Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 3
9%

Capítulo 3

El artista de nombre sombrío no había dado señales de vida durante la semana.

Dante Blackwell no la había llamado.

Nora lo agradecía en silencio: se ahorraba el tiempo que habría desperdiciado en rechazarlo. Pero en algún rincón de su mente analítica –ese territorio frío donde todo se disecciona– le intrigaba que un estratega tan audaz hubiera desistido tan pronto.

Aquel pensamiento apenas le ocupó unos segundos. No le importaba en absoluto. No tenía tiempo para misterios.  La rutina diaria consumía su energía y cualquier atisbo de socialización.

Finalmente, la noche clausuró la ciudad con la densidad de un lienzo negro.

La cabina del ascensor ascendía con la lentitud de las estructuras viejas, aquellas que guardan secretos de madera bajo el barniz moderno.

Nora descansó la frente contra el frío metal un instante, sintiendo la opresión de la blusa de seda.

Una mortaja blanca impregnada del rastro de Garrett, del zumbido de los fluorescentes y de la asfixia de la farsa.

Solo un detalle rompía la marcialidad de su estampa: sus manos protegían, con celo, un brownie .

El ascensor se detuvo en el séptimo.

Su piso era el octavo, pero pulsó el botón de la séptima planta.

Puerta 7B.

Nora se disponía a llamar con los nudillos –al señor Giuliano le irritaba el zumbido eléctrico del timbre– cuando la puerta se abrió con una gravedad que detuvo el aire.

En el umbral apareció la vecina del 7A, Evranna, la médium.

Era una mujer que podía rondar el ocaso de los cincuenta y que poseía la majestuosidad de una musa del Medievo.

Su melena, lisa y de un blanco radiante, caía como una cortina implacable hasta la cintura, ocultando a medias el enigmático mechón negro azabache de la nuca.

Vestía una túnica de terciopelo negro que enmarcaba con severidad su silueta.

Lo más perturbador era su mirada, enmarcada por unas cejas afiladas y un sombreado ritual.

Solo el esmalte borgoña de sus largas uñas desafiaba la sobriedad monocromática de su presencia.

Aquella mujer gobernaba el azar a través de los arcanos y su presencia en la vida del señor Giuliano era un enigma que Nora aún no había logrado descifrar.

–Salvatore – la voz de Evranna, profunda y melódica, poseía la vibración de un mandato–. Tienes visita.

–¡ Bella ! Entra,  cara , que ahí fuera hiela –añadió el señor Giuliano asomando su cabeza calva detrás de la médium.

–No olvides lo que hemos hablado –le susurró Evranna a Salvatore antes de abandonar la casa–. No voy a permitir que eso suceda.

La médium detuvo su paso justo ante Nora.

Sin llegar a tocarla, extendió sus brazos vestidos de terciopelo negro y barrió el aire que envolvía el cuerpo de la joven con un movimiento pausado; un ritual silencioso para despojarla de las influencias del exterior.

El espacio se saturó de inmediato con su perfume: una mezcla densa de resinas, humo de palo santo y cera de abejas.

–Tu máscara de control ya está agrietada, Nora –la voz de Evranna cayó con el peso de una profecía, mientras sus ojos grises, casi blancos, enmarcados por el denso ahumado de ceniza, la escrutaban sin piedad –.

El tablero ya está dispuesto. Si quieres sobrevivir al colapso, tendrás que capitular ante tu propia sombra. Olvida la razón.

–Adiós, Salvatore. Hablaremos en otro momento –sentenció la médium.

Se dio la vuelta con una parsimonia majestuosa y se deslizó hacia el corredor.

El anciano esperó a que el terciopelo de su túnica abandonara el umbral antes de cerrar la puerta con un respeto reverencial.

Nora entró en la casa en silencio, sintiendo todavía el rastro helado del ademán de Evranna sobre su piel. Intentó convencerse de que aquello no era más que una sugestión atmosférica, pero la fijeza de aquella mirada gris ya había comenzado a agrietar sus defensas.

