CAPÍTULO CINCUENTA
Eran las diez y media de la mañana cuando las dos furgonetas blancas aparcaron en Eddy Street, entre Mason y Taylor.
El barrio era conocido como el Tenderloin, las cincuenta manzanas en las tierras bajas de la ladera sur de Nob Hill, entre Union Square y el Civic Center.
Había sido un barrio rojo desde sus orígenes y, a lo largo de los años, había albergado de todo, desde burdeles hasta bares clandestinos, e incluso el primer barrio gay de la ciudad.
Su resistencia a la gentrificación solo alimentaba su reputación de zona poco recomendable.
La mayoría de los edificios de alrededor eran viejos, ratoneras baratas y peligrosas que se alquilaban a inmigrantes recién llegados o se usaban como hoteles por horas.
Aquella mañana, todo transcurría con normalidad.
Había algunos indigentes deambulando por las calles, pero la mayoría de los inquilinos seguían encerrados en sus hoteles infestados de cucarachas.
El barrio no cobraba vida hasta primera hora de la tarde, cuando una multitud de camellos y prostitutas salían a hacer sus trapicheos hasta bien entrada la noche.
Aproximadamente una manzana y media al sur por Eddy, la calle terminaba en Hallidie Plaza, donde había un Bank of America.
Zapata iba en el asiento del copiloto de la primera furgoneta, observando la zona. Las condiciones eran perfectas. Poco tráfico y una capa de niebla mantenían todo tranquilo y en penumbra. Se volvió y cruzó la mirada con Malcolm.
—¿Estás listo?
Malcolm asintió y abrió la puerta lateral. El olor a orina rancia inundó el vehículo. Él y sus hombres bajaron.
—Esperad aquí —ordenó Malcolm, y fue hacia la segunda furgoneta para hacer salir al resto de su equipo.
Aquella mañana, en las instalaciones, a Malcolm le habían asignado la tarea de informar a los hombres sobre su misión.
No tardó mucho en ganarse el respeto de los demás.
En cuanto los metieron a todos en una gran sala de contención, mató de inmediato al más corpulento.
Como un nuevo aspirante al liderazgo de una manada de leones, él era el macho alfa. Los demás obedecerían sus órdenes.
Los catorce hombres lo siguieron, ignorando a un grupo de chavales de la calle que agitaban vasos pidiendo calderilla y al camello madrugador que ofrecía su mercancía.
Avanzaron por la acera casi sin llamar la atención, rodeando coches y esquivando carritos de la compra.
El grupo cruzó un cruce sin prestar atención al tráfico, y casi los atropellan.
En cuestión de segundos llegaron a Hallidie Plaza.
En cuanto Malcolm divisó el banco, se dirigió directo a la puerta principal con sus intrépidos seguidores pisándole los talones.
El guardia de seguridad del banco se había girado hacia la puerta justo a tiempo para ver lo que parecía una manada de locos abalanzándose sobre el edificio.
Antes de que pudiera pedir ayuda por radio, Malcolm embistió la puerta principal y la abrió de par en par.
Clavó la mirada en el guardia paralizado, que aún sostenía la radio en la mano, y fue directo hacia él con el puño derecho por delante.
Le asestó un golpe en el lado derecho de la cara, y siguió golpeándolo varias veces hasta dejarlo inconsciente en el suelo.
Le había aplastado el pómulo y destrozado la cuenca del ojo.
Malcolm ordenó a sus hombres que llenaran las bolsas con el dinero de las cajas mientras él iba en busca de la cámara acorazada.
Descubrió que ya estaba abierta, y un hombre trajeado acababa de salir, ajeno a lo que ocurría en el vestíbulo.
Malcolm lo derribó y empezó a machacarlo a puñetazos en el suelo.
Una lluvia de golpes le destrozó la cara hasta dejarla irreconocible.
Malcolm se dirigió a la cámara acorazada.
Silbó, y en cuestión de segundos el resto de los hombres entraron detrás de él y llenaron las bolsas.
Parecía no importarles el control de seguridad.
Todos los clientes y empleados del banco habían salido corriendo y gritando.
Las alarmas se habían disparado y varios móviles habían marcado el 911.
Al cabo de unos segundos, Malcolm hizo parar a sus hombres y les ordenó retirarse.
Al salir del banco, Malcolm hizo un recuento y se dio cuenta de que faltaba uno de sus hombres.
Volvió a entrar y lo encontró detrás del mostrador de los cajeros.
El cuerpo sobre el que estaba sentado a horcajadas se había convertido en su saco de boxeo personal.
Cada golpe producía una salpicadura de rojo, como un niño chapoteando en charcos.
Golpe tras golpe, todos a la misma velocidad y fuerza. Tan metódico. Tan mecánico.
Malcolm apartó a su hombre del cuerpo y le dio la vuelta.
Tenía las pupilas completamente dilatadas y le temblaban de un lado a otro.
Una saliva espesa le burbujeaba en las comisuras de la boca.
Puede que estuviera mirando directamente a Malcolm, pero sus ojos estaban vacíos.
En cuestión de segundos, yacía en el suelo con el cuello girado hacia el lado contrario.
Era la anomalía, una mala semilla, y Malcolm se había encargado de él.
Las dos furgonetas blancas se habían desplazado hasta la esquina de la plaza, y sus hombres ya estaban subiendo.
Las sirenas aullaban a lo lejos mientras Malcolm corría hacia la furgoneta con una sonrisa en la cara.