Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO SESENTA Y CINCO
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CAPÍTULO SESENTA Y CINCO

Tercera vez y nada, se me había acabado el tiempo.

Maldita sea, Cabrera. ¿Por qué no contestas? No podía seguir retrasando informar a Reilly de la desaparición de Elan. De todos modos, iba a enterarse por Protección de Testigos si no lo habían avisado ya. Échale valor, Abby. Marqué su número.

Antes de que pudiera decir una palabra, Reilly estalló por la desaparición de Elan Ortega. Demasiado tarde.

—Mira, no sé qué te han contado, pero déjame decirte lo que yo sé.

—Empieza a hablar.

Le conté paso a paso cómo descubrí la desaparición de Ortega, la ausencia de Cabrera y la salida de ambos del hotel.

—¿Y no has tenido noticias desde entonces?

—Nada. Tres llamadas hasta ahora.

—¿Qué hay de las grabaciones? Me han dicho que estabas revisándolas.

—Ya lo hice. Voy de camino a la oficina. Puedo reenviarte el correo con las capturas de pantalla y el vídeo ahora mismo si quieres. Se ve a los dos entrando juntos en el ascensor y saliendo del hotel. Nada parece fuera de lugar ni sospechoso.

—Reenvíamelo.

Seguí al teléfono mientras él intentaba descargar el vídeo. Apreté el paso por si no conseguía abrirlo.

—Lo tengo. Lo estoy viendo... ¿Alguna idea de por qué el agente Cabrera se iría con nuestro testigo?

—No, señor. Yo, eh...

—¿Qué pasa, Abby? Dímelo.

—Bueno, puede que sea algo o puede que no, pero Cabrera me confesó que quería averiguar el ingrediente que falta del MZ-1.

—Yo diría que eso es algo.

—Reilly, es un agente de la DEA. No es ningún criminal.

—Abby, tenemos un testigo desaparecido y un vídeo que muestra al agente Cabrera marchándose con él.

Que haya mostrado interés en la fórmula de una droga responsable de la muerte de casi treinta personas en los últimos días es motivo más que suficiente.

Voy a emitir una orden de búsqueda contra Cabrera.

Mientras tanto, sigue intentando localizarlo.

Que no se entere de que lo estamos buscando oficialmente.

Reilly colgó antes de que pudiera decir nada.

Me sacaba de quicio cuando hacía eso, pero sabía que esa vez era mejor no volver a llamar.

Elige tus batallas, Abby. No podía evitar preguntarme si mi relación con Cabrera estaba afectando a mi juicio.

Aun así, el comportamiento capullo de mi supervisor no ayudaba.

Abrí el correo que Compton me había enviado y volví a ver el vídeo, analizándolo fotograma a fotograma en busca de pistas.

Quizá me había perdido algo la primera vez.

Sus movimientos, sus acciones... todo parecía normal.

¿Estaría Cabrera realmente intentando descubrir el ingrediente que faltaba?

Y de ser así, ¿cuánto tiempo pasa antes de que uno deje de preguntar y pruebe otra cosa?

Dejé que esos y otros pensamientos me dieran vueltas en la cabeza.

Apenas había guardado el teléfono en el bolso cuando empezó a sonar. Era Cabrera.

—Hola, Abby.

—Madre mía. ¿Dónde demonios estás?

—Estoy en un barco, pescando. Me he dado el capricho antes de volver. ¿Por qué? ¿Qué pasa?

—¿Que qué pasa? No devuelves mis llamadas. Elan ha desaparecido, y tú también... Dom, el FBI ha emitido una orden de búsqueda contra ti.

—Espera, ¿has emitido una orden de búsqueda contra mí?

—Hay un vídeo de vosotros dos entrando juntos en el ascensor.

—Sí, salimos a desayunar. Hay una cafetería a la vuelta de la esquina.

—¿Está Elan contigo?

—No. Después del desayuno, lo acompañé de vuelta al hotel.

—¿Hasta su habitación?

Cabrera hizo una pausa.

—Lo siento, no. Fui al mostrador del conserje a preguntar si podía recoger mi equipaje por la tarde.

—Espera, ¿vuelves a Bogotá esta noche?

—Iba a llamarte. Mi supervisor llamó esta mañana y me dijo que cogiera el próximo vuelo.

Así que reservé el último posible, el de medianoche, con la esperanza de que pudiéramos cenar juntos.

Sé que no es lo ideal, pero el deber es el deber.

Además, sabía que tenías que trabajar hoy, así que me fui a pescar.

¿Ves? Sabía que había una explicación.

—Vale, pero tienes que entender cómo queda esto de cara a mis compañeros. Llevar a Elan a desayunar, aunque fue un detalle, estaba prohibido.

—¿Así que emitiste una orden de búsqueda contra mí?

—Yo no. Fue Reilly.

Le expliqué el desastre de la mañana.

—Bueno, entiendo cómo pudo parecer, supongo, pero vamos, Abby, me conoces, ¿no?

—Por eso esperé todo lo que pude. De hecho, Protección de Testigos le avisó antes de que yo llamara a Reilly. ¿Cuánto tardarás en volver?

—Estoy a una hora más o menos. Mira, siento no haberte devuelto las llamadas. Tenía el teléfono apagado y no me di cuenta.

—Date prisa, ¿vale?