Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Se miró fijamente a los ojos en el espejo del lavabo y, por un instante, pudo percibir la chispa de un fuego largo tiempo extinguido.

Sintió que una ira conocida la abrasaba por dentro, una fuerza latente que emergía para dar muerte a la antigua Nora y permitir que una versión nueva, más dura y oscura, tomara las riendas de su vida.

Capítulo 2

Tras una semana de dura asfixia psicológica en el trabajo, el fin de semana llegó como un indulto.

Nora anhelaba un paseo por la naturaleza, pero aquel sábado el cielo gris se desplomó sobre la ciudad.

–No importa. Lo prefiero así –murmuró para sus adentros.

Esbozó la sonrisa de quien intuye que recluirse en su propia madriguera es, en el fondo, el triunfo definitivo.

Aprovechó para ordenar su pequeño dúplex, un refugio minimalista donde habitaba desde hacía siete años; los mismos que llevaba encadenada a Goldart.

Aunque su deseo dictaba una vida rodeada de naturaleza y lejos del ruido urbano, la lógica del tráfico caótico matutino terminó ganándole la partida a sus anhelos.

Había convertido aquel espacio en su oasis bicromo: muebles negros de líneas depuradas, superficies blancas y la ausencia casi total de adornos, conservando solo aquello que le aportaba una paz funcional.

La joya de la corona era el comedor; un espacio inundado de luz donde un gran sofá negro la arrullaba cada noche.

Allí, el azabache del tapizado y el verde de sus plantas eran las únicas notas de color permitidas en su mundo.

El fin de semana, Nora colgaba su máscara en el armario corporativo y se sumergía en una indulgencia privada.

Desayunaba con parsimonia mientras una música clásica oscura la trasladaba a épocas remotas: el Londres gélido y victoriano o las catedrales góticas de la Francia del S.

XIII. Su ritual proseguía con una alquimia de bruja moderna, destilando ingredientes de su despensa para sus cuidados personales.

Con la lluvia como cómplice, se entregaba a Poe a la luz de las velas; cada trueno era un acento sobre el terror de los versos.

En esos instantes, Nora alcanzaba una plenitud absoluta: su ser brillaba sin la urgencia de tener que encajar en ningún molde.

La tregua de la lluvia durante la tarde, la empujó hacia el centro de la ciudad. Un territorio que Nora evitaba por su ruido y el gentío, pero que toleraba por sus museos y su variedad gastronómica.

La galería de arte era un mausoleo de luz blanca sobre paredes crema, con enormes óleos repartidos de manera estratégica por toda la sala.

En el interior flotaba el aroma denso del barniz y el aceite de linaza; un rastro químico y acre que chocaba de frente con el perfume terroso de la lluvia, ese petricor que ella traía impregnado en su ropa.

Femenina pero minimalista, Nora elegía su ropa como quien escoge una armadura.

Se enfundó en un jersey de cuello alto y unos pantalones de pana negros, rematados por sus botines de cuero.

Solo la gabardina azul petróleo rompía la sobriedad del conjunto, como una mancha de color necesaria en un día gris.

Los pocos valientes que habían desafiado al temporal deambulaban en silencio entre lienzos de un expresionismo caótico y esculturas que parecían esqueletos de hierro y cemento, heridos por retales de tela de diferentes texturas y colores.

–Dante Blackwell –siseó para sí misma, diseccionando la firma en el ángulo del cuadro–. Una lástima. Tu técnica es impecable, pero tu rabia es muy comercial. Esta pieza no hace honor a la oscuridad de tu nombre.

–No lo digas demasiado alto; trato de cerrar una venta –la voz llegó desde su derecha, con una vibración que le erizó el vello de la nuca. El desconocido había avanzado con una precisión felina, tan silencioso que no logró disparar las alarmas de Nora.

Ella volvió la cabeza con lentitud.

Frente a sí se alzaba un hombre que rondaba el final de la treintena, poseedor de una presencia que reclamaba cada rincón de la sala.

Vestía una armadura civil de tejanos oscuros y un jersey de cuello alto que subrayaba una mandíbula firme, sombreada por una barba de dos días, calculadamente descuidada.

