Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO DOCE
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CAPÍTULO DOCE

La gran casa de estilo colonial español se alzaba sobre un acantilado con vistas a un valle verde que conducía a Bogotá.

Las vistas desde el patio trasero eran sencillamente espectaculares.

Era perfecta para recibir invitados, que era exactamente lo que Javier Peña había planeado para aquel festejo que duraría todo el día.

Él y el resto de la familia celebraban el decimoquinto cumpleaños de su hija menor, Rosa.

Era su puesta de largo, su quinceañera .

—Blanca, tráeme la fuente —llamó Javier a su esposa desde la gran parrilla—. El pescado está casi listo.

El pez espada ocupaba una mitad de la parrilla de acero inoxidable; luego lo bañaría con salsa de mango. El churrasco , la falda de res, ocupaba la otra mitad. Javier había asado comida suficiente para veinticinco personas, aunque solo se habían reunido quince.

El orgulloso padre buscó a Rosa con la mirada y enseguida la localizó rodeada de familiares.

Había asumido sin esfuerzo su papel de centro de atención.

Una sonrisa radiante le iluminaba el rostro, y sus grandes ojos marrones centelleaban con luz propia.

Javier recordó las celebraciones de mayoría de edad de sus otras dos hijas.

Ambas se habían convertido en hermosas mujeres de las que podía sentirse orgulloso.

María, la mayor, de veinticuatro años, estaba casada y esperaba su primer hijo.

Ana, la mediana, algo marimacho, estudiaba ingeniería en la universidad.

La familia se reunió en el comedor y tomó asiento a la gran mesa formal.

La comida se extendía de un extremo a otro.

Todas las copas rebosaban del dulce vino tinto que tanto le gustaba al patriarca.

Javier ocupó su lugar en la cabecera y sonrió a sus invitados.

En el otro extremo, frente a él, estaba sentada la igualmente fuerte matriarca y amor de su vida, Eliana Peña.

La había conquistado cuando ella tenía apenas diecisiete años y no había dejado de enamorarla desde entonces.

Ella sonrió mientras lo veía alzar la copa, dispuesto a inaugurar el festín con un brindis por su hija menor. Pero lo que oyeron a continuación no se lo esperaba ninguno.

El crujido agudo de madera al astillarse, seguido de una ráfaga de pasos pesados, captó su atención.

Antes de que Javier pudiera identificar la causa, hombres armados irrumpieron en la habitación.

Uno lo empujó contra el respaldo de la silla.

Su yerno se puso de pie. Antes de que pudiera abrir la boca, la culata de un rifle se estrelló contra su cara y le partió el labio.

—¡Siéntense todos! —gritó el atacante.

María, la hija de Javier, corrió junto a su esposo y le apretó una servilleta de tela contra la boca para contener la hemorragia. El atacante dio un paso hacia la pareja encogida, pero se detuvo cuando Javier habló.

—¿Qué es esto? ¿Quiénes son ustedes? —exigió saber.

El hombre armado se acercó a Javier y le cruzó la cara de un revés.

Javier escupió, apretó la mandíbula y volvió a encararlo. Respiraba agitadamente, con los labios fruncidos y los ojos entornados.

—¿Sabe quién soy? —preguntó con un gruñido sordo.

Su atacante no dijo nada; se limitó a mirarlo fijamente con una leve sonrisa burlona. Antes de que Javier pudiera pronunciar otra palabra, un hombre con un puro entre los dientes entró en el comedor.

—Por supuesto que sabe quién eres. Todos te conocemos, Javier. Y tú nos conoces a nosotros. Lo que no entiendo, y quizá puedas aclararme esto, es por qué, si nos conocemos, no fuimos invitados a tu pequeña reunión.

El cuerpo de Javier se tensó. Esa voz: la conocía. La había oído no una, sino muchas veces por teléfono. Nunca había conocido al hombre que había detrás. Muy pocos lo habían hecho.

Javier negó lentamente con la cabeza al comprender quién había entrado en su casa.

