CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
El asesinato de Adrianna Ortega retrasó nuestro regreso a Estados Unidos.
Una lástima, pero necesitaba que mi testigo cooperara, y llevármelo antes de que pudiera darle a su esposa un funeral como es debido...
bueno, eso cabrearía a cualquiera. Pasamos otros cinco días en Bogotá mientras el médico forense realizaba la autopsia; Cabrera nos echó una mano para agilizar los trámites.
Mientras esperábamos los resultados, Elan se encargó de organizar el entierro de su esposa, y yo hice todo lo posible por mantener informado a Reilly, pasándole toda la información disponible para que iniciara la búsqueda de Zapata.
El retrato robot de Zapata, según Elan, era lo suficientemente bueno.
Me daba en la nariz que «lo suficientemente bueno» significaba «se parece un poco a él».
La causa de la muerte fue estrangulación; el cuchillo en el pecho y las mutilaciones eran obra de un enfermo que disfrutaba jugando con sus víctimas después de matarlas.
Sabía que cuanto antes sacara a Elan de Colombia, más seguro estaría. Seguía siendo un blanco fácil. Sospechaba que Zapata había ordenado el asesinato, y era solo cuestión de tiempo antes de que intentaran cargárselo.
Estábamos encerrados en una suite de mi hotel, casi sin salir, dependiendo del servicio de habitaciones para todas las comidas, salvo cuando Cabrera pasaba a vernos. Siempre traía comida. Y su sonrisa.
—No lo entiendo. Ella no era ninguna amenaza. ¿Quién sería capaz de hacerle esto a su propia hermana?
Levanté la vista del portátil.
—Faro Zapata, ¿quién si no?
Elan se echó hacia atrás en el sofá. La televisión estaba encendida, pero no le prestaba atención.
—¿Por qué iba a enviar a El Monstruo?
—¿A qué te refieres?
—El Monstruo mató a mi esposa.
Ladeé la cabeza frunciendo los labios. ¿Por qué me cuesta tanto entenderlo? ¿Está llamando monstruo a Zapata?
—No has oído hablar de él, ¿verdad?
—¿De quién?
—Del hombre al que llamamos El Monstruo. La mayoría de la gente cree que no existe, pero existe.
—¿Quién es?
—Eso es lo que todos quieren saber.
Elan me puso al tanto de todo lo que sabía sobre ese personaje misterioso, incluido el rumor de que Faro Zapata podría trabajar para él.
—¿Me estás diciendo que tu cuñado no es el pez gordo?
—Se rumorea que el señor Zapata es uno de sus hombres de mayor confianza.
—¿Zapata sabe qué pinta tiene ese tal Monstruo?
Elan se encogió de hombros.
—Bueno, si rinde cuentas a El Monstruo, no tiene sentido que le ordene a su jefe que haga el trabajo sucio. ¿Es posible que quien lo hizo firmara con ese nombre para dejar claro que venía de parte de él?
Elan volvió a encogerse de hombros.
Para complicar más las cosas, Gómez había informado de que el gran complejo que Elan había señalado como base de operaciones en Mitú había sido destruido. Encontraron diez cuerpos en el interior, calcinados hasta resultar irreconocibles. Las familias de los trabajadores también habían desaparecido.
—Te lo digo: quiere verme muerto —repitió Elan—. Soy un cabo suelto. Sé lo que se trae entre manos y conozco la fórmula de la droga. Está eliminando a todos los que podrían saber algo.
Tenía razón. Estaba en peligro, y yo dudaba de mi capacidad para mantenerlo con vida en un país donde carecía de los recursos a los que estaba acostumbrada.
Cabrera hizo todo lo posible por movilizar a las fuerzas colombianas con las que colabora la DEA.
Pero el acuerdo de cooperación entre Colombia y Estados Unidos se limitaba al narcotráfico.
Este era un asesinato en el que Estados Unidos no tenía implicación directa.
La investigación era responsabilidad de la policía local.
Aun así, Cabrera consiguió organizar un dispositivo de seguridad en el hotel y transporte armado al aeropuerto para cuando estuviéramos listos. Más allá de eso, estábamos solos.
Tampoco ayudaba tener a Reilly encima, presionándome para que cogiera el próximo avión.
Sabía que le preocupaba perder a su propia agente en aquel embrollo.
Con lo que ya le había contado sobre el traslado de las operaciones de Faro Zapata a San Francisco, Reilly estaba impaciente por vernos en suelo estadounidense cuanto antes.