Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
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CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

—Sabe perfectamente que estamos aquí —dijo Julio.

Desde que Zapata y sus guardaespaldas entraron en la sala de observación, Malcolm no había quitado los ojos de encima al exgeneral.

—¿Cuánto falta para que la droga haga efecto? —preguntó Zapata, entornando los ojos mientras observaba al sujeto de prueba.

Elan miró el reloj.

—Ya debería estar haciéndole efecto. Es casi instantáneo si se inyecta. Estamos trabajando en una versión que también se pueda tomar por vía oral.

Zapata empezó a balancearse de un pie a otro mientras resoplaba con fuerza. La cosa no pintaba bien. Malcolm seguía allí tumbado, sin reacción alguna; se limitaba a mirar fijamente a Zapata.

Al límite de su paciencia, Zapata se volvió hacia los Ortega con el rostro crispado en una mueca de tensión.

—¿Qué es esto? —escupió—. Me hacen perder el tiempo, otra vez.

Elan miró por encima del hombro de Zapata, que seguía furioso, y notó una sonrisa en el rostro de Malcolm. Cuando sus miradas se cruzaron, Malcolm soltó una risita.

Fue entonces cuando Elan se dio cuenta de que aquella sonrisa era una mueca burlona.

Malcolm había estado disfrutando de su fracaso.

No podía creerlo. ¿Acaso la débil respuesta a la droga era deliberada, todo un espectáculo?

Todo apuntaba a que sí, pero lo que terminó de convencer a Elan fue la forma en que Malcolm había entornado los ojos y fruncido el ceño.

—Todo esto es una actuación —gritó Elan mientras señalaba hacia la ventana.

Zapata y Julio se dieron la vuelta, siguiendo la dirección que indicaba.

—¿De qué hablas? —preguntó Julio.

Elan miró a su hermano y luego de nuevo a Malcolm. La sonrisa había desaparecido y sus ojos estaban vacíos, inexpresivos.

—Ha... ha sonreído. Te juro que lo ha hecho. Todo esto es un espectáculo.

Zapata agarró a Elan por la camisa y lo estampó contra la pared. Le clavó el puño bajo la barbilla, presionándoselo contra la garganta hasta ahogarlo.

—Estoy harto de estos jueguitos estúpidos.

Julio alargó la mano para apartar el brazo de Zapata, pero uno de los guardaespaldas lo interceptó y lo tiró al suelo.

Acto seguido, el guardia le propinó un par de patadas rápidas en el abdomen con su pesada bota.

Julio quedó tendido en el suelo, indefenso, boqueando, mientras veía cómo Zapata estrangulaba lentamente a su hermano...

hasta que un grito captó la atención de todos.

Zapata se volvió hacia la ventana de observación. El Malcolm que los miraba ahora era otro. Tenía los ojos llenos de determinación y el rostro encendido de rabia. Los labios entreabiertos dejaban ver los dientes en un gruñido. Entonces, con la voz más grave y amenazadora, dijo:

—Suelta. A. Ese. Hombre.

Una sonrisa lenta se dibujó en el rostro de Zapata mientras soltaba a Elan y desviaba la atención hacia él. Encendió el micrófono.

—Veo que has decidido unirte a nosotros.

La respiración de Malcolm, aunque controlada, delataba una ira evidente. Con cada inspiración, el pecho se le hinchaba contra las correas que lo sujetaban a la camilla.

Julio se había recuperado y estaba de nuevo en pie. También él contemplaba hipnotizado la transformación de Malcolm.

—¿Me entiendes? —continuó Zapata.

—Por supuesto que sí —replicó Malcolm con brusquedad—. ¿Crees que soy un niño ignorante?

Temiendo que la insolencia de Malcolm enfureciera a Zapata y acabara con todos ellos, Julio intentó calmar los ánimos.

—Tranquilicémonos. Todos somos amigos aquí.

Los ojos de Malcolm se desplazaron hacia Julio.

—¿Amigos? Perdona. No sabía que los amigos se hacían esto entre ellos —señaló con la mirada las ataduras de su cabeza.

