Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 6
18%

Capítulo 6

El día de la cita con Dante llegó de forma abrupta, empujado por un exceso de trabajo.

No había dedicado un segundo a pensar en él, ni en qué esperaba obtener de aquel encuentro. Para ella, la cita era un trámite que solventar de golpe, como quien se arranca una tirita para seguir adelante.

No es que Nora hubiera dejado de creer en el amor; es que había dejado de confiar en las personas.

Conocía bien el mecanismo: al principio, todo es un juego de espejos donde cada uno proyecta lo que el otro desea ver.

Pero cuando la imagen se agrieta y asoma lo auténtico –lo incómodo, lo crudo–, la magia se evapora.

Al final solo quedan reproches y charlas interminables que ella habría finiquitado en diez segundos.

Las soportaba por esa cortesía de la que ya estaba harta, igual que de su propia máscara.

Nora se enfundó en un vestido de punto negro, de esos que se amoldan a la silueta sin necesidad de alzar la voz.

Sobre él, un abrigo de lana gris humo que marcaba su talle con un cinturón ancho que le confería un aire elegante.

El frío no concedía tregua, así que completó el conjunto con bufanda y gorro a juego, rematando el look con unos guantes de piel negra con tachuelas; un guiño a Gilda, a esa heroína de cine negro que siempre sabe más de lo que dice.

El bar se ocultaba en una callejuela del centro, tan recóndita que parecía avergonzarse de su propia existencia.

Las paredes sombrías apenas disimulaban décadas de abandono y el mobiliario reclamaba la jubilación a gritos.

Al cerrar la puerta, Nora fue recibida por un vaho denso: alcohol, efluvios humanos y perfumes baratos.

Lo vio en la barra.

Allí estaba él, sosteniendo su cerveza como si fuera un cetro y observándola con esa fijeza que desarmaba cualquier lógica.

Su aspecto era el de un hombre que habita cómodamente en los márgenes: abrigo de paño negro, jersey de cuello vuelto y una bufanda de vicuña negra, un lujo discreto que solo un ojo experto como el de Nora sabría identificar.

Tenía el pelo revuelto, con ese caos estudiado que parecía ser ya su sello personal.

No era solo ropa; era una declaración de intenciones.

El rastro del Oud se filtró entre ambos antes de que mediaran palabra.

– ¿Qué vas a tomar, Nora? –preguntó Dante, dando un sorbo sin llegar a levantarse.

– ¿Una copa de tinto…sería mucho pedir? –recorrió con la vista las botellas tras el mostrador, buscando algo que no le inspirara desprecio.

El camarero soltó un bufido y regresó con un vino genérico que sirvió sin mediar palabra sobre bodegas o añadas.

–Ven, sígueme.

Tras pagar al taciturno camarero, Dante tomó las bebidas y cruzó el umbral trasero.

El callejón resultó ser un escenario todavía peor: un túnel de humedad y desconchones donde la luz no se molestaba ni en fingir.

La guió hacia el fondo. Subieron por una escalera agónica, un ascenso vertical hacia lo desconocido.

Pero al final de los peldaños, el aire cambió.

Un pequeño patio. Guirnaldas de luces, macetas de barro rebosantes de plantas y un par de bancos de madera desgastada. Y el silencio; ese silencio que Nora llevaba buscando todo el día sin haberlo encontrado.

Ella tomó asiento.

Dante arrastró un tronco de madera que hacía las veces de mesa auxiliar y lo plantó frente a ella.

–Bienvenida a mi rincón favorito–dijo,  con una sonrisa transparente; la de quien sabe que está compartiendo un tesoro con alguien capaz de apreciarlo de la misma manera.

Nora levantó la copa. Miró el vino. Miró a Dante.

–No está mal –admitió–. No está mal.

–Sé que has venido por cortesía, sin ganas y medio obligada… pero soy incapaz de resistirme cuando encuentro un ser auténtico. Me hace sentir que, aunque seamos pocos, no estoy solo.

Dante lo susurró casi sin mover los labios.

Nora, mientras tanto, diseccionaba el patio con la mirada –las luces, las plantas, la madera herida del banco–y paladeaba el vino sin prisa. El tinto era mediocre, pero el lugar custodiaba un secreto. Como ella.

–Es curioso –respondió Nora, sosteniéndole la mirada–. Yo, cuando encuentro a un “ser auténtico”, solo me pregunto cuánto tardará en desmoronarse esa fachada para revelar una burda copia de cualquier otro.