Era algo más alto que ella, con el cabello castaño, tupido y rebelde, como si acabara de pelear contra el viento.

Pero lo que detuvo el pulso de Nora fueron sus ojos: de un chocolate intenso y analítico, que la observaban con la curiosidad de quien disecciona una obra de arte.

–Soy Dante Blackwell. El artífice de esta obra tan… comercial y poco acorde con mi nombre –añadió él, sosteniéndole la mirada con una media sonrisa–. Lamento que mi trabajo no esté a la altura de tus expectativas.

Nora sintió el peso de su propia imprudencia, pero el fin de semana su máscara social se quedaba en casa.

Sin el uniforme blanco de Goldart, no temía al conflicto; lo habitaba.

–Perdona si he resultado… excesivamente vehemente –articuló Nora, blindándose en su habitual frialdad.

–Te disculpas por las formas, no por el fondo –Dante dio un paso al frente, invadiendo su terreno–. Tu mirada sostiene el golpe. ¿Me equivoco?

–No tengo por qué disculparme por lo que un lienzo me provoca. Además, no soy yo la que acecha por la sala recolectando elogios baratos de los presentes.

Una risa limpia y rotunda escapó del pecho de Dante, rompiendo el silencio artificial de la estancia.

–Llevaba tiempo esperando que alguien tuviera las agallas de llamarme mediocre a la cara –soltó, mirándola con una franqueza casi perturbadora.

–No seas pretencioso, no lo he calificado así –replicó ella, midiendo la distancia–. Aunque me fascina que un creador desprecie tanto su propio talento.

–Este lugar está demasiado transitado  para responder a eso –el susurro de Dante rozó la insolencia–. Dame tu número. Te debo la explicación de mi declive en esta pieza “tan comercial”.

Nora lo observó, suspendida entre la curiosidad y la perplejidad.

Tras una semana de naufragio emocional en Goldart, nada la había preparado para un abordaje semejante.

–Lo lamento. A mi pareja no le agradaría que te diera mi número –mintió con una calma pasmosa–. Viviré con la duda de por qué perpetras este tipo de creaciones tan… "mediocres".

–Mientes –sentenció Dante, dando un paso que clausuró el espacio entre ambos, hasta que el rastro de Oud y café de su perfume la envolvió por completo–. No te vas a esconder detrás de una pareja fantasma. No voy a dejar que te marches después de haber desnudado mi obra.

En ese instante, mientras sus miradas parecían batirse en duelo, Nora lo supo: estaba ante un ser tan complejo como ella. Una de esas anomalías que escasean en un mundo de máscaras de bajo coste; alguien capaz de leer el texto oculto bajo sus ojos verdes.

Nora extrajo una tarjeta de visita de su bolso con un movimiento seco. Siempre las llevaba encima; era el instinto de supervivencia del  buen profesional. Extendiendo el brazo con una parsimonia que pretendía fingir desdén, sentenció:

–Que te entregue mi número no garantiza que vaya a responderte. Simplemente quiero recuperar mi espacio y mi silencio.

–Gracias… señorita Holloway –leyó él, y el nombre adquirió otra consistencia en su boca–. Marketing. Vaya…. Me fascinaría saber cómo venderías mis “mediocres” obras al mundo.

Una mujer de elegancia aristocrática rompió el hechizo de aquel duelo, interponiéndose para solicitar la presencia de Dante ante un marchante de aspecto asiático que aguardaba, impaciente, al fondo de la galería.

–Discúlpame, Nora. Al parecer, alguien que sí aprecia mi talento está muy interesado en hacerme una oferta sustanciosa por mis obras.

–Se despidió con una leve inclinación de torso; una reverencia palaciega con la que fingió postrarse ante ella.

Se alejó con una mirada que, más que un adiós, era la promesa de que aquello no había hecho más que empezar.

Nora permaneció inmóvil ante el caos de los lienzos. El escalofrío que la recorrió no procedía del aire acondicionado de la galería, sino de una certeza muda: su fin de semana de placeres solitarios y ostracismo social había sido invadido por una presencia abrupta.

Nunca imaginó que aquel día de lluvia pudiera dar un giro tan inesperado, ni las consecuencias que aquel encuentro fortuito podrían tener en su futuro.