CAPÍTULO DIECINUEVE
Por supuesto, lo de la noche anterior me vino a la mente, y mi ánimo cambió ligeramente.
Uf, ¿por qué tengo que tener una memoria tan buena?
No podía creer que de verdad me hubiera acurrucado con él.
Caí en su trampa. Cuerpo cálido, brazo musculoso, un toque de aftershave, voz tranquilizadora.
Tenía el cebo perfecto, y yo fui la tonta que picó.
Bueno, tenía que pasar página. Podía comportarme como una adulta, es decir, no mencionar nada y actuar como si no hubiera pasado.
O podía ponerme muy incómoda y aun así no mencionar nada.
Opté por no ponerme incómoda. Podía con esto .
Seguro que pensó que la tenía en el bote anoche.
Ajá, Abby Kane se apunta un tanto en nuestro juego del gato y el ratón.
Sin embargo, cuando quedé con Cabrera para desayunar rápido en el tugurio de al lado del hotel, me desconcertó un poco su actitud.
Se le daba demasiado bien jugar al juego de aquí-no-ha-pasado-nada, mucho más de lo que esperaba o me hubiera gustado.
Hacía apenas unos días, era el perrito faldero que me seguía a todas partes.
Quizá había malinterpretado completamente a Cabrera.
Quizá solo era un tío majo y no estaba interesado en mí.
De repente me di cuenta de que me irritaba la idea de que pudiera no estar interesado, lo cual, por supuesto, era completamente absurdo.
Allí estaba yo, sentada con mi sonrisa falsa ocultando un mohín, notando cómo me subía la temperatura y con el cerebro a toda máquina mientras analizaba la situación.
Si yo fuera un tío intentando descifrar mis señales, estaría totalmente perdido.
Fue entonces cuando vi lo que realmente estaba pasando.
Me sentí tan tonta. Supe en ese momento lo que tenía que hacer: dejarle claro que podía y debía volver a perseguirme, aunque yo quisiera mantener las cosas en un plano profesional entre nosotros.
Durante nuestra salida de compras, elegí mejores botas de montaña y unos pantalones más largos, bermudas cargo de verdad. Los que llevaba eran «demasiado cortos» según Cabrera. Aunque no eran exactamente unos minishorts, podía entender su preocupación.
—En la selva, todo querrá morderte.
Eso fue todo lo que necesité oír para probarme unos piratas cargo. Más tarde, Cabrera me dio una mochila grande.
—Te he preparado esto. Es todo lo que necesitas. Puedes dejar la bolsa que preparaste tú en el hotel. No vas a necesitar nada de lo que lleva.
—¿Y tú qué sabes? No tienes ni idea de lo que llevo en esta bolsa de lona.
—Confía en mí.
—Oye, que no soy ninguna novata en esto del aire libre. Para que lo sepas, de pequeña fui a un montón de cacerías con mi padre.
—¿Ah, sí? Cuéntame.
—Le gustaba la caza mayor, e íbamos a África a menudo. He abatido búfalos, impalas y más. Incluso fuimos a Alaska a cazar alces. ¿Tú serías capaz de rematar un alce con un cuchillo? Yo sí.
Casi podía ver cómo le daban vueltas los engranajes en la cabeza. Lo había pillado desprevenido con lo del cuchillo.
—Vale, no eres una novata, pero aun así, adentrarse en el Amazonas es otra historia. Los peligros que enfrentaste en tus safaris de ricos no tienen nada que ver con lo que te espera en la selva. Aquí los animales te cazarán a ti, y no habrá ningún Land Rover protegiéndote. Solo digo eso.
Decidí no seguir con esa estúpida discusión. Los dos estábamos sacando pecho, intentando impresionar al otro. Él quería hacer de machote protegiendo a la mujercita indefensa. Vale. ¿Qué más da?
Unos minutos después, apareció Gómez. Había traído a nuestro guía, como había prometido. No me esperaba que quien nos fuera a guiar en la caminata fuese un hombre más cercano a mi estatura que a la de Gómez o Cabrera.
—Llámenme Rapau —dijo con una sonrisa—. Conozco muy bien la zona adonde vamos.
Su piel oscura y su acento eran las únicas pistas de que pertenecía a una tribu indígena. Todo lo demás en él, desde el corte de pelo hasta la ropa, estaba occidentalizado.
—Rapau no es de la tribu que buscáis, pero podrá hacer de intérprete —dijo Gómez, alternando la mirada entre Cabrera y yo—. Ha estado allí muchas veces. No hay de qué preocuparse.
Vi a Rapau alejarse a por sus cosas antes de volverme hacia Gómez.
—¿Sabe lo de la investigación?
—Sí, le he puesto al corriente. Es importante que lo sepa todo si va a tratar con los ancianos de la tribu sin ofenderlos.
—¿Ofenderlos?
—Los pueblos indígenas no son como nosotros. No puedes entrar en su aldea y ponerte a curiosear. De hecho, esa es una buena manera de perder la cabeza.
Me crucé de brazos.
—Sería una pena que eso pasara.
Gómez señaló el bulto que se me marcaba bajo la chaqueta, a la altura de la cadera.
—Asegúrate de llevar el arma siempre oculta.
—Siempre lo hago. Pero, por curiosidad, ¿por qué?
—Hasta que Rapau haga las presentaciones como es debido, os considerarán intrusos en territorio de la tribu. Si ven un arma, lo tomarán como una amenaza.
—¿Y qué pasa si se sienten amenazados? —preguntó Cabrera.
Gómez miró a su amigo.
—Atacarán.