CAPÍTULO SESENTA Y UNO
Me desperté con un suave murmullo. Mi pequeña estaba sentada en la cama junto a mí, trenzándome el pelo. Cuando vio que la miraba, contuvo el aliento y se agitó de emoción.
—Mami, estás despierta.
—Sí, lo estoy.
Seguía tumbada boca abajo, con las manos metidas bajo una almohada que me tragaba media cara.
Me estiré lentamente y me di la vuelta quedando boca arriba.
Se me escapó un pequeño chillido antes de terminar un largo bostezo.
El crujido del papel cerca de mi brazo izquierdo me llamó la atención.
Tanteé bajo el edredón hasta sacar un puñado de envoltorios de caramelos.
Lucy había encontrado mi reserva secreta de bombones Ghirardelli.
—¿Qué hora es? —pregunté.
—Son las en punto de la «fertarde».
Lucy quería decir que era tarde, lo que significaba que me había quedado dormida. La escasa luz que entraba por la ventana también era un buen indicador. Cogí el móvil de la mesita de noche. El reloj marcaba las 17:18. Vaya. También tenía un mensaje de Cabrera. Quería cenar más tarde. ¿Mmm?
Me incorporé apoyándome en los codos y miré alrededor de la habitación. Tenía la cabeza y el cuerpo descansados, y no sentía ningún dolor en la mandíbula.
—Ya he terminado, mami. Estás muy guapa.
Levanté la mano y me toqué el pelo. Lucy me lo había trenzado formando un moño.
—Gracias, cariño. ¿Dónde está Po Po?
—Po Po está viendo la tele abajo.
Saqué las piernas de la cama.
—Venga, vamos a verla.
Po Po estaba sentada en el sillón reclinable, pero no estaba viendo la tele. La familia que duerme la siesta junta permanece unida. El resplandor del televisor había empezado a adueñarse de la habitación, así que encendí una lámpara de pie y carraspeé.
Pasó un momento antes de que abriera los ojos.
—Oh, ya estás despierta. Estoy viendo mis programas.
Se incorporó del sillón con esfuerzo.
—Voy a preparar la cena. Haré verduras salteadas con ternera en salsa de ostras.
Estaba a punto de decir que sonaba genial, porque así era, pero entonces recordé el mensaje de Cabrera. Pronto volvería a Bogotá.
—Puede que tenga que dejarlo para otro día.
Salí al porche y llamé a Cabrera.
—Hola, ¿cómo estás? —Su voz sonaba alegre.
—Estoy bien. He dormido la siesta toda la tarde.
—Sí, yo también eché una cabezadita. Entonces, ¿te apetece cenar?
Acordamos una hora y un lugar: Fanelli's Deli, cerca de Washington Square. Tienen unas albóndigas y pasta para llevar estupendas. Le dije que podíamos cenar al aire libre en el parque. Hacía buen tiempo y el sol no se ponía hasta casi las nueve.
Cuando volví a entrar, Lucy se había apoderado del televisor y Po Po estaba en la cocina. Asomé la cabeza.
—Voy a cenar con un amigo esta noche, pero mañana me como las sobras seguro.
La pequeña mujer dejó de cortar verduras y me lanzó una mirada familiar.
—No me lo digas a mí. Díselo a tu hija.
—Es solo una cena. Volveré en un par de horas.
—Ella te echa de menos. Estás en casa, pero no estás en casa.
Ay, eso dolió. ¿Cómo se atrevía a hacerme sentir culpable? Ya me sentía mal por haber estado fuera de la ciudad. Por supuesto que quiero pasar tiempo con mi hija, pero ¿acaso no tengo derecho a tener vida propia? ¿No merezco algo de tiempo para mí?
—Vale. Cancelaré.
—No he dicho que canceles.
—Entonces, ¿qué me estás diciendo?
Se detuvo de nuevo. Esta vez dejó el gran cuchillo de carnicero y se volvió para mirarme. Siempre había admirado cómo una mujer de su edad podía manejar con tanta facilidad un instrumento tan grande. Ladeó la cabeza y se limpió las manos en el delantal.
—¿Qué harías si yo no estuviera aquí?
¿Acaba de decir que me aprovecho de ella?
—Mira, aprecio todo lo que haces. Hay veces que estaría perdida si no estuvieras aquí, y te estoy muy agradecida por...
—¡Abby!
Levantó la mano.
—Sé que lo intentas. Sé que quieres a estos dos niños más que a nada en el mundo. Pero tú eres su madre. Yo no.
Pensé en lo que había dicho. Quizá lo había entendido todo mal.
Quizá realmente no había ninguna competencia entre Po Po y yo sobre quién era mejor madre para los niños.
Quizá yo no era tan buena como creía, y ella estaba interviniendo para llenar los huecos.
Justo lo que no quería oír. Pero tenía razón.
Yo era su madre, y si quería seguir siéndolo, necesitaba serlo las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, no solo cuando me convenía.
Odiaba tener que admitir que había veces en que sí me aprovechaba de Po Po.
De repente me sentí como la mujer más egoísta del mundo.
