Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

Elan metía pertenencias al azar en una maleta: zapatos, corbatas, una radio despertador, marcos de fotos, artículos de aseo. Sus elecciones no seguían ninguna lógica. Si lo veía, iba a la maleta.

—¡Elan! —repitió su esposa—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué haces esto?

Llevaba veinte minutos hablándole sin obtener respuesta, desde que él había irrumpido en el apartamento, pálido y temblando. Le agarró del brazo con un nudo en el estómago.

—Háblame. Me estás asustando.

—No tenemos tiempo. Tienes que hacer la maleta. Tenemos que irnos. Ahora.

Adrianna rompió a llorar y le agarró el brazo con más fuerza.

—No entiendo. ¿Por qué tenemos que irnos? ¿Qué ha pasado?

Elan respiró hondo. Se soltó del agarre de su esposa y la envolvió en un breve abrazo.

—Escúchame —dijo, apartándose y sujetándola por los hombros—. Julio está muerto. Estamos en peligro. No puedo garantizar nuestra seguridad si nos quedamos.

Ella abrió los ojos de par en par. Negó con la cabeza.

—No…

—Faro lo mandó matar.

—No lo entiendo. ¿Por qué iba a hacer eso?

Elan le explicó lo que había ocurrido en el laboratorio esa mañana. Cuando terminó, su esposa se limitaba a mirarlo fijamente.

—¿Adrianna?

Sus ojos se perdieron más allá de él, con la mirada ausente.

—Adrianna.

Intentó captar su atención de nuevo. Lentamente, la mirada de ella volvió a enfocarse en él. Sus labios se entreabrieron como para hablar, pero no emitió sonido alguno. Elan la abrazó de nuevo, temiendo que su falta de respuesta fuera el preludio de un shock. Se apartó y lo intentó una vez más.

—Adrianna, ¿entiendes lo que te estoy diciendo? —preguntó con dulzura.

—¿Por qué estáis experimentando con personas?

—Soy genetista. Los efectos secundarios de la droga… Aumentaron las capacidades físicas y mentales de los chimpancés. Nosotros…

Buscó las palabras adecuadas.

—Convertimos a un hombre corriente en un atleta superior.

—Lo convertisteis en un asesino.

Elan negó con la cabeza.

—Lo subestimé —dijo a la defensiva—. Pensé que el trabajo que habíamos hecho impresionaría a Faro. Pensé que nos dejaría seguir desarrollándolo. Quiero ayudar a la gente, no crear máquinas de matar.

—O quizá estabas tan cegado por el éxito que preferiste no ver la verdad.

Se quedó paralizado. ¿Tenía razón? ¿Se había obsesionado tanto con su trabajo que había ignorado las señales evidentes?

Todo el peso de lo que él y su hermano habían logrado cayó sobre sus hombros.

De pronto, todo estaba clarísimo. En cuanto Zapata se enteró de los curiosos efectos secundarios de la droga, había perdido cualquier interés en buscar una alternativa a la cocaína.

Le interesaba su trabajo, pero no por las mismas razones.

A Elan se le revolvieron las tripas mientras se doblaba y caía de rodillas. Se le cerró el pecho, impidiéndole respirar. Los ojos se le llenaron de lágrimas de culpa que le corrieron ardientes por el rostro y gotearon sobre el suelo de madera.

Adrianna se agachó y rodeó a su marido con ambos brazos, estrechándolo con fuerza.

—¿Mi hermano tiene acceso a la droga?

Elan alzó la cabeza hasta encontrar la mirada de su esposa y asintió.

—Hay reservas, suficientes para infectar a unos quince o veinte hombres más. Quería que fabricara más, pero conseguí escapar del complejo. Por eso tenemos que irnos. Es solo cuestión de tiempo que sus hombres echen abajo nuestra puerta.

Adrianna le tomó el rostro entre las manos y lo miró a los ojos. Sabía que su marido decía la verdad. Aunque Faro era su hermano, su propia sangre, sabía que era un hombre malvado.