CAPÍTULO SETENTA
Entre el FBI y la policía de Oakland, mantuvimos la zona acordonada y la peinamos durante tres horas antes de dar por terminada la operación.
Cabrera había desaparecido. Enviamos su nombre y fotografía a todos los organismos pertinentes para evitar que huyera del país, pero no estábamos del todo seguros de que fuera a intentar salir de Estados Unidos.
Y en realidad, para alguien con sus habilidades, su conocimiento de las fuerzas del orden y sus contactos, abandonar el país sería pan comido.
A medida que pasaban los días, la esperanza de que Cabrera volviera a contactarme fue desvaneciéndose.
Nunca volvimos a saber de él, y la investigación quedó estancada.
La DEA nos dio la noticia más sorprendente cuando les pusimos al corriente de su agente corrupto y su presunta implicación en dirigir un cártel de drogas justo bajo sus narices: afirmaron no tener ni idea de nada.
Cuando añadimos que también era el hombre más temido de Colombia, al que todos llamaban El Monstruo, se quedaron mudos de asombro.
Cuando por fin reaccionaron, lo negaron, por supuesto.
Para ellos, Cabrera era un agente estrella que había impulsado el trabajo que realizaban en Bogotá gracias a ser colombiano de nacimiento.
No estaban dispuestos a admitir que habían estado financiando a un narcotraficante asesino en serie.
Tampoco ayudaba que su confianza ciega le hubiera proporcionado a Cabrera su propia oficina para que su equipo no tuviera que trabajar desde la embajada.
Fue un error colosal. No había ninguna supervisión.
Las acusaciones mutuas tardaron aproximadamente una semana en cesar.
Finalmente, la DEA aceptó la realidad y admitió que la habían cagado por completo.
Desde el principio, todas las partes acordaron mantener en secreto toda la operación.
Si la noticia llegaba al público estadounidense, sería una pesadilla de relaciones públicas para la DEA.
También socavaría el trabajo que estaban realizando en Colombia, por no hablar de que el gobierno colombiano cuestionaría la participación de Estados Unidos en la guerra contra las drogas.
La DEA procedió entonces a llevar a cabo un encubrimiento exhaustivo que implicó enviar un equipo completamente nuevo a Bogotá con nuevos protocolos.
Durante las semanas posteriores a la fuga de Cabrera, el Departamento de Policía de San Francisco reforzó las patrullas en mi barrio e incluso mantuvo un coche aparcado frente a mi casa durante una semana, pero era imposible mantener vigilancia las veinticuatro horas de forma indefinida.
Lo admito: tenía los nervios a flor de piel tras la llamada con Cabrera.
Los niños no salían de casa sin mí, y di instrucciones explícitas a su colegio de no dejarlos salir del recinto hasta que yo fuera a recogerlos.
Reforcé todas las cerraduras de la casa e instalé un sistema de alarma.
El complejo Kane estaba oficialmente blindado.
Mi hijo mayor, Ryan, era muy consciente de la situación, aunque disimulaba de maravilla que no le afectaba. Había vuelto del campamento con una seguridad en sí mismo renovada.
—No me asusta, Abby —dijo mientras se golpeaba el puño contra la palma de la mano. Esa semana, preguntó si podía apuntarse a clases de judo. Lo inscribí de inmediato. Mi niño se estaba haciendo un hombre.
La pequeña Lucy, sin embargo, era demasiado pequeña para entender que el hombre que había jugado con ella en el parque no era amigo nuestro. Pero eso no me impidió intentar explicarle lo que había pasado y que, si alguna vez lo veía, debía salir corriendo y pedir ayuda.
—Crab Bra es un hombre malo, mami.
—Así es.
—Tú lo metes en la cárcel, ¿vale?
—Lo haré, cariño.
No tenía ni idea de si las amenazas de Cabrera hacia mi familia iban en serio o eran un farol.
Me aseguré de que todos entendiéramos la importancia de cuidarnos los unos a los otros.
Para mi sorpresa, Po Po no me echó la bronca por lo que había pasado.
En parte me lo esperaba. Esto no había sido parte del plan que le había vendido cuando decidí mudar a la familia en busca de una vida mejor.
Quizás su calma en esta situación se debía a que comprendía que yo no habría podido evitarlo, ni lo había provocado.
Sí, si hubiera tenido otro trabajo, no estaríamos en esta situación, pero las cosas eran como eran.
Estuvo de acuerdo en que era mucho más importante que nos mantuviéramos unidos y alerta, al menos de momento.
Como ocurre con cualquier acontecimiento traumático en la vida, pasó.
Seis meses después, habíamos vuelto a la normalidad y el crujido de la casa al asentarse o un golpe en la puerta ya no nos hacía saltar del asiento.
Lucy se había olvidado por completo de Crab Bra, pero Ryan no.
Seguía practicando judo, y cada oponente al que se enfrentaba era el hombre que se había atrevido a amenazarnos.
Tenía su primer torneo a la vuelta de la esquina. Me hacía tan feliz ser una madre judoca, y estaba deseando animarlo desde las gradas.
—No se anima así en este deporte —dijo poniendo los ojos en blanco.
Me daba igual. Nada conseguiría mantener mi bocaza cerrada. Ya me perdonaría por avergonzarlo, con el tiempo.
Seguía asegurándome de salir de la oficina por las tardes para ir a buscar a los niños al colegio. Mismo sitio, siempre. Los demás padres lo sabían, y nadie me disputaba mi pequeño rincón junto a la valla. Ayudaba que lo hubiera marcado a base de clavar el tacón en la tierra sin parar.
Ese día no fue diferente. Estaba a las puertas del colegio, esperando a que sonara el timbre.
Andaba distraída escarbando con el tacón, intentando soltar una piedra para darle una patada, cuando Elan Ortega me vino a la mente.
No sé por qué; no había pensado en él desde su muerte.
Quizás estaba de buen humor y me sentía muy agradecida por mi vida y mi familia.
El sol calentaba y la brisa refrescaba a partes iguales, creando un ambiente mágico que solo se podía encontrar en San Francisco.
Mientras pensaba en él, no sentía tristeza.
Sabía que, en su fuero interno, creía haber logrado algo grandioso.
Nadie podía arrebatarle eso. Creo que murió siendo un hombre feliz, como el que recuerdo de aquel viaje en avión.
Recuerdo que me contó su sueño de convertirse en científico y el kit de ciencias que su padre les había comprado a él y a su hermano para evitar que desmontaran todo lo que había en casa para ver cómo funcionaba.
Era cuando contaba esas historias cuando parecía más inocente.
Podía ver la sinceridad en sus ojos. Recuerdo que incluso me elogió los míos.
Eso fue lo último que esperaba de un hombre que acababa de perder a su esposa.
Dijo que mis ojos eran del mismo color que la Ortegarous.
—¿La qué? —le había preguntado.
Se rio y me contó que era una flor de un verde brillante, no más grande que una uña, que crecía en lo alto de las copas de la selva amazónica. Él y su hermano habían descubierto aquella pequeña maravilla y, con todo el descaro, le habían puesto su propio apellido.
Se me dibujó una sonrisa en la cara. Qué privilegio poder ponerle tu nombre a una flor.
Ortegarous…