Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO

Mostré mi placa a los dos jóvenes uniformados que controlaban el acceso y pasé sin problemas. Unos segundos después, oí mi nombre y vi a Reilly haciéndome señas.

—Gracias por llegar tan rápido.

—Es mi trabajo. ¿Qué ha pasado aquí?

—Una masacre. Hemos contado veinte muertos. Cinco heridos, dos en estado crítico.

Ese número me provocó un escalofrío.

—¿Cómo?

—Sígueme, hay algo que quiero que veas.

Seguí el paso de Reilly mientras subíamos las escaleras de la vieja casa victoriana.

El intenso olor a hierro me golpeó en las fosas nasales mientras caminaba de puntillas sorteando charcos de sangre que empezaba a coagularse.

Los de la científica no habían terminado su trabajo, así que los cuerpos aún yacían donde habían caído.

Conté seis antes de cruzar la puerta principal.

Una vez dentro, Reilly torció de inmediato a la derecha hacia un salón con un gran ventanal que daba a la calle.

—Ahí —dijo señalando un cuerpo en el suelo—. Échale un vistazo.

Me arrodillé y aparté la sábana.

—Me resulta familiar.

—Es uno de los hombres del atraco al banco.

—Eso es —dije chasqueando los dedos.

—Primero un banco. Ahora una pandilla. ¿Cuál es el motivo de Zapata?

Me puse de pie y me sacudí las manos por costumbre.

—Parece que está poniendo a prueba de qué es capaz su pandilla de mutantes.

—Son una fuerza formidable.

Me giré hacia la voz familiar y vi a Cabrera bajando las escaleras.

—Aquello de arriba es un matadero —dijo señalando con la cabeza.

—¿Hay otros que deba ver? —pregunté.

—No, solo ese. Si el mismo grupo de hombres atacó a esta pandilla, bueno, estamos hablando de diez o quince contra veinticinco pandilleros curtidos. Perder solo a uno es un resultado excelente.

—Es una proporción espeluznante —añadí—. ¿Tenemos identificación?

Reilly negó con la cabeza.

—Todavía no, pero estamos en ello. Conseguimos algunas coincidencias con el vídeo del banco. Algunos agentes de la comisaría de Tenderloin reconocieron a los hombres del atraco. Están preguntando a sus contactos a ver qué se comenta en la calle.

Miré a mi alrededor, los cuerpos que cubrían el suelo. Aquello no debía de ser muy distinto de un campo de batalla tras una emboscada.

—Según el Departamento de Policía de San Francisco, esta pandilla callejera se llama El Caos y no está afiliada a los de Colombia. La mayoría son hondureños —continuó Reilly.

—¿Por qué una pandilla? —preguntó Cabrera mientras rodeaba un cuerpo—. Puede que no compren al por mayor, pero son una parte importante de la cadena de distribución.

—Lo que yo creo es que Zapata hizo una demostración del MZ-1 para otra pandilla callejera y usó a su enemigo, El Caos , como ejemplo.

—Si es así, es una forma impresionante de captar su atención —dijo Cabrera.

—Pero ¿qué gana Zapata con esto? —preguntó Reilly.

Me giré hacia él.

—Si quieren crear su propio ejército de combatientes, tienen que comprarle la cocaína a él.

—Quiere hacerse con el monopolio.

—Exactamente.