CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES
Apenas había puesto un pie en nuestra casa victoriana cuando Lucy se lanzó hacia mí. Tenía las dos manos extendidas mientras chillaba:
—¡Mamiiii!
Al aterrizar el avión, había llamado a Po Po para avisarle de que estaba en suelo estadounidense, pero que tenía que pasar por la oficina antes de ir a casa.
Sabía que se lo contaría a Lucy. No me importaba.
En el mundo de Lucy, los días se confundían unos con otros.
En realidad no sabía cuánto tiempo había estado fuera, solo que no estaba.
Me arrodillé con los brazos abiertos y esperé a Lucy, que no pudo frenar del todo antes del impacto.
Se estrelló contra mí y casi me tira al suelo.
Pero qué bien se sentía tenerla en mis brazos.
Ni siquiera me importó que gritara «¡Mami, mami, mami, estás en casa !
» a todo pulmón, dejándome temporalmente sorda del oído izquierdo.
La cubrí de besos rápidos por toda la cara, lo que desató las risitas.
Me rogó que parara, pero seguí dándole besitos hasta que caímos al suelo, las dos sin aliento y muertas de risa.
—Me alegro de que estés en casa.
Levanté la vista y vi a Po Po allí plantada, con un paño de cocina en una mano y un cucharón en la otra. Recogió mi maleta, la apartó de la entrada y cerró la puerta.
—Hola, Po Po. Qué bien estar en casa. ¿Todo bien por aquí?
—Todo bien. Sin problemas. ¿Tienes hambre? He hecho jok .
Luego se dio la vuelta y se fue a la cocina.
Me quedé tumbada boca arriba mientras la pequeña Lucy se sentaba encima de mí y me jugueteaba con el pelo.
Me había estado bombardeando a preguntas, sin esperar realmente respuesta a ninguna.
Intenté contestar solo las que no desembocarían en una cadena de porqués.
Qué equivocada estaba al pensar que lo conseguiría.
Lucy me siguió a la cocina, con la curiosidad a cuestas, y se sentó en la silla de al lado.
Po Po me puso delante un cuenco de gachas de arroz.
No me había dado cuenta del hambre que tenía hasta que el olor familiar me llegó a la nariz.
Mi madre solía preparar una olla de jok cada domingo, y para el martes siempre se había acabado.
Su versión llevaba cáscaras de naranja secas para darle ese toque cítrico que yo nunca conseguía saborear, pero vaya si odiaba morderlas.
¡Puaj! Por suerte, mi suegra no seguía la misma receta.
Me puse a comer y, entre bocado y bocado, fui respondiendo a las preguntas de Lucy.
—Tengo más fotos para ti, Lucy. Ve a buscar el bolso de mami.
Volvió con mi bolso, saqué el móvil y se lo di.
Se puso a soltar «ooh» tras «ooh» con las otras fotos de la selva que había sacado.
Luego saqué una pulsera que una de las mujeres del pueblo me había hecho para la ceremonia y se la di a Lucy.
Su «ooh» se convirtió en un «¡guau!» mientras se la lucía en la muñeca para Po Po y para mí.
—¿Ryan se molestó porque no estuve aquí cuando se fue al campamento? —pregunté mientras soplaba una cucharada de gachas antes de metérmela en la boca.
Po Po desestimó la idea con un gesto.
—Estaba bien. Estaba emocionadísimo por ir.
Me lo imaginaba, pero no podía evitar pensar que él llevaba la cuenta de todas las veces que le había fallado.
Por desgracia, ya había pasado una semana y media desde que Ryan se había ido al campamento.
Había conseguido que un amigo lo acercara al punto de recogida del autobús cerca del Muelle 39.
Yo debería haber estado allí despidiéndome junto con todos los demás padres.
Lo había apuntado a un programa de tres semanas, así que sabía que volvería pronto.
Por el lado bueno, había llegado a casa justo a tiempo para asistir al Día de la Familia en el campamento, que era al día siguiente.
Era la única ocasión en que se permitía a padres y hermanos ir de visita.
Aunque estaba agotada, nada me impediría hacer ese viaje, ni siquiera el FBI. Podían vivir sin mí un día.
