Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE
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CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE

Por segunda vez en una noche, el teléfono me arrancó de mi sueño reparador. Mi mano fue tanteando por la mesita de noche hasta dar con la forma familiar. Un vistazo rápido a la pantalla: era Reilly otra vez. Poco más de las seis de la mañana, aunque no lo parecía.

—Kane al habla —respondí con la voz más despejada que pude fingir.

—Perdona por despertarte, Abby, pero tenemos un soplo sobre el paradero de Zapata.

Oír ese nombre me espabiló de golpe.

—¿Cómo?

—El Departamento de Policía de San Francisco pilló a uno de los tipos que atacaron a la banda anoche.

Hicieron falta ocho agentes para reducirlo, y aun así mandó a uno al hospital.

El caso es que en el interrogatorio soltó lo de unas instalaciones en el sur de San Francisco. Creemos que Zapata se esconde allí.

—¿Dónde está ese tipo ahora?

—Lo han trasladado al módulo de alta seguridad de San Quintín. Mira, quiero que tú y Cabrera participéis en la redada. Si Zapata está allí, quiero que el FBI se encargue de los interrogatorios, no la policía local.

—Entendido. Contactaré con Cabrera.

—Ah, y Abby, lleva al científico. Quiero una confirmación visual lo antes posible.

Llamé a Cabrera y quedamos en vernos en su hotel. Desde allí, los tres iríamos a la comisaría de la policía del sur de San Francisco, que tenía jurisdicción sobre la zona donde supuestamente estaban las instalaciones.

Luego me metí quince minutos bajo la ducha caliente para quitarme de encima los últimos restos de sueño.

Antes de salir, me asomé a ver a la pequeña Lucy, que seguía dormida como un tronco.

No tenía que levantarse hasta más tarde para su campamento de verano.

Era solo media jornada, tres veces por semana, y así Po Po descansaba de cuidarla mientras yo trabajaba.

Le di a Lucy un abrazo y un beso rápidos, y ella respondió con un murmullo y hundió la cara en la almohada.

Abajo, Po Po ya había empezado con su ritual matutino de tortitas.

Desde que nos mudamos a Estados Unidos, se había vuelto adicta al Bisquick y siempre hacía muchas más de las que podíamos comer.

También era un poco pronto para ponerse a cocinar, ya que Lucy no se levantaría hasta dentro de media hora como mínimo, pero yo conocía la verdadera razón: así se aseguraba de ser ella quien preparara el desayuno, y no yo.

Y la batalla por ver quién es mejor madre continúa.

Da igual. Las cosas volverán a la normalidad en cuanto cierre esta investigación.

Cogí una tortita pequeña de arándanos y me la metí en la boca.

—Veo que ya has hecho suficiente para alimentar a dos familias.

—Siéntate y come —dijo.

—No puedo —logré decir entre bocados—. Tengo un asunto.

—Sí, sí. Siempre algo.

—Es mi trabajo.

Llené unas cuantas bolsitas de plástico con las tortitas y las metí en el bolso antes de salir. No iba a dejar que se echaran a perder.

Sonreí al agente apostado en la puerta de Elan y le di una bolsita de tortitas calientes junto con un café pequeño que había comprado en la recepción.

—No hay sirope, pero los arándanos lo compensan.

—Gracias, agente.

—De nada. ¿Está despierto? —Indiqué la puerta con un gesto.

—Creo que sí. He oído algo de movimiento.

Unos segundos después de llamar, Elan abrió la puerta.

—Agente Kane, me alegro de verla.

Tenía el pelo revuelto y todavía llevaba la ropa de dormir.

—¿Puedo pasar?

—Sí, sí, por supuesto.

Le di un café y una bolsita.

—Tu desayuno. Venga, come.

Sonrió y asintió agradecido antes de dar un sorbo al café.

—¿Qué novedades hay? —preguntó entre bocados—. Me siento muy aislado aquí, sin saber qué pasa.

—Tenemos una pista sobre el paradero de Zapata. El Departamento de Policía de San Francisco está montando un equipo táctico y vamos a entrar en cuanto podamos. Quiero que vengas para identificarlo visualmente. Es importante confirmar que es él para poder interrogarlo de inmediato.

Elan dejó de masticar y asintió lentamente mientras miraba hacia otro lado.

—No te preocupes, Elan. Te protegeremos. Estarás a salvo.

Volvió a mirarme.

—Espero que tengas razón.