Dante arqueó una ceja. No se rió, pero su rostro se iluminó como si ella hubiera dicho justo lo que él anhelaba oír.

–Vaya, realmente eres cínica. Sin filtros, sin voluntad de suavizar el golpe… se diría que incluso buscas que te coja… ¿antipatía?

Se llevó la cerveza a los labios con un gesto lento y deliberado; un actor midiendo su tiempo en escena.

–Me has descubierto –replicó Nora con un tono donde la ironía y la verdad eran indistinguibles–.

Me pillaste con las defensas bajas el día de la llamada.

Pero ya que estamos aquí… –Hizo una pausa y dejó la copa sobre el tronco.

El vino tembló antes de aquietarse–. Me intriga ese arte que profesas y que ni a ti parece gustarte. ¿Vas a explicármelo?

La pregunta flotó entre ambos.

Dante la observó durante un silencio denso, de tanteo.

– ¿Arte? –Repitió al fin, con una sonrisa torcida–. Qué palabra tan grande para lo que hago.

No añadió nada más. Buscó las palabras en el rectángulo de oscuridad que los tejados recortaban sobre sus cabezas. Nora esperó pacientemente su respuesta.

–Mi verdadera pasión es la fotografía –confesó Dante, escrutando el fondo de su vaso–. Paisajes oscuros, cementerios, rostros invisibles... personas que la sociedad ha decidido olvidar.

Nora le concedió el silencio necesario para que encontrara su propio ritmo.

–Plasmaba esas fotos sobre el lienzo con un realismo visceral. Era mi propia vida en cada trazo, pero parece que eso no tiene cabida en el mercado del arte. Al menos, yo no tuve esa suerte.

Hizo una pausa, bebiendo más por inercia que por sed.

–Mi infancia no fue fácil. Hijo de madre soltera, un sueldo que no alcanza para vivir… me vi obligado a trabajar desde adolescente en cualquier cosa que pudiera sumar un nuevo ingreso al hogar. Pero mi alma sentía que podía aspirar a algo mejor que esos trabajos precarios.

Lo dijo sin buscar lástima. Con la frialdad de quien relata hechos, no heridas.

Nora lo escuchaba en silencio. Sosteniendo su mirada.

–Un día, cansado de ver a mi madre solicitar horas extras como si fuesen limosnas, llevé las obras que hacía en mi estudio a una galería. Me dijeron que mis piezas poseían una estética sombría y doliente, una suerte de hermosura trágica, que por desgracia, carecía de valor mercantil.

La palabra flotó entre ellos como un insulto.

–Tras recibir la misma respuesta en cada rincón de la ciudad, una noche estallé.

En mi estudio, preso de la rabia, destrocé un viejo televisor contra uno de mis lienzos.

Esparcí las imágenes que había tomado con tanta dedicación sobre los restos, y vertí un bote de pintura roja.

Fue un asesinato artístico. Destruí lo oscuro y bello.

Cada uno de los trazos que me recordaban quién era y quién se suponía que debía ser.

Dante la miró a los ojos, con las pupilas encendidas por el rescoldo de aquella furia antigua.

–Llevé ese despojo a la primera galería que me había rechazado. El marchante se quedó lívido al principio, pero luego me preguntó si tenía más piezas como esa. Dijo que aquello era lo que buscaba: algo disruptivo, con temperamento.

El silencio en el patio se volvió denso.

–Y así nació lo que ellos llaman arte –añadió con amargura–. Una forma de canalizar mi ira y cobrarme mi venganza. Al final la obtuve, aunque no de la manera que esperaba.

Nora lo entendió entonces. No era la única que interpretaba un papel. Dante había pasado de ser un joven sensible a fabricarse una identidad de artista atormentado, solo para saciar el hambre de una maquinaria que solo compra lo que puede etiquetar.

–De este modo pude empezar a tener una vida mejor.

Dante hizo una pausa. Bebió un sorbo de cerveza, como si necesitara humedecer una verdad que aún le raspaba la garganta.

–Nunca llegué a conocer a mi padre. No sé ni qué aspecto tiene. Mi madre lo conoció en uno de sus primeros trabajos, cuando tenía veinticuatro años y era camarera. Se quedó embarazada de mí sin pretenderlo… y él desapareció, dejándonos abandonados a nuestra suerte.

