Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

Inhalé profundamente, llenándome de toda la fragante vegetación que me rodeaba.

Mi nariz se impregnó de lo que solo podía describir como un olor húmedo y floral, nada parecido al aroma boscoso al que me había acostumbrado durante mis caminatas por Muir Woods, al otro lado de la bahía, en casa.

Me detuve en un claro donde el dosel se abría y el sol se colaba, iluminándome como a una estrella en un escenario de Broadway.

Cerré los ojos y dejé que fueran mis oídos los que pintaran la escena.

La selva crujía en todas direcciones. Supuse que habría un grupo de pequeñas criaturas traviesas que se preguntaban quién era aquella persona extraña que pisoteaba su patio trasero.

Cada paso que daba las hacía dispersarse.

En lo alto de las copas de los árboles, los graznidos de los loros reverberaban mientras, a lo lejos, un tipo diferente de chillido despertó mi interés y me obligó a entreabrir los ojos para mirar.

Vi una sombra larguirucha que se balanceaba entre las ramas, alejándose de mí.

Llevábamos dos horas en nuestra expedición por la selva y me lo estaba pasando en grande.

—Abby.

Abrí los ojos del todo y vi a Cabrera mirándome. La expresión de su rostro me indicó que había vuelto sobre sus pasos hasta donde yo estaba.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí, estoy disfrutando de la selva.

—Oye, no puedo dejar que te quedes atrás. Por muy bonita que sea, también es muy peligrosa.

Justo entonces, algo pasó volando sobre nuestras cabezas, tan cerca que los dos nos agachamos. A unos metros de nosotros, aferrado al tronco de un árbol, había un curioso animalillo del tamaño de un gato.

—Un mono —susurré—. Qué mono es.

Su cabeza se sacudía de izquierda a derecha mientras subía y bajaba por el tronco, inspeccionando.

Sentía tanta curiosidad por nosotros como nosotros por él.

Saqué el móvil del bolsillo con la esperanza de hacerle una foto para enviársela a Lucy.

Tenía muchas ganas de enseñarle el zoo tan guay que estaba visitando mamá.

Había sacado fotos de flores bonitas, árboles altos y algunos insectos y mariposas, pero este era el primer primate que me encontraba.

Levanté el móvil, hice zoom y disparé. Perfecta.

Había captado al pequeño curioso mirándome de frente.

Tenía los ojos oscuros y una barba roja.

El pelo blanco le cubría casi toda la cara excepto la parte superior, que era de un marrón grisáceo.

Parecía anciano, pero sus movimientos bruscos sugerían lo contrario.

—Si no me equivoco, ese es un mono tití —susurró Cabrera—. Son bastante territoriales, pero como no oigo ni veo a ningún otro, este debe de haberse alejado a explorar por su cuenta y nos ha visto.

—¿Viajan en grupo?

—Sí, y pueden armar bastante jaleo si pasas por su zona de descanso.

—Estoy recopilando fotos para mi hija. Intentaré no quedarme muy atrás.

La selva era preciosa y olía de maravilla. Ojalá Lucy y Ryan hubieran podido estar allí para vivirlo.

A partir de ahí, me resigné a sudar y a espantarme de la cara todo lo que zumbaba mientras seguía el ritmo del grupo.

Rapau abría camino con un machete, con el que cortaba enredaderas, maleza y alguna que otra hoja grande.

No paraba de recordarnos que nos ciñéramos exactamente al sendero que iba abriendo.

Las serpientes eran nuestro mayor enemigo y resultaban muy difíciles de detectar. Rapau ya había matado una boa arbórea.

—Les gusta colgarse de las ramas y atacar a las presas que pasan —dijo—. No conviene toparse con una. —Aunque éramos un objetivo demasiado grande, dijo que era mejor no arriesgarse.

Rapau también nos advirtió de que mataríamos cualquier serpiente venenosa que encontráramos, como la cascabel muda.

—Es el deber de los habitantes de la selva. Esa serpiente tiene la mordedura más letal de todas las víboras y es una amenaza para todas las tribus.

—¿Por qué atacan a los humanos? —pregunté.

—En realidad, no lo hacen. La mayoría de los ataques son accidentales porque les gusta merodear por el suelo de la selva para cazar.

—¿Merodear por el suelo de la selva? ¿O sea que podría pisar una sin querer?

—Sí. Por eso os dije que siguierais mis pasos.

—Ya, pero ¿y si una de esas cosas cruza el camino antes de que yo llegue?

No me respondió. No necesité más para pegarme a ellos.

Apagué el móvil. Tanta foto ya me había consumido la mitad de la batería, y me daba en la nariz que en el pueblo no habría enchufes. Mi placer culpable —el solitario antes de dormir— tendría que esperar.

Tardamos cuarenta minutos más en llegar al pueblo por culpa de mis paradas. Para entonces, me mataban los pies y me moría por hacer pis. Lo había aguantado durante la última hora porque no quería ponerme en cuclillas en medio de la selva y que una serpiente me atacara en mis partes.

Rapau nos detuvo bastante antes de que pusiéramos un pie en el terreno despejado del pueblo, pero nos dijo que los lugareños ya nos habían visto y nos estaban observando.

Desde donde yo estaba, parecía lo que me había imaginado: un montón de chozas hechas de hojas y barro con gente seminuda caminando por allí.

—Vosotros dos esperad aquí mientras voy a hablar con los ancianos de la tribu.

«Ay, Dios. Espero que esto no tarde mucho».

—¿Qué te pasa? —oí decir a Cabrera.

Lo miré.

—¿De qué hablas?

—Estás inquieta. ¿Tienes que ir al baño?

«Parece que soy yo hablándole a Lucy antes de subirnos al coche».

—Pfftt. —Lo despaché con un gesto de la mano—. No es para tanto.

—Ahora que lo pienso, no recuerdo que hayas parado a hacer pis en toda la caminata.

Pues sí. Porque yo no tengo un práctico tubito de carne que sacar cuando me apetece. Aunque estaba bastante segura de poder mear en cuclillas sin que me chorreara por el muslo, preferí esperar.

Ignoré a Cabrera y el dolor en el abdomen y observé a Rapau desaparecer en el pueblo.

Unos minutos después oí correr agua. Bueno, más bien como si alguien vertiera agua en un vaso: un chorro largo y persistente.

Me di la vuelta y vi a Cabrera con la cantimplora levantada sobre la cabeza, vertiendo lentamente agua en un vaso de plástico.

«¿Veis lo que tengo que aguantar? Y luego se pregunta por qué paso de sus avances».

Crucé los brazos. —Sé lo que estás haciendo.

Negó con la cabeza, y las arrugas de la frente se le marcaron más. —¿De qué hablas? Me estoy sirviendo un vaso de agua.

—Solo un idiota necesita dos minutos para llenar un vaso pequeño.

Cabrera se relamió después de dar un sorbo. —¿Tienes sed? —preguntó, ofreciéndome la taza.

Antes de darme cuenta, le di un manotazo a su estúpida taza y la mandé volando al otro lado de una planta frondosa.

—¡Oye! Era mi única taza y el último agua que me quedaba —se quejó.

—Qué lástima me das —dije antes de dar grandes tragos de mi cantimplora. Luego me relamí mirándolo.

Antes de que Cabrera pudiera volver a quejarse, ambos oímos a Rapau acercándose. Tenía los labios apretados, sin rastro de su sonrisa habitual. ¿Y ahora qué?

—¿Todo bien? —pregunté.

Negó con la cabeza, pero esperó a estar junto a nosotros para hablar. —Los ancianos nos han rechazado.