CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO
El responsable de seguridad del hotel nos recibió en el vestíbulo. Como los dos agentes de Protección de Testigos eran marshals federales y no del FBI, nos separamos.
—Le avisaremos en cuanto localicemos ese móvil —dijo Cummings antes de irse.
Me volví hacia el hombre que tenía al lado.
—Parece que solo quedamos usted y yo.
—No hay problema —sonrió—. Me llamo Earl Compton.
Extendí la mano y estreché la suya.
—Agente Abby Kane.
—Así que del FBI, ¿eh?
—Así es.
—Bueno, veamos qué podemos hacer para ayudarla —giró en redondo e hizo un gesto con la mano—. Sígame, por favor.
Compton tenía la cabeza afeitada, morena y con un brillo suave.
Caminaba con autoridad pero relajado. Estaba en buena forma física y tenía una sonrisa agradable y un aire profesional sin ser rígido.
Mientras caminábamos, había algo que destacaba por encima de todo: su simpatía.
Saludaba a cada empleado del hotel con el que nos cruzábamos y conocía a todos por su nombre. Para mí, eso decía mucho de él.
Me condujo a través de una puerta con una placa de latón que decía Solo Empleados.
Al otro lado se abría el vientre del hotel: un laberinto de pasillos encalados.
Servicio de habitaciones, ingenieros, recepcionistas: por aquellos pasillos se movía el personal, lejos de la vista de los huéspedes.
Pasamos junto a un grupo de mujeres que charlaban mientras salían del cuarto de limpieza con sus carritos bien surtidos, listas para enfrentarse a las pocilgas que habían dejado atrás.
Tras varios giros a derecha e izquierda, me encontré entrando por una puerta sin identificar que daba a una pequeña pero funcional oficina de seguridad.
—Bienvenida a nuestro Centro de Control —Compton señaló una batería de monitores—. Tenemos ciento treinta y dos cámaras en el recinto. Nada pasa sin que nos enteremos. Y bien, ¿qué queremos ver? —la sonrisa de Compton era contagiosa. No pude evitar corresponderle.
—Para empezar, las últimas doce horas en el octavo piso.
—Muy bien —Compton ordenó a uno de sus hombres que pusiera las grabaciones.
Había tres cámaras en la planta: una cerca del grupo de ascensores y una en cada extremo del pasillo.
Le indiqué a Compton qué habitaciones nos interesaban y le di información suficiente sobre Cabrera y Elan para identificarlos.
Para empezar, nos centramos en el ángulo del pasillo.
Pasamos las imágenes a buen ritmo, frenando solo cuando aparecía algún huésped.
A los pocos minutos, caí en que yo también saldría en esas grabaciones. Apenas pensé eso, aparecí en pantalla.
Pero Compton, buen profesional, dijo:
—Siga adelante. Los huéspedes que buscamos son hombres.
Efectivamente, a las 8:15 de la mañana se veía a Cabrera encontrándose con Elan a la puerta de su habitación.
—Pare ahí. Ese es el agente Cabrera y nuestro testigo. ¿Podría ver las imágenes de los ascensores?
El hombre de Compton cambió al otro ángulo de cámara y puso el mismo intervalo de tiempo.
Conseguimos un primer plano de los dos mientras esperaban el ascensor.
Por lo que pude ver, todo parecía normal.
Estaban hablando. Ambos parecían de buen humor, y ninguno daba la impresión de que lo obligaran a ir a ningún sitio.
Cabrera llevaba su equipaje de mano, lo que explicaba que la habitación estuviera vacía. «¿Pensaba irse sin despedirse?»
Miré el reloj; era casi mediodía. Si hubieran salido a desayunar, ya habrían vuelto hacía rato.
Las acciones de Cabrera me desconcertaban.
Era evidente que sabía que aquello iba contra el protocolo.
Aunque nuestra investigación estaba llegando a su fin, Elan, a todos los efectos, seguía siendo testigo del FBI y estaba bajo nuestra protección.
Cabrera tendría que saberlo mejor que nadie.
Compton me acompañó de vuelta por el laberinto de pasillos hasta el vestíbulo.
—Si puedo ayudarle en algo más, hágamelo saber —me entregó su tarjeta.
—Gracias. ¿Y las grabaciones?
—Le enviaremos las capturas de pantalla y el vídeo de los dos hombres en cuanto podamos.
—Se lo agradezco.
Sabía que mi siguiente llamada tenía que ser a Reilly, pero dudé.
No era como si un desconocido se hubiera largado con nuestro testigo.
Era Cabrera. Un agente de la DEA y mi compañero en esta investigación.
Para colmo, mantenía una relación íntima con él.
Si eso salía a la luz, explicarlo sería...
bueno, una pesadilla. Saqué el móvil y marqué.