Capítulo 5
Después de las agotadoras jornadas enmendando los errores de Conrad, necesitaba hablar con la única persona que la dejaba ser ella misma, sin condiciones ni disculpas.
Contener la rabia ante las injusticias, fingir ese papel de mujer dócil y profesional, se había vuelto un esfuerzo insoportable para Nora.
– ¡Bella! Pensé que ya te habías olvidado de tu viejo vecino.
El señor Giuliano apareció en el marco de la puerta con los brazos abiertos, y Nora, que no era dada a las muestras de afecto físico, que había aprendido a rehuir el contacto como quien rehúye un peligro, se dejó fundir en su abrazo. El abrazo duró unos segundos. Los justos. Los necesarios.
Salvatore supo, por la forma en que ella se entregó al contacto, que esa noche el consuelo era una cuestión de supervivencia.
Nora se adentró en el comedor con la familiaridad de quien no necesita permiso.
Tras ella, el anciano selló la puerta, dejándola atrapada en el centro de aquel nuevo escenario.
La penumbra gobernaba la estancia. Sobre la mesa, las velas agonizaban lanzando destellos que danzaban en las estanterías atestadas de libros.
El aire, cargado de un incienso desconocido, le dio la bienvenida.
Al fondo, Madame Evranna presidía la mesa con la solemnidad de una reina pagana.
Sobre el tapete, los arcanos trazaban una cartografía de lo invisible.
Nora se quedó inmóvil en el umbral. No creía en aquellas artes; nunca lo había hecho. Pero algo en la penumbra, en el temblor de las velas y en la mirada de la médium, que la escrutaba desde la cabecera, le impidió dar media vuelta. Era como si el aire mismo la retuviera.
– Salvatore…mejor vuelvo en otro momento. No sabía que tenía visita-. Dijo Nora mientras viraba sobre sus talones poniendo rumbo hacia la salida.
–Nora– susurró Evranna con un hilo de voz, como si temiera importunar a los espíritus–no tengas miedo de los arcanos. Ellos solo revelan lo que tú ya sabes y te niegas a escuchar.
El señor Giuliano la guio con una sutil insistencia hasta el asiento frente a la médium. Nora se dejó conducir, sintiendo la mano del anciano sobre su hombro como un ancla segura.
–No temas , bella – murmuró el anciano–. Escucha lo que las cartas quieren revelarte. Es necesario.
Nora finalmente cedió y tomó asiento. Confiaba plenamente en Salvatore; sabía que nunca la habría puesto en una situación así si no creyese, de verdad, que le beneficiaría.
Evranna barajaba los arcanos con una parsimonia rítmica.
Sus dedos, rematados por ese color borgoña profundo, movían el cartón en un siseo constante.
No prestaba atención a sus manos; mantenía su atención clavada en Nora.
Aquellas pupilas diáfanas, resaltadas por el hollín, poseían una fijeza heladora.
Era evidente que la lectura ya había concluido en su mente y que el ritual era solo la antesala del veredicto.
Pertenecía a esa clase de médiums que custodian su mazo con celo; nadie más tocaba aquel cartón sagrado. Ella barajaba, cortaba y escogía en un ritual solitario. Las cartas eran una prolongación de sus dedos, y estos, la extensión de una fuerza que Nora prefería no nombrar.
Con agilidad y destreza, extrajo tres cartas del centro de la baraja. Las colocó boca abajo sobre el tapete de terciopelo violeta –tan gastado que brillaba en las zonas más frotadas–y las giró con el dorso de los dedos, en un movimiento que parecía casual pero no lo era.
Luego, un suspiro. Tensó los hombros, lo soltó.
La primera carta.
–La Soledad –dijo Evranna, mientras su dedo de uña granate se detenía sobre el naipe–. La Luna.
Aquel era el arcano de las sospechas y las sombras que se agitan en la periferia de la vista.
Evocaba a la niña que Nora fue: una extraña en su propia casa, observada pero nunca comprendida por padres que la arrastraban a consultas médicas para sanar unas “rarezas” inexistentes.
Aquel “diferente” le quemaba la piel, pues sonaba a estigma.
Así, Nora convirtió su mente en un búnker de fantasía, un mundo paralelo habitado por seres silenciosos que, a diferencia de los adultos, no demandaban ni explicaciones ni falsas sonrisas de cortesía.
Evranna tocó la segunda carta con la punta de los dedos, como si el cartón quemara.
–El Presente. El Ocho de Espadas.
La mujer vendada, atada de pies y manos, rodeada de un cerco de hojas afiladas. Una prisionera que podría liberarse si alzara la cabeza y viera que las cuerdas apenas la sujetan.
–Una mujer –sentenció la médium, clavando sus ojos en los de Nora– interpretando un papel que detesta.