La voz de Dante narraba el pasado con la cadencia del presente. Sin pena, sin aspavientos. Pero la ira estaba allí, enquistada en cada sílaba, como un hueso mal soldado que duele cuando cambia el tiempo.

–La rabia que me inspira ese personaje –concluyó, clavando la vista en el fondo de su vaso– es, en parte, el secreto del éxito de mi obra.

Mi nombre auténtico no es Dante Blackwell; es Aleksander Orlov.

Mi madre es originaria de Rusia. Como puedes ver mi nombre y apellidos reales no inspiran oscuridad, ni son comerciales.

Pero como los marchantes de arte consideraban que no lucían demasiado bien en las firmas de mis cuadros, los cambié por Dante Blackwell: una marca mucho más comercial que, a la par, reflejaba a la perfección la oscuridad de mi propio pasado.

Nora guardó silencio.

No hizo falta decir nada. Sabía reconocer una herida que aún respiraba.

–Aunque al final del día, nacemos y morimos en absoluta soledad –musitó Dante, clavando sus ojos castaños en los de ella–.

Pero hay noches en las que me cuestiono si un pasado distinto habría alterado mi cartografía mental.

Si mi forma de mirar y de interactuar con el resto del mundo sería diferente.

Nora, con una leve inclinación de cabeza y la mirada perdida en la oscuridad de la gélida noche, se tomó unos segundos antes de responder.

–Especular con lo que pudo ser es un veneno estéril –sentenció con voz cortante–.

Yo habité ese laberinto mucho tiempo, hasta comprender que ninguna hipótesis cambia la realidad actual.

Buscar confort en el lamento no repara nada.

–Sus dedos tensaron el cuero de sus guantes negros, acomodando las tachuelas contra su piel–.

Tu infancia te otorgó las cicatrices, Dante, pero no tienen por qué dictar tus próximos movimientos si decides rebelarte.

El camarero asomó el torso por la portezuela, como un aparecido.

–Lo lamento, pero voy a cerrar. Seguid la charla en otro sitio.

Desapareció antes de terminar la frase y las luces del patio parpadearon, despidiéndose.

–Ha sido revelador conocer el origen de tu "arte" –dijo Nora mientras recogía su bolso.

Su tono era contenido, casi suave–. Pero se me ha hecho tarde.

Mañana me espera una jornada complicada; sigamos en otro momento.

No era del todo mentira. Pero tampoco era toda la verdad.

Dante se incorporó con lentitud, estirando las piernas como quien ha estado más tiempo del que pensaba en el mismo sitio.

–No creerías que esto sería un monólogo y que yo sería el único en desnudar sus intimidades, ¿verdad?

La ironía arrancó una leve sonrisa a Nora.

Una grieta en el muro. –Sé que tú también cargas con un peso insoportable –continuó Dante, mirando hacia la profundidad del callejón–.

Algo que no compartes con nadie. No pretendo ser ese alguien…

pero tu compañía me agrada. Como no me agradaba ninguna otra desde hace años.

La sinceridad del cumplido quedó suspendida en el aire gélido.

Nora se limitó a asentir, un gesto mínimo que podía significar todo o nada.

Bajaron en silencio; el bar era ya un esqueleto de sombras con un resplandor anaranjado tras la barra.

–Debo ausentarme un par de semanas por trabajo –dijo él, fijando la vista en el skyline que la ciudad dibujaba a través de la niebla.

La noche amortiguaba los contornos, convirtiendo los rascacielos en fantasmas de sí mismos–.

Muy a mi pesar, esta profesión reclama socializar y viajar más de lo que me gustaría.

Pero a la vuelta nos veremos sin falta para terminar esta conversación; será el turno de ver la vida a través de tus ojos. No aceptaré una negativa por tu parte.

Su voz era calmada y profunda. En cualquier otra persona, ese tono imperativo habría sido motivo instantáneo para que Nora levantara un muro; lejos de eso, provocó en ella la sensación inesperada, casi olvidada, de estar frente a alguien que hablaba su mismo idioma.

El idioma de las almas errantes; esas que no pertenecen a ningún lugar, tiempo ni espacio.

La acompañó hasta la parada de taxis.

Aunque Dante le intrigaba y sentía atracción más allá de lo físico, las advertencias de Evranna seguían vibrando en su memoria.

El taxi apareció de inmediato, como si la ciudad tuviera prisa por clausurar la noche.

A veces, los encuentros más memorables lo son por su intensidad pero también por su brevedad.