Sintió un peso enorme sobre el pecho. El sudor le resbaló por la cara y se acumuló en los finos pliegues del cuello.

Los brazos le colgaban inertes a los costados y los pies parecían clavados al suelo.

«¿De verdad es él? ¿Por fin me ha honrado con su presencia, o estoy soñando?

». Se preguntó qué habría hecho para merecer una visita de aquel al que todos habían llegado a llamar El Monstruo .

Era, en efecto, un monstruo. Innumerables historias daban fe de lo que aquel hombre había hecho, pero nadie podía probar su existencia, ni siquiera un lugarteniente de alto rango como Javier Peña.

El propio Javier recibía sus órdenes de El Monstruo por teléfono.

Se rumoreaba que los hombres que El Monstruo empleaba como guardias solían ser asesinados cuando dejaban de serle útiles.

Javier sabía que era cierto. Los hombres que estaban allí aquel día, no.

Como nadie trataba con él en persona, nadie podía demostrar que existiera más que como una voz.

Pero si las historias que Javier había oído eran ciertas —que solo los muertos podían identificarlo—, bueno, prefería no pensar en las posibles consecuencias.

Solo le importaba sacar a su familia de la casa sana y salva.

Estaba dispuesto a hacer lo que fuera por protegerlos, aunque le costara la vida.

El Monstruo se acercó a la mesa, hundió los dedos en la fuente de churrasco y sacó un trozo de carne jugosa. Lo sostuvo sobre la boca un instante antes de dejarlo caer, masticándolo con ganas mientras asentía en señal de aprobación.

—Muy bueno. Muy bueno, Javier —dijo, lamiéndose los dedos—. Tierno. En su punto de sazón. Perfecto.

El Monstruo tragó ruidosamente y se relamió. Se acercó a Juan, el marido de María.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó.

María le lanzó una mirada.

—Uno de sus hombres lo atacó. Mi marido no hizo nada para merecerlo.

El Monstruo apartó la servilleta, dejando a la vista un labio amoratado e hinchado.

—Tsk, tsk, tsk. Esto no está bien. Dime, mujer: ¿cuál de mis hombres ha cometido esta atrocidad?

María señaló con la cabeza al hombre de la sonrisa ancha y los dientes caballunos.

—¿Este hombre? —dijo, señalándolo mientras se acercaba.

Ella asintió.

Un segundo después, El Monstruo había desenfundado una pistola y disparado a la cabeza del hombre.

La nuca le estalló y el cuerpo inerte se desplomó en el suelo.

Fragmentos de sesos, sangre, pelo y hueso quedaron pegados a la pared donde había estado.

El disparo fue tan rápido que la sonrisa estúpida aún le quedaba en la cara.

Nadie habló ni se movió. No se oía ni una respiración.

Solo el plop de la masa encefálica al caer al suelo rompió el silencio.

El Monstruo volvió a mirar a María. Una sonrisa le asomó al rostro. Habló con suavidad.

—¿Mejor?

María se quedó paralizada, incapaz de responder. El resto de los invitados mantenían la cabeza gacha, con la vista clavada en los platos para evitar el contacto visual. Javier dirigió la mirada hacia su hija menor.

Rosa temblaba casi imperceptiblemente. El labio inferior le temblaba de vez en cuando. Un velo de lágrimas contenidas le empañaba los ojos. Tenía los brazos pegados a los costados, las manos aferradas a la silla. Javier rezó para que lograra dominar el miedo y no llamara la atención.

Con cada paso que daba alrededor de la mesa, las pesadas botas de El Monstruo arañaban el suelo de madera.

Rosa estaba sentada a tres invitados de distancia, pero él caminaba hacia ella.

Por cómo se movían sus ojos, Javier no sabía si el hombre que aterrorizaba a su familia había reparado en la pequeña. Aún.

