Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2)
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Capítulo 1
El universo no colabora con nadie . Esa era la primera lección que Nora había aprendido de Maquiavelo: el universo era un tablero indiferente, y los hombres, simples piezas que aprendían a moverse o morían en el intento.
Pero esa mañana, mientras sus largos dedos apartaban las pesadas cortinas de su habitación, la luz gris que filtró la ventana le pareció una tregua.
Un alto el fuego. Un día que no exigía colores.
La ciudad a lo lejos parecía sumirse en un film noir de esos que a ella tanto le gustaban.
– ¿Lo ves, Silas? Hoy el mundo también lleva luto.
El gato no respondió.
Llevaba dos años sin responder. Había fallecido por causas propias de la vejez.
Pero Nora mantenía la costumbre de hablarle, no por locura, sino por fidelidad.
Los vivos abandonan. Los muertos, no. Eso también lo había aprendido de Maquiavelo: la lealtad de los que ya no están es la única que no traiciona.
Caminó hacia el baño descalza, con un andar felino; tenía la parsimonia de quien se sabe dueña del tiempo gracias a una planificación minuciosa.
Tomó una larga ducha. El gesto fue menos un aseo y más un rito de purificación; dejó que el agua caliente y el aroma denso del gel de sándalo arrastraran los jirones de unos sueños que prefería no recordar.
El baño de Nora era un cubo de luz inmaculado, una página en blanco donde recomponer su máscara.
Había sustituido la bañera por una ducha de cristal sin marcos: no buscaba sumergirse, sino la purificación rápida del agua que arrastra todo lo que sobra.
Bajo la pila, el orden era estrictamente armonioso: lociones con aromas intensos y toallas de algodón egipcio en color negro, perfectamente dobladas.
Una vez terminado su ritual de aseo se dejó caer sobre la amplia cama deshecha, cuyo capitoné blanco le confería un aire casi aristocrático, mientras escuchaba como cada una de sus vértebras protestaba con un chasquido seco.
Treinta y tres años , pensó, y ya cargaba con el lastre de dos vidas a sus espaldas.
Tras varias respiraciones profundas, Nora se incorporó con suavidad y se detuvo ante la puerta de su closet . Dos armarios. Dos vidas.
Se había visto obligada a dividir su espacio en dos hemisferios irreconciliables. El de la izquierda, poblado de blancos y beige, olía a detergente neutro y a sumisión corporativa.
Garrett, su jefe, convencido de que los colores oscuros atraían la negatividad y “acentuaban una baja vibración”, había impuesto un dress code tan taxativo como absurdo.
Nora se negaba a vestir tonos flúor o estampados excéntricos; los colores claros eran su única concesión a la neurosis de su superior.
El armario de la derecha, en cambio, era oscuro, profundo y misterioso; olía a ella.
Eligió del sector corporativo de su armario un pantalón de lana beige y una blusa blanca de seda; una prenda de manga larga que se ciñó a sus muñecas como una segunda piel castigada.
Pero antes de abotonársela, posó frente al espejo.
La única nota de disidencia quedaba invisible a los ojos ajenos: vestía la lencería negra como una armadura secreta, el único blindaje que la ayudaba a sostener el peso de la máscara.
Nora observó el reflejo que este le devolvía con una mueca de resignación.
No era que detestase su imagen, sino que, desde hacía tiempo, ya no se reconocía en ella.
El cabello, que en su infancia lucía un rubio casi irreal, se había apagado en un castaño sin vida, rindiéndose al paso del tiempo.
El tono dorado de su piel y las pecas de su juventud se habían desvanecido bajo los fluorescentes, dejando paso a una tez blanca, casi diáfana, propia de quien ha cambiado el sol por las horas extra.
Nora no encajaba en el canon de la chica más hermosa, pero su presencia antaño destilaba una elegancia y una singularidad tan marcadas que resultaba imposible no mirarla.
Sus ojos verde esmeralda, antes vibrantes, parecían haber perdido el fulgor, ocultos tras una capa de cansancio.
Su cuerpo, tenso y castigado por dolores psicosomáticos, era el mapa de una infelicidad silenciosa.
No era solo la oficina con su código de vestimenta, los pisotones entre compañeros o esa falsa cordialidad que impregnaba el ambiente.
Era el peso de una vida ajena, de una filosofía traicionada por el miedo a no encajar.
Detrás de aquella máscara que usaba para sus amigos, sus parejas y el mundo, solo quedaba una mujer extinta intentando recordar quién era en realidad.
Llegó a la oficina cuando las luces aún dormían.
El edificio olía a productos de limpieza y a silencio, esa mezcla que siempre le recordaba a las salas de espera de los psicólogos infantiles.
El doctor Schneider. Sus preguntas. Sus anotaciones.
Su sonrisa de adulto que ya había decidido el diagnóstico antes de que ella pudiera abrir la boca.
