Capítulo 4
La sala de juntas de Goldart coronaba la vigésima planta.
En el centro, una gran mesa oblonga de roble pulido presidía un espacio que olía a café de cápsula y a esas fragancias industriales inyectadas para simular un lugar habitable.
Dos paredes de cristal, tintadas de un azul que robaba el filo a la amenaza del sol, daban paso al exterior.
Más allá, el skyline se desplegaba como un mapa en tres dimensiones: torres de vidrio y acero mordiéndose por un palmo de cielo.
Nora lo llamaba la pecera . Odiaba la sensación claustrofóbica de ser observada desde cualquier ángulo, sin un solo rincón donde esconderse de las miradas ajenas.
El ambiente en la sala aquella mañana era denso, saturado de nervios y decepción.
Mr. Robinson gobernaba la sala de juntas flanqueado por una hostilidad evidente; la hendidura de su ceño delataba que la paciencia se le había agotado.
Su cabellera plateada acusaba los años de una jubilación postergada por su única devoción: un imperio textil que abastecía de lana exclusiva a los talleres de moda más cotizados del mundo.
Nora siempre había detectado en él una distinción genuina, un refinamiento orgánico que su vestimenta austera no lograba camuflar.
El hombre no concedió un solo segundo de tregua para que los últimos ejecutivos tomaran asiento antes de romper el silencio.
–Estoy francamente decepcionado con este resultado –sentenció Mr. Robinson a modo de apertura–. No esperaba un trabajo tan mediocre de una firma como Goldart. No se ha atendido ni una sola de mis peticiones; esto no refleja los valores de mi marca ni tiene nada que ver con nosotros.
–Mr. Robinson –la voz de Nora cortó la tensión sin rastro de condescendencia–.
No pretendo justificar lo injustificable ni pedirle que olvide su descontento.
Podría buscar otra agencia, está en su derecho, pero el calendario juega en nuestra contra: nadie más llegaría a tiempo para el lanzamiento.
Lo que le ofrezco es una solución radical: hemos identificado un error de entendimiento en el brief y vamos a enmendarlo volcando toda la capacidad creativa de Goldart en su marca.
Sacaremos personal de otros departamentos para que trabajen día y noche en su proyecto.
Si acepta, apenas nos desviaremos cuarenta y ocho horas de la fecha prevista.
–Nora, me cuesta creer que este trabajo sea tuyo. No reconozco tu sello por ninguna parte. Le falta eficiencia, clase y no alcanza al perfil de cliente objetivo. –El tono de Mr. Robinson era el de un viejo aliado que se siente traicionado por la falta de rigor de su protegida.
Nora sintió una punzada aguda en la boca del estómago; el peso muerto de cargar con una culpa ajena.
–Lo sé y le pido disculpas. He tenido una presión extrema con una cuenta anterior y no pude dedicarle a su campaña el tiempo que merecía, por lo que tuve que delegar en otros compañeros –añadió, acompañando sus palabras con un gesto suave y deliberado hacia Conrad.
Si ella debía ser el chivo expiatorio de aquella cacería, no pensaba marcharse sin señalar al auténtico culpable, sin importar las consecuencias.
Los rostros de Conrad y Garrett palidecieron al unísono ante la mirada de los presentes. El ambiente se tensó en el preciso instante en que el sol desapareció de forma súbita, dando paso a una lluvia torrencial que comenzó a golpear los cristales con violencia.
Nora creyó sentir la huella de Silas en aquel giro dramático; un regalo del destino para sellar su pequeña venganza contra la feliz pareja.
Mr. Robinson, que conocía a Nora desde sus inicios, captó la treta al instante. Ella no había delegado su trabajo; se lo habían robado. Él, que llevaba décadas bregando en el barro de los negocios, decidió tenderle un puente para auxiliarla.
–Acepto tu palabra como un nuevo contrato, Nora –Mr. Robinson clavó su mirada en los demás antes de volver a ella–.
Pero quiero que seas tú, y solo tú, quien lidere este rescate.
Es evidente que a otros el puesto les viene ancho.
No habrá más oportunidades. El jueves a primera hora quiero ese informe listo.
La reunión se disolvió como un terrón de azúcar en ácido.
En cuanto Mr. Robinson partió hacia su hotel, las hienas ocuparon el vacío que dejó su autoridad.
–Muy bien resuelto, Nora…pero no me ha parecido ético dar a entender que Conrad era el responsable –expresó Garrett. Un rubor violento trepaba por sus mejillas, delatando una ira que amenazaba con desbordar su máscara de profesionalismo.
–Siento que ese matiz no te haya parecido “ético” ¿acaso te parece correcto que se me reprenda en público por un trabajo que se me arrebató y en el que no he tenido participación alguna? –Su voz era puro filo de hielo; una advertencia antes del impacto.
Nora percibió cómo la ira de Garrett crecía, pero también detectó un matiz nuevo emanando de él: el olor áspero del miedo. Miedo a que ella, al fin, dijese basta y liquidara aquella sumisión forzada.
Garrett se había valido de las ideas brillantes de la joven becaria para escalar hasta la cima.
Aquella proeza culminó con su boda con la hija del CEO de Goldart, un enlace que le otorgaba un poder prácticamente ilimitado sobre sus empleados.
Y aunque siempre sospechó que bajo la cordialidad de Nora latía una personalidad volcánica, ella nunca la había mostrado en el despacho. Y mucho menos contra él.
–Ahora no es momento para reproches, tenéis mucho trabajo por delante– sentenció Garrett, tratando de reajustarse esa autoridad que ahora le colgaba como un traje tres tallas mayor–. Centraos en la campaña de Mr. Robinson. Nadie cruzará esa puerta hasta que el desastre esté enmendado.
–Garrett, sabes que yo no puedo quedarme hoy. Leo tiene cita en el veterinario y está muy delicado, te lo comenté nada más llegar –insistió Conrad. Su tono era una mezcla de súplica y victimismo, una actuación tan forzada que resultaba insultante.
Nora había oído hablar del mítico "caniche Leo", el perro imaginario que Conrad esgrimía como escudo para evitar cualquier esfuerzo adicional.
Protegido por el favor de Garrett, Conrad ejercía un despotismo mediocre sobre el resto de la oficina.
Era un tipo desvaído, de piel cetrina y modales soberbios.
Su aspecto –gafas de pasta último modelo, barba perfectamente perfilada y un pañuelo de seda al cuello– no era más que el uniforme de hípster impostado, una fachada que, lejos de imponer respeto, alimentaba el escarnio de sus compañeros.
–Cierto, lo olvidaba… me lo mencionaste al entrar –admitió Garrett, titubeando–. Ponte a ello con Nora hasta que llegue la hora de irte.
El autocontrol de Nora pendía de un hilo.
El fuego crecía en su interior, transformándose en esa cólera antigua que tanto le costaba domesticar.
Era una olla a presión silbando en el vacío.
Le habían robado su puesto y ahora le exigían limpiar sus cenizas mientras el culpable se escudaba en una mascota inexistente.
El ardor le quemaba el diafragma y trepaba por su garganta, convertido en un grito mudo.
Nora comprendió que su límite había llegado.
–Disculpadme, necesito un momento antes de ponerme con ello –articuló con una frialdad quirúrgica–. Conrad, en cinco minutos en mi despacho. Reúne a todo el equipo. Ahora.