—¿Habéis probado su capacidad física? —preguntó Zapata sin dirigirse a nadie en particular.

—Malcolm es mucho más fuerte —respondió Julio—, pero aún no lo hemos cuantificado del todo.

—¿Cómo te sientes, Malcolm? ¿Estás bien de salud? —preguntó Zapata.

—Me siento como un animal enjaulado atado a esta camilla.

—¿Por qué está atado? —preguntó Zapata a los Ortega.

—Ayer partió una mesa de madera por la mitad —respondió Julio.

—Y le arrancó la cabeza a un chimpancé como si fuera un trozo de papel —añadió Elan—.

A partir de ahí, empezamos a experimentar con su fuerza.

Lo vimos reventar balones de baloncesto como si fueran globos y abrir de un tirón la mandíbula de un caimán.

No hubo nada que no pudiera hacer. Al final nos quedamos sin ideas.

Zapata sopesó un momento lo que los hermanos habían dicho antes de volver a hablar.

—Soltadlo —ordenó.

Los Ortega se lo quedaron mirando un instante. Elan fue el primero en hablar.

—Con el debido respeto, no creo que sea buena idea hacerlo ahora. No hemos probado...

—¡Ahora! —exigió Zapata.

—Pero...

Julio agarró a su hermano por el hombro.

—Elan, haz lo que dice el señor Zapata. Ayer vimos a Malcolm hacer auténticas proezas de fuerza. Es justo que el señor Zapata tenga la oportunidad de ver lo mismo.

—Pero no sabemos si es seguro entrar ahí ahora mismo —dijo Elan.

—La seguridad no es problema —dijo Julio—. Hemos comprobado que Malcolm es capaz de escuchar y entender.

Miró a Elan esperando su aprobación y resopló al ver que no llegaba.

—Mira, yo me encargo.

Julio se dio la vuelta y entró en la habitación.

Elan observó a su hermano desabrochar las correas que sujetaban a Malcolm a la camilla.

Julio tenía que estar nervioso. Era de los que hablan, no de los que actúan.

El temblor en las manos y la dificultad exagerada para soltar las correas eran señales inequívocas, pero Elan dudaba que Zapata, con los ojos como platos, se hubiera dado cuenta siquiera.

Malcolm ignoró por completo la presencia de Julio; en cambio, mantuvo la mirada clavada directamente en Elan, sin vacilar ni un solo instante.

Una por una, las correas fueron cayendo a un lado, liberando primero el brazo izquierdo, luego el derecho, y finalmente ambas piernas.

Solo quedaban las dos que le cruzaban el pecho.

Aun así, Malcolm no se movió, ni siquiera para frotarse las muñecas o estirar las piernas.

Elan no pudo evitar pensar en lo extraño de aquel comportamiento.

Cualquier persona normal se habría frotado las muñecas después de haber estado inmovilizada.

Elan había ajustado las dos últimas correas con fuerza. Cuando Julio soltó la primera hebilla, el cuero salió disparado del pecho de Malcolm y golpeó la camilla con un estruendo metálico. Julio se detuvo un momento y miró a su hermano.

Elan vio el miedo en sus ojos y extendió la mano hacia el botón del altavoz.

—Julio, ya has hecho suficiente. ¿Por qué no sales y dejas que Malcolm se desabroche él mismo la última correa?

El rostro de Julio se iluminó con una sonrisa de alivio. Elan le había ofrecido una salida digna. Los hermanos nunca habían dejado a nadie más en la misma habitación que Malcolm cuando la droga alcanzaba su máximo efecto. Y desde luego, Elan no quería que Julio fuera el primero.

Pero lo que más preocupaba a Elan, lo que le hacía vacilar y le erizaba el vello de los brazos, lo que le impulsaba a dirigirse hacia la puerta para sacar personalmente a su hermano de aquella habitación aunque eso pusiera en peligro su propia vida, era el tono de Malcolm cuando había hablado de Julio esa mañana.

Y entonces, en un instante, Elan vio cómo su peor pesadilla cobraba vida.

Julio Ortega nunca debería haber entrado en aquella habitación.