Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE
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CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE

Zapata pasó por cada ventana de observación, estudiando a los hombres para ver cómo reaccionaban a su presencia. Algunos lo ignoraron; otros se lanzaron contra el cristal con la fuerza de un rinoceronte.

—¿Dónde está Malcolm? —preguntó Zapata cuando llegó a la última habitación.

—Sígame —dijo Espinoza—. Malcolm está en una habitación privada, apartado de los demás.

—¿Le pasa algo?

Espinoza se volvió hacia Zapata.

—Está bien, pero exigió una habitación separada de los otros.

—¿Por qué?

—Dijo que está por encima de esos hombres, que no son más que un montón de animales, más músculo que cerebro.

—¿Ah, sí? —Zapata se rascó la barbilla—. Esto se está poniendo interesante.

En el rincón más alejado del edificio, habían convertido una oficina en alojamiento para Malcolm. A través de la ventana de observación, Zapata vio a Malcolm sentado en la cama con la espalda apoyada contra la pared, enfrascado en un libro.

—¿Qué le pasa? ¿Ya le han dado la droga?

—Sí —dijo Espinoza—. Recibió su última dosis al mismo tiempo que los demás.

Zapata se quedó junto a la ventana observando a Malcolm. Nunca había estado tan pasivo bajo los efectos de la droga.

—Esta habitación no está reforzada como las otras. Podría salir de aquí en un abrir y cerrar de ojos.

—Dijo que no lo haría y que deberíamos confiar en él. Hasta ahora, ha cumplido su parte del trato.

Zapata pulsó el botón del intercomunicador.

—¿Malcolm?

Malcolm bajó el libro lo justo para dejar ver sus ojos, que lo miraban fijamente.

—¿Qué quieres?

—Tengo una misión para ti.

Más rápido de lo que nadie habría imaginado, Malcolm saltó de la cama y se plantó frente a la ventana.

—¿Por qué debería ayudarte?

Zapata no apartó la mirada ni mostró la menor emoción. Malcolm no le asustaba. De hecho, le intrigaba. Creía que había algo más que podía motivarlo aparte del MZ-1. El cerebro de Malcolm ansiaba un desafío. Ahora Zapata veía con claridad que Malcolm quería tener el control. Quería poder.

—Te pongo al mando de tu propio ejército de hombres. Demuéstrame que puedes entrenarlos para hacer algo más que destruir muebles.

Malcolm sonrió.