Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE
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CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE

Me quedé paralizada, pero el corazón me dio un vuelco.

Lo oía respirar al otro lado, esperando una respuesta. Casi me había pillado. Por suerte, tuve la lucidez de cambiar el chip y responder como la agente Kane, no como Abby.

—Agente Cabrera. Qué amable llamar. ¿Dónde estás?

—No, no, no. Quiero hablar con Abby.

—Mala suerte. Eso no lo decides tú.

—Vaya, noto que estás enfadada conmigo. No lo estés. Recuerda lo que tuvimos.

—Dime dónde estás. Podemos vernos y rememorar viejos tiempos.

Se rio como si estuviéramos tonteando. Yo quería patearle los huevos.

Reilly entró en mi habitación con otros dos agentes. Antes de que pudiera decir nada, les hice un gesto para que guardaran silencio y señalé mi teléfono.

—Vamos —jugué con él—. ¿No quieres verme?

—Oh, no tienes ni idea, Abby. Ni idea.

Cabrera tomó aire brevemente antes de hablar.

—¿Elan te dijo algo? —preguntó con picardía.

—Me dijo muchas cosas, demasiadas para repetirlas por teléfono.

Se rio entre dientes. Apreté la mandíbula con más fuerza.

—Por mucho que me encantaría cenar y charlar tranquilamente —continuó—, tú y yo sabemos que eso no es posible ahora mismo. Quizá en el futuro, cuando no estés enfadada conmigo, podamos hacer otro picnic. Con Lucy también.

Me estremecí al oír el nombre de mi hija en su boca. Cómo se atrevía. Apreté el teléfono con más fuerza, notando que tenía las palmas húmedas. Quería hacerle daño y luego matarlo.

—Deja a mi familia fuera de esto. Esto es entre tú y yo.

Chasqueó la lengua ante mi respuesta.

—No tengas miedo. No pretendo haceros daño ni a ti ni a tu familia. Solo dime, Abby, y cada uno seguirá su camino.

Seguía sin tener ni idea de a qué se refería, y ya me estaba molestando la forma en que enfatizaba deliberadamente mi nombre.

Reilly me hizo una seña y me mostró una nota que había escrito.

Decía que no conseguían localizar su señal GPS, pero que habían triangulado su móvil con una torre en Oakland.

Todos bajamos mientras yo seguía hablando con Cabrera.

Con un poco de suerte, aún podríamos encontrarlo.

Abajo había otros dos agentes con Po Po y Lucy. Me llevé rápidamente un dedo a los labios cuando me vio. No quería darle a Cabrera la satisfacción de oírla.

—Ah, estás en movimiento. Puedo oír el ruido. ¿Encontraste mi ubicación?

—¿No es eso lo que querías?

—Bueno, no, en realidad. Era un mal necesario que tenía que soportar si quería obtener una respuesta.

—Deja de hablar con acertijos. Me aburres.

—¡Qué carácter!

—¿Adónde vas a ir? No puedes huir.

—No te preocupes por adónde voy. Dame lo que quiero y nunca más volverás a saber de mí.

—Sé que no eres sordo, pero empiezo a preguntarme si eres idiota.

—¡CIERRA LA PUTA BOCA!

Aparté el teléfono de la oreja, sorprendida por su repentino cambio de actitud.

—Sé amable, o iré a por ti y tu familia —siseó.

—No te tengo miedo. Solo eres un hombre. Nadie trabajará para ti, no después de que mataras a tu asesor de mayor confianza.

Se rio.

—Yo no orquesté el ataque contra Zapata. Eso fue cosa de Malcolm, una feliz coincidencia.

—¿Por qué ibas a querer muerto a tu número dos? Oh, espera. Ya lo entiendo. Tenías miedo de que se volviera contra ti, de que se largara con la receta del MZ-1. O peor, que descubriera que mataste a su hermana y fuera a por ti. Eso es, ¿verdad? Faro Zapata había asustado al monstruo.

—Cállate.

—¿Qué pasa, duele la verdad?

—Era un egoísta. Yo lo convertí en lo que era. Era demasiado estúpido para darse cuenta. Su cerebro diminuto jamás habría podido orquestar el encubrimiento con la cirugía plástica.

—¿De qué estás hablando?

—Oh, Abby. Pensaba que eras más lista. ¿Nunca te preguntaste por qué nunca viste al agente Fredy López?

Sí que me lo había preguntado. Me pareció extraño que Fredy estuviera fuera de la ciudad todo el tiempo que estuve allí.

—Ilumíname.

—Faro era Fredy. La cirugía plástica fue para que pareciera Fredy. Nadie sospechó nada, ni siquiera nuestros supervisores. Fue genial.

Cabrera se rio a carcajadas de su propia astucia.

—Joder, soy bueno. Nunca lo viste venir, ¿verdad, Abby?

No lo había visto.

—¿Tenías planes similares para el agente Riggs?

—Los tenía. Era nuevo en el equipo. Nunca habría aceptado voluntariamente lo que yo estaba haciendo. Había que hacerlo.

—Bueno, ahora estás jodido, porque todo el mundo sabe quién eres. Te encontraremos. No tienes nada ni nadie detrás de quien esconderte. En el fondo, tienes miedo.