Se pasa el día tras una máscara para que los demás la perciban como alguien ordinario.
Su única misión es pasar desapercibida. Pero está exhausta.
Lleva tanto tiempo con la venda puesta que ha olvidado que puede quitársela.
Nora le sostuvo la mirada mientras contenía el aliento.
–La máscara pesa. Tú lo sabes mejor que nadie. Aquí está el cansancio. La rabia. La aversión de sostener algo que no eres, día tras día, mientras los demás aplauden a la actriz sin saber que detrás hay una mujer muriéndose por gritar su verdad.
Evranna alargó su nívea mano hacia la tercera carta, pero no la giró de inmediato. Se limitó a arañar el dorso con la uña, un gesto casi felino.
Al verla, el aire pareció enfriarse un par de grados. Era una figura imponente, cargada de una simbología que Nora no comprendía, pero cuyo nombre resonó en su mente como una sentencia: El Diablo.
La médium fijó sus ojos en el naipe sin ocultar su inquietud. Esta carta hablaba de la llegada de un desconocido; de un igual que habitaba en las sombras. Un hombre cuyas intenciones eran un enigma y cuyo magnetismo actuaba como una trampa invisible.
–Ten cuidado con él –advirtió Evranna, y Nora no supo si era amenaza o consejo–. No es tu enemigo. Pero tampoco es tu aliado. Es el diablo en el sentido más antiguo de la palabra: el que siembra dudas, el que ofrece lo que parece libertad y resulta ser otra cadena.
Había algo en esa imagen que proyectaba una advertencia de peligro, vibrando sobre el tapete como un grito silencioso que Nora, a pesar de su lógica, no pudo ignorar.
El silencio se volvió denso. Las velas chisporrotearon, agotándose. En el sofá, Salvatore sostenía a Latte en su regazo. De pronto, el gato soltó un maullido seco, como si él también poseyera una verdad que declarar.
Mientras el señor Giuliano se levantaba para preparar café y pastas, y Nora intentaba asimilar el peso de las revelaciones, Evranna comenzó a recoger la baraja.
Fue entonces cuando una carta saltó por sí sola sobre el tapete, como si hubiera sido omitida por error y reclamara su derecho a ser escuchada.
Evranna volteó la carta que había saltado del mazo.
El esqueleto con su guadaña. El campo de rosas marchitas. El horizonte donde el sol se pone para no regresar. La Muerte.
El silencio se hizo absoluto; hasta las velas parecieron contener la respiración.
–Esta carta –murmuró Evranna, y por primera vez en la noche, su voz titubeó– no estaba destinada a la tirada. No ha sido convocada. Ha venido sola, reclamando su lugar.
Nora miró la imagen. Sintió un peso opresivo en el pecho, una presión que no era física, pero que dolía con la misma intensidad.
–Tragedia –susurró la médium–. La pérdida que no esperas, la que llega cuando ya no queda nada por hacer. Hay algo más: una conexión con el más allá que trasciende toda lógica. No es una carta para interpretar, Nora; es una carta que se siente.
Evranna recogió las cartas con una parsimonia implacable.
Deslizó a La Muerte hacia las entrañas del mazo con un gesto seco, sellando el presagio.
No había temor en sus facciones, solo el rigor de quien oculta un arma cargada para evitar que su sola presencia siguiera contaminando el aire de la estancia.
Tras las revelaciones de Evranna, Nora sintió la urgencia de someterse a uno de sus rituales de purificación; el único alivio cuando la tensión la invadía. Bajo el agua caliente, frotó su piel con sal gruesa marina, exfoliando no solo el cuerpo, sino el cansancio de la jornada.
Al terminar, se roció con vinagre de manzana, dejando que el ácido eliminara cualquier rastro de negatividad que la sal no hubiera alcanzado a disolver.
Aún envuelta en el vapor del baño, el teléfono rompió el silencio.
No tenía intención de responder –la intensidad de la velada mística ya había agotado su cupo de sorpresas–, pero, en un acto reflejo que escapó a su control, su mano descolgó antes de que su mente pudiera procesarlo.
– ¿Señorita Holloway? –La voz al otro lado de la línea restalló con una vibración densa, cargada de esa ironía que Nora ya había aprendido a identificar–. Soy Dante Blackwell. El artista de nombre oscuro y creatividad mediocre.
Sus dedos, aún humedecidos por el agua de una ducha que no había logrado limpiar la inquietud de su piel, se aferraron al teléfono con la rigidez de quien sostiene una trampa armada.
En mitad de la penumbra de su habitación, el silencio pareció curvarse bajo el peso de esa voz.
Nora no pudo evitarlo; el eco de los arcanos resonó en su mente y la certeza la golpeó en mitad del pecho.
El Diablo de la tirada acababa de pronunciar su nombre.