Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO SESENTA Y DOS
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CAPÍTULO SESENTA Y DOS

En cuanto acosté a Lucy y Po Po me dio luz verde para tomarme el resto de la noche libre, Cabrera y yo volvimos a su habitación de hotel.

El olor a sexo impregnaba toda la habitación.

Estaba montada sobre Cabrera, controlando el ritmo mientras me mecía adelante y atrás.

Eran las tres de la madrugada, acabábamos de empezar el cuarto asalto, y yo llevaba las riendas.

El primero había sido rápido e intenso. En el segundo nos tomamos nuestro tiempo para explorar.

El tercero fue el de la variedad: lo hicimos en todos los rincones de la habitación.

Hacía mucho que no pasaba una noche entera así.

Y cuando lo había hecho, había sido con mi difunto esposo.

No crecí rodeada de novios, ni tuve oportunidad de experimentar en la universidad.

No la tuve. A esa edad, acababa de salir de la academia de policía, intentando demostrar mi valía en las calles de Hong Kong.

Por suerte, tenía un par de amigas que me permitían vivir sus aventuras de forma vicaria.

Ningún hombre ni ningún acto se libraba de sus relatos con todo lujo de detalles.

El poco sexo que tuve por entonces fue, en su mayoría, malo.

Aunque no todo fue tan negro. Como ya dije, Peng me descubrió las noches en vela.

A veces desearía haber tenido una época en mi vida como Samantha en Sexo en Nueva York , pero desde luego esa no era yo.

¿Orgasmo? No tuve ninguno hasta los veintisiete.

Hasta entonces, creía que tenía algo estropeado ahí abajo.

Por suerte, tuve la brillante idea de comprarme un vibrador.

Recuerdo aquel día. Seguro que los vecinos pensaron que alguien se estaba muriendo en mi piso.

No veía fin a mi maratón sexual con el galán de Colombia. Cabrera parecía tener la resistencia de un chaval de dieciséis años, pero sin ese machaqueo frenético típico de la inexperiencia. Que no se me malinterprete: hay momento y lugar para lo rápido y duro. Ese fue el primer asalto.

El sexo de ese momento era pura dominación: a mi manera o nada.

No me cansaba de sentirlo dentro. Curvado y firme, cada embestida daba justo en el punto.

La palabra «suficiente» no existía en mi vocabulario.

El cansancio era un recuerdo lejano. Hacía rato que había abierto las compuertas.

Pero lo que más me encantaba era cómo decía mi nombre cuando estaba a punto.

Por su acento, pronunciaba las dos bes de mi nombre de forma marcada, como un exagerado «Ab-by».

Me desplomé sobre él, incapaz de moverme, mientras los dos intentábamos recuperar el aliento. Oía su corazón latir mientras hundía la cara en su pecho musculoso. Deslicé los brazos por debajo de él, aferrándome a su cuerpo. ¡Mío, todo mío! Era el colchón perfecto: blando y firme a la vez.

Divisé el resplandor azul del reloj en la mesita de noche. Faltaba poco para las cuatro de la madrugada. La respiración de Cabrera se había calmado y no se había movido desde que terminamos a la vez. Me despegué de él y recogí mi ropa. En cinco minutos estaba fuera.