Aquel fue el regalo de sus padres por su décimo cumpleaños.
El Dr. Schneider la sanaría de sus indeseables “rarezas”.
Nora trabajaba para Goldart, un titán del marketing nacional.
Había sido captada por un cazatalentos cuando apenas cursaba tercer año de carrera; su desbordante creatividad y agilidad resolutiva la hacían un activo codiciado.
De entre todas las ofertas, eligió Goldart por el prestigio y el peso que la firma ejercía en el sector.
Su despacho era pequeño y aséptico, una estancia de paso sin rastro personal.
Muebles de líneas depuradas y paredes blancas configuraban un espacio donde nada delataba una vida fuera de allí. Sus compañeros admiraban su orden, pero ella sabía que no era más que la ausencia de pruebas de su auténtica naturaleza.
Nora posó el bolso sobre la silla de cuero negro y se enfrentó al informe como quien se inclina sobre un cadáver para determinar la hora de la muerte. Porque aquello era un asesinato; lo sabía incluso antes de abrir el archivo, y conocía el nombre del verdugo: Conrad Roberts.
Aquella cuenta le pertenecía a ella, pero Garrett estimó oportuno entregarle a Conrad la campaña de Mr. Robinson . ¿Cómo podía un incompetente semejante hacerse cargo de una responsabilidad de ese calibre? Nora sabía la respuesta, y no por ello el dolor era menor.
Conrad carecía de cualquier credencial para sostener semejante peso.
Llegó a Goldart medio año antes, huérfano de conceptos básicos: no sabía estructurar un briefing , desconocía los ratios de conversión y confundía el target con un embudo de ventas.
Pero su ignorancia quedaba blindada por la mirada protectora de Garrett, quien lo introdujo en la firma bajo la etiqueta de "talento emergente".
Una burda pantalla de humo corporativa que Nora descifró en el acto: Voy a coronar a mi favorito con las medallas de tu esfuerzo .
Ella era consciente de que entre esos dos hombres latía una intimidad secreta; una complicidad de alcoba que dinamitaba cualquier barrera profesional.
Nora examinó el brief del cliente. Cada directriz de Mr. Robinson era una ley sagrada que Goldart debía acatar.
Al abrir la propuesta de Conrad, halló la confirmación del desastre.
Era el trabajo de un niño soberbio, de un amateur que ignoraba que en los negocios un cliente no es un rival al que batir, sino un monarca al que se debe seducir.
Nora tomó aire y cerró sus ojos unos instantes.
–Buenos días, Nora. ¿Lista para obrar tu milagro diario?
Aquella voz la devolvió al presente de manera súbita.
Garrett apareció en el umbral con la precisión de un actor calculando su entrada.
Tenía la piel de un bronceado alarmante para cualquier dermatólogo, el cabello engominado con esmero y un outfit de colores y estampados imposibles. Su sonrisa de anuncio, de un blanco nuclear, irritó a Nora: le faltaba sinceridad y le sobraba desprecio por la estética dental.
–Sabes que confío plenamente en tu criterio – continuó, recostándose contra el marco de la puerta con una familiaridad usurpada–.
Y que, como siempre, eres la única capaz de poner orden en este caos.
Mr. Robinson no ha quedado satisfecho con el resultado de vuestro trabajo.
No podemos permitirnos perder un cliente de su envergadura.
Algo visceral se agitó en el interior de Nora. Un pensamiento punzante: "Vuestro trabajo".
Le habían robado el cliente para dárselo a Conrad y ahora esperaban que ella enmendara el pifio.
Visualizó la escena con una claridad letal: Garrett contra la pared, su mano en el cuello de él y el placer de desnudar su mediocridad. Quería que sintiera el peso de su propia dependencia; el terror de que ella, finalmente, dijera basta.
Pero no dijo nada de eso.
–No te preocupes, Garrett. El proyecto estará listo a tiempo. Ya me estoy ocupando de los flecos que quedaron sueltos –aseguró Nora, en un auténtico ejercicio de contención que le tensaba cada músculo del rostro.
–Esa es mi chica. Sabía que podía contar contigo.
Se alejó disparando ese gesto que ella detestaba: los dedos en forma de pistola y un chasquido de lengua. La falsa complicidad del que cree que existe un entendimiento mutuo solo porque él da las órdenes y ella las acata.
Nora esperó a que Garrett tomara asiento en su despacho y se dirigió al baño.
Sumergió las manos en el agua gélida del invierno y humedeció su nuca y sus muñecas, buscando mitigar el incendio de su rabia.
El robo del ascenso había fracturado el último dique en su interior.
La máscara de empleada modelo y sumisa pesaba ahora como el plomo; el oxígeno escaseaba en sus pulmones y la farsa de mantener la compostura se estaba convirtiendo en una tortura diaria que ya no pretendía tolerar.