Había confundido la actitud maternal de Po Po con una señal de competencia, cuando en realidad era una señal de que yo no estaba haciendo lo suficiente.
Estaba tan atrapada en mis propias inseguridades que no había logrado ver lo que realmente estaba pasando.
Sonreí a la frágil mujer de párpados caídos.
—Tienes razón. Lo siento, yo...
Una vez más levantó la mano.
—No te disculpes. Haz lo correcto.
Aquí había una mujer que tenía más experiencia maternal en el dedo meñique que yo en total, y yo había elegido ignorarla desde el principio.
Mi tendencia a pensar que triunfaría como supermamá simplemente porque triunfaba en mi carrera era de lo más arrogante.
Me acerqué a Po Po y le di un abrazo. Me gusta pensar que fue nuestro primer gran avance.
Más tarde, sorprendí a Cabrera con la pequeña Lucy a cuestas. Él se lo tomó con calma y se alegró de conocerla, aunque a ella le costó mucho entender su apellido. No paraba de decir «Crab Bra». A él le encantó y la animaba a seguir.
Compramos la cena en el delicatessen y, mientras estábamos allí, le presenté a Cabrera los perros del barrio: Sala, Fino y Sata.
Después nos acomodamos en una manta en el parque.
Teníamos una vista perfecta de la iglesia de San Pedro y San Pablo, con una preciosa puesta de sol de fondo.
La zona de North Beach siempre estaba animada por la noche, y el parque se llenaba de familias y parejas que disfrutaban de los atardeceres pausados.
A lo largo de Columbus Avenue, los restaurantes rebosaban de comensales hambrientos.
Yo prefería mil veces cenar en el parque que en una terraza.
Nos atiborramos de espaguetis con albóndigas, un poco de antipasto y mozzarella fresca con albahaca picada y un chorrito de aceite de oliva. Una botella de tinto nos ayudó a bajar todo aquello. Lucy optó por lo de siempre: lasaña con queso y zumo de uva.
Después de cenar, la dejé jugar con unos niños que había por allí mientras Cabrera y yo disfrutábamos de nuestra mutua compañía.
—Así que supongo que pronto volverás a casa, ¿no?
Me sonrió.
—Demasiado pronto, pero sigo pensando en volver a vivir a Estados Unidos.
Reconozco que fue reconfortante oírle decir eso otra vez.
Ya se sabe cómo son los hombres: dicen de todo.
Ya me había conquistado, y él lo sabía; no tenía por qué seguir insistiendo si de verdad no pensaba hacerlo.
Cerró los ojos e inspiró hondo. Me quedé contemplando cómo se elevaba su amplio pecho.
—Había olvidado lo agradable que es esto. Es tranquilo. Idílico.
Observó a Lucy jugar un rato antes de volverse hacia mí.
Apoyé la cabeza en su hombro. Juntos, la observamos correr de un lado a otro. Parecía que Lucy le caía bien de verdad. Otra casilla marcada. Sé que parece una locura pensar tan a largo plazo, pero hay que hacerlo. Una mujer soltera con dos hijos: o nos aceptas a todos o nada.
—Supongo que nunca lo sabremos, ¿verdad?
Miré a Cabrera, todavía evaluando en mi interior su capacidad para ser un buen padre.
—¿Eh?
—El ingrediente que falta para la droga. ¿No tienes curiosidad? Yo desde luego que sí.
—Que lo sepa o no, no cambiará nada. Es como tener los códigos para lanzar un ataque nuclear pero no saber dónde están los controles. Es irrelevante.
—Me encantaría saberlo.
—¿Por qué? No es como si hubiera inventado la cura del cáncer.
—Inventó algo.
—Me preocupa más cuáles son los planes de Elan.
Cabrera me miró.
—¿A qué te refieres?
—Él y su hermano se propusieron encontrar la manera de mejorar la raza humana. Así surgió esta droga. Es como un híbrido monstruoso entre lo que quería Zapata y lo que querían ellos. Podría seguir trabajando en ella, perfeccionándola hasta hacerla segura, y beneficiar de verdad a la gente.
—¿Qué tiene eso de malo?
—Nada. Es el otro resultado lo que me preocupa: que continúe por el camino que Zapata había previsto.
—¿Elan metido en el mundo de las drogas y las bandas? No, no lo veo.
—Piénsalo. Asesinaron a su esposa y a su hermano, las dos personas que más le importaban en el mundo. Está solo en este país. ¿No se te ha ocurrido que podría querer vengarse?
Cabrera se echó hacia atrás, sorprendido.
—¿Crees que podría perder la cabeza?
—No quiero arriesgarme.
Le conté la conversación que había tenido con Reilly ese mismo día.
—Creo que Elan podría ser un riesgo por la información que posee. Si vamos a permitir que este hombre se quede en Estados Unidos, hay que vigilarlo. Si ocurriera algo terrible, el FBI tendría que rendir cuentas.
«Y no quiero cargar con esa responsabilidad».
Cabrera se mordió el labio inferior un momento. Empezó a asentir cada vez más rápido antes de responder.
—Tiene todo el sentido. ¿Quién sabe lo estable que está?
—Exacto.