CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO
Más temprano ese día, Vega había llamado a sus lugartenientes y les había ordenado que se prepararan para esa noche.
Dos bandas le impedían apoderarse del barrio de Mission y reclamarlo como territorio propio.
Planeaba aniquilar a una de ellas. Si todo salía según lo previsto, exterminaría a toda la cúpula de la banda, algo que Vega había creído imposible.
Cuando Vega regresó a la guarida de su banda cerca de Hunters' Point, su segundo al mando, Elduardo «Chupa» Jimínez, tenía buenas noticias. Había corrido la voz de que los jefes de El Caos se reunirían esa noche para celebrar el aniversario de la banda.
—Es cierto —confirmó Chupa—. Tenemos ojos cerca del lugar, y nos han dicho que parece que están preparando una fiesta.
—Esta noche atacamos.
—Es hora de acabar con esos pendejos . ¿Cuándo deben reunirse nuestros soldados?
—No son necesarios. No le digas nada a nadie por ahora.
Chupa vio aparecer una sonrisa astuta en el rostro de Vega.
—No entiendo.
—Tú, yo y un arma especial. Es todo lo que hace falta.
Don Vega no dijo nada más a su lugarteniente de confianza, que se quedó preguntándose cómo iban a conseguirlo ellos dos solos.
Dos furgonetas blancas se detuvieron en el lado oeste de Garfield Square Park poco después de medianoche. Al otro lado del paisaje verde estaba Treat Street, la zona cero de la banda El Caos . Justo detrás venía un todoterreno negro con Zapata, Vega y Chupa a bordo.
—Ahí —señaló Chupa—, la casa blanca.
Las luces estaban encendidas y había unos siete hombres holgazaneando en el porche y en las escaleras que llevaban a la puerta principal.
Zapata ordenó a la primera furgoneta que inspeccionara la casa.
Quería saber cuántos miembros de la banda había dentro.
Unos minutos después, la furgoneta regresó y sonó el teléfono de Zapata.
Dentro de la casa había entre veinte y treinta hombres, más los siete de fuera.
En ambas furgonetas iba el grupo de hombres que había atacado el banco: catorce en total, incluido Malcolm.
Zapata se había negado a reclutar más cuando Vega se lo pidió, sobre todo porque él no recibía órdenes de nadie, pero también porque quería ver cómo se las arreglaban contra pandilleros armados.
Si tenían éxito, sabía que podría distribuir MZ-1 a bandas de todo Estados Unidos a cambio de su negocio de cocaína.
Si todo salía según lo planeado, tendría el monopolio del narcotráfico.
Y quizá podría librarse de su jefe. Si no, al menos sería entretenido.
Zapata bajó de su vehículo y se acercó a la segunda furgoneta. La puerta lateral se abrió y Malcolm salió.
—¿Estás listo para demostrarles a estos hombres de lo que eres capaz?
—Espero que hayas organizado un desafío que merezca la pena.
Malcolm se volvió para preparar a sus hombres.
En cuestión de segundos, el grupo echó a andar y cruzó el parque mal iluminado.
Como sombras, se deslizaron entre árboles y bancos mientras avanzaban hacia la casa.
Los hombres del porche no sospechaban nada mientras empinaban botellas de cerveza de cuarenta onzas.
Uno regordete se levantó y apuró su botella.
Se giró hacia la acera y apuntó al cubo de basura junto a la escalera para tirarla cuando de la oscuridad surgió un hombre sin camisa que se movía a una velocidad increíble.
A grandes zancadas subió los escalones. Antes de que el desconcertado pandillero pudiera ni jadear, el hombre ya estaba encima de él: lo derribó y le estrelló la cabeza contra la barandilla de cemento.
El golpe seco resonó en las tripas de los demás.
Se volvieron justo a tiempo para enfrentarse a sus propios atacantes.
Malcolm se incorporó mientras un charco de sangre se formaba bajo la cabeza del joven.
Con la mirada fija en la puerta principal, esbozó una sonrisa perversa y echó a correr.