Esa tarde, Lucy y yo nos entretuvimos haciendo wontons y gau gee desde cero, algo que me había encantado hacer con mi madre cuando era pequeña.
Lucy se había convertido en toda una experta doblando la masa de wonton.
Mi plan era madrugar y freírlos antes de salir.
Po Po estaba ocupada preparando sus fideos especiales de la casa.
El campamento animaba a los padres a llevar un picnic el día de la visita.
Estábamos preparando las comidas favoritas de Ryan: fideos y dim sum.
También teníamos en marcha har gow, siu mai, costillas, alitas picantes y pot stickers.
Además, pensábamos pasar por Chinatown a recoger unos char siu bao antes de irnos.
Ya sabes cómo es cuando llevas tiempo sin ver a tu hijo.
De alguna manera, te convences de que ha estado muriéndose de hambre y de que es tu deber cebarlo para el invierno.
El viaje a Yosemite nos llevó tres horas y media; por suerte, Lucy nos entretuvo cantando durante casi todo el trayecto.
Cantó la primera estrofa de She'll Be Coming 'Round the Mountain y nada más.
Llegamos poco después de las diez de la mañana, al mismo tiempo que la mayoría de las familias.
El aparcamiento era un caos total, pero al final encontramos sitio.
Cuando localizamos a Ryan, descubrimos una faceta suya que no conocíamos.
Tenía una sonrisa permanente en la cara y un bronceado, nada menos.
Nunca lo había visto con color en la piel.
Desde el momento en que nos reunimos, no paró de contarnos todo lo que había hecho y aprendido en el campamento.
Los monitores dieron a las familias una visita guiada por las instalaciones antes de dejarnos libres para el almuerzo.
Nos dijeron que nos reuniéramos en el escenario al aire libre a las 2:00 p.
m., donde habría una actuación de una hora con todos los niños.
El resto del día, hasta las cinco, era tiempo libre.
Durante el almuerzo, tuve que recordarle a Ryan que comiera.
Estaba tan absorto en su relato, tan empeñado en no dejarse nada, que se olvidaba de meterse comida en la boca.
Jamás le había visto tanto entusiasmo por nada.
Me alegré mucho por él. Cuando pareció que iba a tomarse un respiro para terminar unas alitas, intervine.
—¿Recuerdas esto?
Saqué un collar del bolso y se lo mostré.
Se le abrieron los ojos como platos.
—¡Ah, sí! Esto lo hicieron los cazadores, ¿verdad?
—Sí. Es un diente de caimán negro.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Es un tipo de cocodrilo.
—¡No puede ser! Gracias, Abby —dijo, y me echó los brazos al cuello.
Luego se colgó el collar y sacó pecho con orgullo. Toda la familia le aplaudió.
—Pareces uno de ellos —dije.
Después de comer, me sentía hinchada como una ballena, aunque mi paladar me agradecía el maravilloso festín.
Vimos la actuación de Ryan: recrearon la expedición de Lewis y Clark.
Luego pasamos el resto de la tarde junto al lago y conocimos a algunos de los nuevos amigos de Ryan antes de subirnos al coche para volver a la ciudad.
Le dije a Ryan que lo recogería en el punto de recogida junto al muelle en una semana y media.
Nos despedimos y nos acomodamos para el viaje de vuelta a casa.
Lucy se quedó dormida en el asiento trasero a mitad de canción unos quince minutos después de salir. Po Po y yo intercambiamos sonrisas de alivio. Ya habíamos oído bastante sobre aquella mujer que venía rodeando la montaña durante las tres horas y media de ida.
Cuando aparqué frente a nuestra casa, Lucy seguía dormida, silbando por la nariz tapada.
Po Po había estado cabeceando durante la última hora, pero hizo todo lo posible por mantenerse despierta y hacerme compañía.
Se lo agradecí. Ya había pasado la hora de dormir de las dos.
A mí también se me cerraban los ojos, y no aguanté mucho más después de acostar a Lucy.
Me parecieron minutos, pero habían pasado horas cuando mi móvil sonó y arruinó mi cita con Morfeo. En la pantalla vi que era Reilly.
—Abby Kane al habla.
—Abby, Elan Ortega tenía razón.
—¿De qué estás hablando?
—Ha empeorado.