido una llamada de trabajo a esas horas de la noche después de una larga jornada en la oficina.

Los espejos le devolvían una imagen exhausta, con unas ojeras que el maquillaje ya no lograba camuflar. La máscara, esa noche, pesaba más que nunca.

De pronto la puerta se abrió en la planta diecisiete. Y allí estaban ellos.

Garrett y Conrad, tan próximos que sus sombras parecían fundirse en una sola. Susurraban, compartiendo esas risitas cómplices que delatan más que cualquier confesión.

Al verla, Garrett dio un respingo mal disimulado; Conrad, por el contrario, se limitó a tensar la mandíbula.

–Nora –articuló Garrett, con una voz que oscilaba entre la sorpresa y la culpa de quien se sabe expuesto–. ¿Qué haces aquí a estas horas de la noche?

Nora ni siquiera se molestó en sonreír. Su cortesía, al igual que su paciencia, había alcanzado el punto de ebullición.

–La secretaria de Mr. Robinson me ha llamado hace un rato –respondió Nora en un tono cuya irritación rozaba la insubordinación–. Por lo visto, la persona encargada de enviarle el informe final de la campaña navideña... no lo ha hecho.

Su mirada se clavó en Conrad como si con ella pudiera inocularle un veneno interno; una dolencia física y progresiva que causara su muerte o que lo apartara de la agencia de forma indefinida, consumido por una larga y agónica enfermedad.

–He tenido que volver a pesar de las horas, de la lluvia y el caos del tráfico –añadió, dedicándoles una sonrisa cínica, al más puro estilo de un villano de celuloide, que heló la sangre de la feliz pareja.

–Bueno, Nora. A veces estas cosas simplemente suceden –dijo Garrett, intentando mitigar el descontento de su subordinada–. Sabes que el trabajo se acumula con la campaña de Navidad a la vuelta de la esquina.

–Lo sé –sentenció ella, realizando un auténtico ejercicio de contención–. Por cierto, Conrad, ¿tengo ya ese informe en mi ordenador?

–Lo siento, Nora. Como bien ha dicho Garrett –sentenció Conrad, parapetándose tras el escudo invisible de su amante–, la campaña de Navidad nos lleva de cabeza. Tienes la clave de mi ordenador bajo el portalápices; entra y reenvíalo tú misma.

En ese instante, el ascensor se detuvo en la vigésima planta. Solo ella bajó. Mientras las puertas se cerraban, Nora visualizó por un segundo el desplome de la cabina; desde esa altura, el impacto no dejaría supervivientes. Un pensamiento oscuro que saboreó con frialdad antes de despedirse:

–Buenas noches. Nos vemos el lunes en la junta de las once.

Ya frente al ordenador de Conrad, la realidad superó sus peores sospechas.

La mediocridad del despacho era el reflejo exacto de su dueño: un caos absoluto que le obligó a rastrear el informe de Mr. Robinson durante minutos eternos.

La cólera hacía que su rostro ardiera, pero el incendio se detuvo en seco cuando, al abrir una de las carpetas, la pantalla escupió una verdad distinta: una serie de conversaciones e imágenes comprometidas entre Garrett y Conrad que lo cambiaban todo.

–La venganza es un plato delicioso cuando se sirve bien frío –musitó para las paredes vacías–. Haber venido en mitad de la noche va a tener sus ventajas, después de todo.

Su voz sonó con un registro inédito, una nota de poder oscuro que nunca antes había usado.

Una vez enviado el informe y con “las pruebas del delito” guardadas a buen recaudo, Nora regresó a su refugio.

Se dispuso a disfrutar de una noche de cine de terror clásico, dejando que la lluvia y los truenos compusieran la banda sonora perfecta para su victoria silenciosa.