Su respiración se aceleró.

¿Le había dado donde le dolía? Quería socavar su confianza y sembrar dudas sobre su plan.

Cuanto más dudara, más se retrasaría. Reilly ya estaba con su móvil, coordinando con el Departamento de Policía de Oakland.

Lo que necesitábamos era gente buscando a Cabrera dentro del radio de kilómetro y medio donde creíamos que estaba.

—Por supuesto que no. Ahora, Ab-by, el tiempo se acaba. Dime lo que Elan te contó. Dime cuál es el ingrediente que falta.

Me sorprendió. Tenía que saber que yo no lo sabía. De repente, la que se echó a reír fui yo. —¿De eso va todo esto? ¿Crees que sé cuál es el ingrediente que falta? Pues lamento decepcionarte.

—¡No juegues conmigo! Dámelo.

—No sé cuál es. Te estoy diciendo la verdad. ¿Por qué iba a decírmelo? Estuviste presente cuando nos reveló lo que había hecho.

—Lo interrogaste sin mí. Pasaste tiempo con él sin mí. Tuviste muchas oportunidades de descubrirlo. Ahora deja de hacerme perder el tiempo y dame el puto ingrediente.

—Primero, dime por qué enviaste a ese falso asesino Fredy a la oficina cuando llegué. ¿De verdad querías verme muerta?

—Qué va, solo quería ver lo dura que eras.

—Podría haberme matado. Lo estaba intentando, ¿sabes?

—Las probabilidades estaban a tu favor, pero cabía la posibilidad de que lo consiguiera. Por suerte no fue así, porque para entonces ya había decidido que quería follarte.

Ojalá hubiera podido atravesar el teléfono y meterle el arma por la garganta. Seguro que su pose de machote se habría venido abajo en el acto.

Estábamos a mitad del puente de la Bahía de Oakland, todavía a unos 15-20 minutos de donde estaba Cabrera, pero la policía de Oakland ya estaría peinando las calles. Sin embargo, él sabía que íbamos de camino. Lo notaba inquieto al otro lado de la línea. Podía salir corriendo en cualquier momento.

Siguió dale que te pego con lo de follarme, así que saqué el tema que le interesaba. —Así que quizá sí sé cuál es el ingrediente. Si te lo digo, ¿qué gano yo?

—Seguir viva.

—No es suficiente. Tus amenazas no me asustan.

El teléfono crujió y oí ruido de fondo. Tráfico. Estaba en movimiento.

—¿Cómo sé que dices la verdad, Ab-by? ¿Cómo sé que me darás el ingrediente correcto?

—No lo sabes. Pero da igual. Nunca descubrirás cuál es. Y te pillaremos. Eso te lo puedo prometer.

Le hice una seña a Reilly antes de tapar el teléfono. —Está en un sitio público. Oigo agua, como una fuente o algo así.

—Conozco dos. Una está en Jack London Square y la otra en Frank Ogawa Plaza.

—Ab-by, ¿sigues ahí?

—Perdona. Me he quedado traspuesta un momento.

—Un día esa boca tuya te va a meter en un lío.

—Eso espero. Me hace falta algo de emoción en la vida.

Reilly ya había dado el aviso sobre las dos ubicaciones. Mi objetivo era mantener a Cabrera al teléfono. Todavía oía el agua correr, así que no se había movido... aún.

—Iremos a Jack London, está más cerca —susurró.

—Dime, Cabrera, ¿qué piensas hacer con el MZ-1? ¿Vas a montar un pequeño ejército al que mangonear?

—Eso es lo que habría hecho un burro como Faro Zapata. Yo tengo planes más grandes y mejores.

Nos detuvimos. Más adelante se veía la plaza, abarrotada de gente a esas horas de la tarde. Hicimos señas a los agentes que nos habían seguido para que se dispersaran y rodearan la fuente.

—Grandes planes, ¿eh? A ver si me los cuentas.

—Dime cuál es el ingrediente que falta y te prometo un asiento en primera fila.

—¿Ah, sí?

La multitud era densa. El Consulado Alemán estaba celebrando una feria de cultura alemana.

Había mesas con artesanías, puestos de comida, y cuatro hombres y mujeres vestidos con trajes tradicionales enseñando a bailar la polca.

Pasé junto a una cervecería al aire libre, con mujeres pechugonas sirviendo jarras enormes de cerveza.

Pensé que con mi estatura podría usar a la multitud como cobertura mientras me colaba entre ellos.

Estaba a seis metros de la fuente y todavía la oía por el teléfono.

Me acerqué con el arma desenfundada pegada al costado.

La fuente tenía un radio de unos cuatro metros y medio.

Me detuve a un par de metros, sin querer delatarme.

Vi a Reilly abriéndose paso entre la multitud en el lado opuesto.

Mientras rodeaba la fuente, busqué a Cabrera.

Debería estar aquí. Creo que lo oigo respirar.

—¿Cuándo puedo verte? —pregunté. Esperé una respuesta, pero la línea siguió en silencio. Fue entonces cuando vi un móvil en el borde de la fuente. Cabrera había desaparecido.