Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
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CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE

Tras aterrizar en el Aeropuerto Internacional de San Francisco, Zapata subió a una furgoneta blanca y se dirigió a toda prisa hacia South San Francisco, la zona industrial de la ciudad. Su destino era un almacén anodino entre muchos otros: su refugio.

La furgoneta de Zapata se detuvo frente a una verja metálica negra.

Un muro perimetral de casi cuatro metros se extendía desde allí a lo largo de los laterales del edificio, lo que proporcionaba a los ocupantes una gran privacidad.

Un hombre bajó del vehículo y abrió la verja fortificada para que la furgoneta pudiera continuar hasta desaparecer en el interior del almacén.

El almacén era una antigua planta procesadora de alimentos.

En el lateral del edificio aún se veían restos de una pintura: latas de tomates apiladas junto a una cesta de la fruta roja.

Dentro no quedaba ni rastro de maquinaria de enlatado.

Habían vaciado y reformado todo el edificio para adaptarlo a las necesidades de Zapata.

Una mitad se había convertido en un laboratorio completamente funcional, mientras que las salas de observación ocupaban la otra.

Aparecieron varios hombres con batas de laboratorio. Uno se adelantó y saludó a Zapata y a sus hombres.

—Hola. Soy el Dr. Simon Espinoza —dijo, y le tendió la mano.

Zapata la ignoró y siguió observando las instalaciones.

El Dr. Espinoza retiró la mano y continuó con una sonrisa.

—Mi equipo se alegra de tenerlo por fin aquí. Estamos deseando empezar.

—¿Puedo confiar en usted y en su equipo?

—Por supuesto. He reclutado técnicos muy competentes. Pueden realizar cualquier tipo de trabajo que…

—No me refiero a eso —interrumpió Zapata—. Nadie debe saber lo que estamos haciendo. Hay gente que daría cualquier cosa por hacerse con mi producto.

—Por supuesto. Lo entiendo. Todos aquí han firmado acuerdos de confidencialidad; se lo puedo asegurar.

—Tengo algo que añadir. Dígales a sus empleados que si alguno de ellos filtra cualquier información sobre lo que está ocurriendo aquí o intenta pasársela a otra persona, lo mataré personalmente, pero no antes de obligarlo a ver cómo mis hombres torturan a su familia. ¿Está claro?

—No creo que sea necesario…

—¡No me importa lo que usted piense!

El edificio quedó en silencio mientras la voz de Zapata resonaba entre las paredes. Zapata rodeó al doctor como un lobo rodea a su presa.

—Yo estoy al mando, y espero que nadie cuestione mis órdenes.

Zapata se detuvo con el rostro a centímetros del doctor. De sus fosas nasales dilatadas salía un aliento caliente mientras pequeños músculos le palpitaban en la mandíbula. Un gruñido apenas audible brotó de la garganta del general.

El doctor dio un paso atrás y asintió, con el rostro congelado en una expresión amable y los ojos fijos en los de Zapata para no mostrar ninguna falta de respeto.

Segundos después, el rostro de Zapata se relajó y se volvió hacia el grupo de científicos que esperaban sus instrucciones.

—Quiero que todos conozcan a alguien muy especial. Está aquí para ayudarnos con nuestro trabajo.

Zapata extendió el brazo hacia la furgoneta. Una sonrisa le iluminó el rostro cuando se abrió la puerta corredera.

—Este… es Malcolm.