La casa del señor Giuliano era una dimensión distinta a esa oficina de colores prohibidos y jefes con “amantes” usurpadores. Olía a naftalina y a madera vieja; a libros abiertos durante generaciones, a café recalentado y a esa colonia barata que ya nadie fabrica.

Las estanterías cubrían cada pared. Libros en italiano, en español, en inglés.

Algunos tan antiguos que el lomo se desvencijaba como la piel del anciano.

Una lámpara de pie con pantalla de flecos dorados iluminaba un sillón de orejas, ese tipo de sillón que invitaba a sentarse y no levantarse nunca.

En la mesa baja, una bandeja con una taza humeante y un plato de galletas que parecían hechas por manos temblorosas pero amorosas.

– Bella –repitió él, tomándole las manos.

Eran manos nudosas, de hombre que había trabajado, vivido y, probablemente, llorado más de lo que contaba–.

¿Qué me traes hoy, eh? –Brownie,  Signore  Giuliano.

De chocolate negro, como le gusta. –Ah,  la ragazza –negó con la cabeza, pero los ojos le brillaban–.

¿Cuántas veces debo decirte que me llames Salvatore?

Siempre cuidando de este viejo. Siéntate, que hoy tengo algo para ti.

Nora obedeció. Se hundió en el sillón de orejas sintiendo cómo la tela gastada le acariciaba la nuca y el calor de la estufa descongelaba sus músculos. De fondo, la voz de la Callas envolvía la habitación como una niebla espesa y dorada.

El señor Giuliano regresó de la penumbra del pasillo con un libro negro de tapas duras y lomo cuarteado. –Para ti–dijo, tendiéndoselo. La voz del anciano era como un abrigo viejo: gastada, cálida y con olor a tiempo.

Nora lo tomó con la reverencia de quien sostiene algo sagrado.

Al abrirlo, contuvo el aliento: era una Roma en blanco y negro; un Nápoles de calles estrechas, de niños tras un balón y mujeres con pañuelos de luto en mercados detenidos en el tiempo.

El señor Giuliano no le estaba entregando un libro; le estaba abriendo una ventana a un mundo donde la dignidad no necesitaba colores.

–Es mío –confesó él con un rastro de orgullo–.

De cuando era joven y recorría mi Italia querida antes de tener que abandonarla.

Pensé que te gustaría –le dijo con la voz entrecortada por la emoción.

Salvatore tenía ochenta y seis años, pero el alma se le había quedado en algún lugar de la infancia, negándose a envejecer.

Sus ojos, de ese azul desgastado que adquiere el mar después de muchas tormentas, aún conservaban la chispa de quien no ha perdido la capacidad de asombro.

Una calva pulida, custodiada por una corona de cabellos plata y perla, brillaba bajo la luz del comedor como un faro diminuto, como un resumen de todo lo que el tiempo se había ido llevando.

En su juventud, había tenido que dejar Italia.

Vagó por el mundo recopilando experiencias como quien colecciona piedras en la orilla de un río: sin plan, sin prisa, dejándose llevar por la corriente.

Fue fotógrafo en algún lugar de Francia, ayudante en un taller de alta costura en Milán, pinche de cocina en Barcelona, botones en un hotel de lujo en Cannes.

Hizo de todo y de nada, pero de todo aprendió algo.

Y de todo guardó una historia. Porque el señor Giuliano era, ante todo, un narrador.

Podía pasar horas en su sillón de orejas, con la opera sonando de fondo y una taza de café humeando en la mesa baja.

– ¿Me lo presta? –dijo Nora. Sus ojos saltaban de una página a otra, deleitándose en el rastro de las imágenes mientras lo hojeaba con avidez.

–Es tuyo , bella. Considéralo un recordatorio: hay vida fuera de esas paredes de cristal y de los hombres que pretenden ser tus dueños. Esto es lo único que es verdad.

–Gracias, señor  Salvatore–susurró.

Y  Nora, que hacía tiempo que no lloraba, sintió un calor repentino quemándole los párpados.