Javier había oído todas las historias sobre los gustos particulares de El Monstruo: su apetito por las chicas jóvenes. Rosa bien podría haber sido un filete sangriento arrojado ante una manada de lobos hambrientos.

Con un lado de la chaqueta echado hacia atrás para apoyar la mano en la pistola enfundada, El Monstruo continuó su paso firme alrededor de la mesa. Pisó una tabla suelta que emitió un largo gemido quejumbroso bajo su peso. Se detuvo en seco, justo al lado de la adolescente.

Rosa mantenía la cabeza gacha, con la barbilla casi pegada al pecho mientras el cuerpo le temblaba. Desde lejos, cualquiera pensaría que tenía frío, pero Javier sabía que no. Volvió a rezar para que su hija aguantara.

Justo entonces, una voz tenue pero firme rompió el silencio.

—¿Quiénes son estos hombres, Javier?

Javier apartó bruscamente la mirada de su hija y se volvió hacia su esposa. Le hizo un gesto rápido para que se callara.

Demasiado tarde.

Ya había captado la atención del hombre del puro.

—Usted debe de ser la señora Peña. Javier la ha mencionado en alguna ocasión —dijo, acercándose a ella.

El Monstruo se detuvo a escasos centímetros del respaldo de la silla de Eliana y dio una calada al puro antes de preguntar:

—¿Es cierto? ¿No le has hablado a tu encantadora esposa de mí?

Por supuesto que no. ¿Por qué iba a hacerlo?

Javier no dijo nada y observó cómo su jefe pasaba el dorso de la mano por el cabello de Eliana.

Ella se lo apartó de un manotazo. Él agarró rápidamente un puñado de pelo y le echó la cabeza hacia atrás.

Un jadeo colectivo recorrió la sala: la primera señal de que los presentes eran conscientes de lo que ocurría.

Javier saltó de la silla, pero antes de que pudiera dar un paso, dos manos enormes le cayeron sobre los hombros y lo obligaron a sentarse de nuevo. El frío metal del cañón de una pistola le presionó la sien derecha, y Javier dejó de forcejear.

Observó al hombre para el que había trabajado los últimos siete años acercar la nariz a centímetros del esbelto cuello de su esposa.

—Su perfume es delicioso —dijo, aún con los ojos cerrados.

Le ladeó la cabeza, dejando el cuello expuesto mientras aspiraba hondo.

—Se intensifica. Le está subiendo la temperatura corporal.

Javier vio cómo el hombre abría los ojos y los clavaba directamente en Rosa. El Monstruo soltó el cabello de su esposa y se alisó la chaqueta, sin apartar la mirada de Rosa en ningún momento.

Intentando desviar la atención hacia sí mismo, Javier habló:

—Déjalos ir. No han hecho nada. No saben nada.

—Que los deje ir, me pide —dijo El Monstruo mientras paseaba la mirada por la habitación.

Por cómo alargaba las palabras y gesticulaba con los brazos, cualquiera diría que estaba sobre un escenario, actuando ante el público.

—No creo que estemos impidiendo a nadie marcharse. Son libres de irse.

—Ellos no tienen nada que ver con esto —continuó Javier.

—Claro que sí —replicó El Monstruo.

Frunció el ceño mirando a Javier.

—Tú los metiste en esto cuando me robaste.

—Yo no fui. Lo juro. No fui yo. Jamás haría algo así.

—No te creo.

—No fui yo. Por favor, no les hagas daño. Déjalos ir. Haz lo que quieras conmigo, pero por favor, no toques a mi familia.

—La familia es importante, ¿verdad? Te consideraba parte de mi familia. Confiaba en ti. Pero me traicionaste, Javier.

El Monstruo giró sobre sus talones y se dirigió con paso rápido hacia la puerta del comedor. Al pasar, hundió la mano en el pastel de la mesa auxiliar y arrancó un pedazo.

—Violad a las mujeres y aseguraos de que los hombres miren —ordenó—. Después, matadlos a todos.

Se volvió hacia Javier por última vez.

—Considéralo mi regalo.