CAPÍTULO TREINTA Y TRES
Al día siguiente, Elan llegó temprano al laboratorio.
Estaba nervioso y quería prepararse bien para la llegada de Zapata esa tarde.
Todo tenía que salir según lo planeado. A diferencia de su hermano, él sabía de lo que era capaz su jefe y no se fiaba de él.
Zapata era un dictador entre sus propios hombres leales, que inventaba las reglas y las cambiaba a su antojo.
A quienes lo traicionaban los eliminaba de formas dolorosas; se rumoreaba que tenía una mazmorra oculta donde torturaba a los insolentes.
Ni siquiera su cocinero estaba a salvo, o eso decían.
Un día Zapata se quejó de que su sopa estaba insípida. El cocinero la arregló, pero no sin antes soltar unas cuantas palabras que creyó que nadie oiría. Al día siguiente, Zapata lo había hervido vivo y dado de comer a los cerdos.
Solo eso bastaba para que Elan anduviera con pies de plomo, y desde luego no creía que su matrimonio con Adrianna fuera a salvarle el pellejo.
La única ventaja del matrimonio era que hacía posible su relación laboral.
Antes de que apareciera Zapata, los Ortega luchaban por financiar su investigación.
Las subvenciones eran difíciles de conseguir por el tipo de trabajo que los hermanos querían hacer.
Era «éticamente cuestionable», o eso les decían.
Sin embargo, Elan y Julio veían las cosas de otra manera.
Mientras otros se dedicaban a arreglar lo que estaba mal en los humanos, como erradicar el cáncer o descubrir una cura para el sida, los Ortega se centraban en mejorar lo que ya era bueno: aumentar su fuerza e inteligencia.
En esto era donde la comunidad científica discrepaba.
Crear hombres que serían considerados superhéroes no era precisamente ciencia aceptada.
Como necesitaban un trabajo, cualquier trabajo, para poder comer y tener un techo, los Ortega aceptaron trabajar para Zapata.
La tarea encomendada: crear una nueva droga que pudiera venderse en el mercado mundial.
Tenía que ser más barata y producir un mejor efecto que el crack, y ser diez veces más adictiva que la metanfetamina para que Zapata pudiera asegurar una retención del cien por ciento de los clientes.
Fue durante esta investigación cuando descubrieron el MZ-1 y sus curiosos efectos secundarios, que ahora se habían convertido en el centro de atención de Zapata.
—Elan —llamó Julio al entrar en el laboratorio mientras se ponía una bata—, ¿cómo se encuentra Malcolm hoy? ¿Algún cambio en sus capacidades desde ayer?
—Está bien. Tiene buen ánimo, mucha energía, y respondió bien a las pruebas de puzles que le administré esta mañana.
—Maravilloso.
—Los resolvió todos en tiempo récord. Su inteligencia mejorada no ha disminuido del todo, un efecto persistente de la droga, supongo.
Solo el tiempo dirá si su actividad cerebral empieza a revertirse.
Deberíamos plantearnos posponer la siguiente dosis para ver si estos efectos son permanentes o temporales.
—Tonterías. Debemos seguir adelante. Es importante que le demostremos al señor Zapata de lo que somos capaces. Y más importante aún, debemos demostrarle a su jefe que fue buena idea contratarnos.
Elan sabía de quién hablaba su hermano. Rara vez mencionaban su nombre. Se decía que El Monstruo controlaba a Zapata. Era la única persona capaz de dar órdenes al excomandante de las FARC, que por supuesto nunca hablaba de ello en público.
—Julio, me preocupa el repentino interés del señor Zapata en nuestro trabajo. Nos contrataron para crear un nuevo tipo de cocaína. Pero ahora...
—Hermano, te preocupas demasiado. Zapata nos está apoyando.
—Y si tenemos éxito, ¿qué crees que hará un hombre como Zapata con nuestro MZ-1? ¿Ayudar a niños, dárselo a atletas, eh?
—No pienso en ello porque aún no hemos llegado a ese punto —gritó Julio mientras se alejaba.
Elan entró en la sala de observación y ayudó a Malcolm a pasar de la cama a la camilla. Una vez acostado, procedió a atarlo con las correas.
—¿Me va a dar mi medicina ahora? —preguntó Malcolm.
—Sí. Siento tener que atarte.
—Nueve correas en lugar de las dos de la última vez.
—Es una precaución —dijo Elan mientras apretaba las correas.
—¿Por qué le haces caso?
—¿A quién? ¿A Julio? —Elan se encogió de hombros—. Él sabe más.
—A mí no me lo parece. Tú pareces ser el más inteligente.
Elan sonrió.
—¿Qué sabrás tú? Solo eres un crío.
—Sé lo que veo y oigo.
—Intentas ablandarme para pedirme un favor —bromeó Elan.
Pero en el fondo sintió un poco de orgullo; de hecho, él era el más inteligente de los dos.
Pero también era el más callado, el más joven.
Julio era quien ansiaba el protagonismo y, con el tiempo, se había convertido en el representante de facto de ambos. Así eran las cosas, y Elan lo aceptaba.
—Te trata mal —dijo Malcolm—. Como a un niño.
—¿Qué? No sabes de qué hablas.
—Te interrumpe. Te menosprecia. Ignora tus opiniones.
—Yo... yo...
—No deberías tolerar ese comportamiento.
—Te agradezco la preocupación, Malcolm. Centrémonos en lo que tenemos entre manos.
—¿Crees que estoy listo para ser presentado al mundo?
Elan revisó las correas una vez más.
—¿Qué quieres decir?
—No han dedicado ni de lejos el tiempo suficiente a observarme. ¿Y si me vuelvo impredecible?
Elan arrugó la nariz.
—¿A qué viene ese repentino interés en lo que hacemos aquí?
El joven se rio.
—Puede que sea joven, pero no soy estúpido. Me secuestraron para ser su conejillo de indias. ¿Crees que no me preocupa lo que me está pasando?
—¿Estás preocupado?
El hombre apartó la mirada y dejó escapar un hondo suspiro.
—Por supuesto que deberías estarlo, pero dudo que lo estés. Verás, creo que te gusta lo que hemos hecho por tu mente y tu fuerza.
Malcolm seguía sin mirarlo a los ojos. No quería aceptar lo que Elan había dicho. —¿Y por qué me llaman con ese nombre estúpido? —preguntó.
—No se trata de cómo te llamamos. Se trata de lo que hemos hecho por ti. Te hemos dado un regalo. ¿Qué harás con él?
Malcolm volvió la cabeza hacia Elan. —Aquí no hay mucho que me interese.
Elan asintió, dándole la razón. —Veré qué puedo hacer al respecto, pero por ahora necesito que seas un buen participante. Tenemos una reunión muy importante esta mañana...
—El señor Zapata. Sí, os oí hablar de él. Suena interesante. Y tienes razón sobre este regalo que me habéis dado: debería pensar en cómo utilizarlo —dijo, mientras una lenta sonrisa se dibujaba en su rostro.
Elan elevó la cama hasta que Malcolm quedó erguido, aún sujeto por las correas, y colocó un bloque de madera bajo sus pies para sostener su peso. Lo giró de cara a la ventana de observación y preparó las dos jeringas, dejándolas en la mesa junto a él. Solo quedaba esperar a Zapata.