–Anda, anda–él le acarició la mejilla con una mano temblorosa–. Cómete un zuccherini , los ha hecho mi hermana allá en Emilia-Romaña. Y cuéntame, ¿qué tal el trabajo? ¿Sigue ese imbécil con el trauma de los colores?

Nora rió. Una risa pequeña, rota, pero risa al fin.

–Sigue–sentenció en tono de renuncia.

– Stronzo –masculló él con un gesto de mano, acomodándose en la silla–. En mis tiempos, a un jefe así le decíamos cuatro cosas y listo. Pero vosotros agacháis la cabeza. No sé si es cobardía o una estrategia mal planeada.

–Supervivencia–replicó Nora.

Salvatore la miró. Fue una mirada larga, profunda, cargada con la sabiduría de quien ha sobrevivido a conflictos, exilios y pérdidas que no se cuentan.

–No,  cara mia . Eso no es supervivencia. Eso es esperar a que la vida pase, confiar en que las cosas se pongan solas en su lugar. Y eso no sucede nunca. Jamás. En algún momento tendrás que hacer frente al problema.

Nora mordió la galleta. Crujió entre sus dientes con esa textura que solo posee lo tradicional, lo que guarda tiempo y manos que ya no están.

Por un instante, sintió que masticaba algo más que harina y azúcar.

Masticaba raíces. Un país que nunca había visitado, pero que olía a naftalina, a verdad y a un tiempo que se negaba a desaparecer.

Entonces ocurrió. Un peso, un calor, un salto limpio y felino. Algo aterrizó en su regazo con la precisión de quien lleva tiempo ensayando la caída.

–¡Latte!– exclamó Salvatore entre la regañina y la adoración–. ¿Cuántas veces te he dicho que no asaltes a las visitas? Latte macchiato, non fare così.Cattivo.

Pero Nora ya sonreía. Una sonrisa de las que no necesitan ensayo.

El gato era blanco como la leche, como la nieve, como las camisas que ella odiaba vestir cada mañana; pero en su cara, dos manchas negras le cubrían los ojos como un antifaz de ladrón de bancos, como un Zorro de opereta. Sus ojos, sin embargo, eran grises. Un gris como el pelaje de Silas.

–Hola, Phantom –susurró ella, recorriendo con su mano el lomo del animal.

El gato soltó un ronroneo grave, como un motorcillo vibrando contra sus piernas.

–Phantom –rio el anciano–. Siempre le pones nombres de tus cosas,  Bella . Yo le llamo Latte.  Latte macchiato  cuando se porta mal, que es casi siempre.

–Mire sus ojos –dijo Nora sin dejar de acariciar–. Son del mismo color que era mi Silas.

El anciano guardó un silencio respetuoso, de esos que dejan espacio para que el dolor se acomode sin estorbar.

Nora fijó la vista en la nada, mientras su mano recorría el pelaje de Latte por puro instinto.

–Dos años, Salvatore. Dos años larguísimos de dolorosa  ausencia. Él siempre me miraba como si supiera algo que yo aún no he aprendido a descifrar.

–Los gatos saben –sentenció el señor  Giuliano–. Por eso los egipcios los adoraban. No son deidades, sino testigos mudos de esa verdad que nos está vedada.

La Callas alcanzó el agudo final y el público de la grabación estalló en un aplauso atronador. Salvatore sonrió, cerró los ojos y empezó a marcar el compás con los dedos sobre el brazo de la silla, como si él también estuviera en aquel escenario.

Nora se quedó un rato más. Comió otra galleta. Escuchó la música. Dejó que el libro reposara sobre su regazo como una promesa.

Finalmente regresó a su dúplex con el libro blindado contra el pecho.

La fragancia del apartamento de Salvatore –una mezcla de naftalina y café antiguo– seguía impregnada en su abrigo, actuando como una coraza contra el exterior. Al girar la llave de la puerta, saboreó la certeza de que el mundo aún albergaba refugios libres de máscaras.

Rehusó pensar en la perturbadora advertencia de Evranna. Esa noche, la lógica ganaría la partida.