Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO ONCE
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CAPÍTULO ONCE

Cabrera me sorprendió al sugerir que fuéramos a pie hasta la oficina, y más aún cuando la conversación sobre la investigación derivó en una charla sobre «su» ciudad.

Era una fuente inagotable de información y me ofreció un recorrido personal, guiándome por calles estrechas, pasando casas con puertas de madera y elaboradas aldabas, hasta que llegamos al centro de la ciudad, o lo que los lugareños llamaban La Candelaria : la Bogotá antigua.

La zona estaba rodeada de una mezcla de pequeñas tiendas e iglesias antiguas, y su pieza central era la Plaza de Bolívar , una gran plaza pública presidida por la fachada neoclásica de la Catedral Primada , la iglesia más grande de Bogotá.

Las campanas repicaron mientras un tropel de fieles entraba por las puertas principales.

—Todas nuestras iglesias, por muy antiguas que sean, siguen celebrando misa.

Antes de abandonar la plaza, eché un vistazo rápido al interior y admiré las majestuosas hileras de columnas encaladas que se elevaban hacia los arcos superiores.

Desde allí, pasamos junto a una cantidad sorprendente de pequeños museos —Cabrera los fue señalando todos— antes de detenernos frente a un edificio de dos plantas cubierto de pintura descascarada y desprendida.

Su color actual era un amarillo desvaído.

En la planta baja había cuatro o cinco establecimientos comerciales.

Uno parecía un salón de belleza. Otro tenía pinta de vender tabaco y alcohol.

—Por aquí —dijo Cabrera mientras subía por una escalera de cemento salpicada de chicles viejos. Reparé en una cámara en la esquina.

—Bastante discreto para ser una oficina de la DEA, ¿no?

—Es intencionado, para pasar desapercibidos.

La segunda planta del edificio era diferente.

Ventanas esmeriladas recorrían toda su longitud.

Al otro lado había una barandilla de hierro forjado.

Cabrera tecleó un código en un panel digital junto a la única puerta de la planta.

Otra cámara nos observaba desde arriba. Unos cuantos pitidos, y luego introdujo otro código.

Oí un par de clics y algo que sonaba a cerrojo descorriéndose.

—Eso sí, tenemos una puerta de las buenas —dijo, sonriendo mientras la abría—. Las damas primero.

Las luces estaban apagadas, pero entraba suficiente luz natural por las ventanas para distinguir la distribución del espacio.

Casi esperaba encontrar paneles de madera en las paredes a juego con los grandes escritorios metálicos.

Estilo utilitario en su peor expresión, rematado con una paleta de tonos beige grisáceo.

Busqué el interruptor, y una luz fluorescente intensa parpadeó hasta encenderse, obligándome a entrecerrar los ojos. Cabrera apagó las luces de inmediato.

—Ya, por eso usamos lámparas de escritorio.

Fue de escritorio en escritorio encendiendo las lámparas, lo que le dio al lugar un ambiente acogedor.

—¿Por qué no te quedas con este? —dijo señalando un escritorio frente a otro—. Estarás a mi lado.

—Vaya, no bromeabas cuando dijiste que solo estabais tú y Fredy —dije, señalando todos los puestos vacíos.

—Somos autosuficientes. Contestamos nuestros propios teléfonos y compramos el café en la cafetería de abajo.

Cabrera se sentó tras su escritorio y se reclinó.

—Siempre hemos tenido una operación pequeña por aquí.

—¿Dónde está Fredy?

—En Medellín. Está terminando el asunto que tenía allí para que yo pudiera quedarme en Bogotá contigo.

Cabrera se enderezó en la silla.

—Siéntate, siéntate. Ponte cómoda. Tenemos WiFi. Estamos completamente equipados como cualquier oficina.

Sacó una carpeta manila de uno de los cajones de su escritorio y la dejó sobre el mío.

—Este es el expediente de Riggs.

Y lo subrayó dándole un golpecito con el índice.

Cabrera se levantó.

—Oye, tengo unos asuntos que atender. Estaré fuera un rato. Ese expediente debería mantenerte ocupada, pero si me necesitas —dijo, entregándome una tarjeta de visita—, puedes localizarme en ese número. Es mi móvil. Ah, otra cosa.

Sacó un papel del cajón superior de su escritorio.

—Aquí tienes el código de seguridad y las instrucciones paso a paso para la puerta. ¿Quieres que te las explique?

Ya había empezado a leer y apenas le prestaba atención. Cuando quise darme cuenta, estaba sola.

Tardé cuarenta minutos en revisar el expediente.

No tenía más que preguntas y ningún Cabrera para responderlas.

Además, no me apetecía llamarlo al móvil.

Quería toda su atención. Unos minutos después, me vibró el teléfono.

Lucy me había enviado una foto. Había aprendido a chupar las mejillas y poner cara de pez. Le respondí con mi mejor morritos.

Cogí el expediente y volví a hojearlo. A propósito o no, Cabrera había omitido cierta información durante nuestras conversaciones.

Por ejemplo, se habían encontrado otros dos cuerpos en Mitú con heridas similares.

Eso era importante. Si Cabrera hubiera dedicado menos tiempo a conocerme y más a informarme, podríamos haber avanzado más.

Releí la sección que mencionaba a los muertos vivientes y seguía sintiéndome igual: indiferente. Cuando lo mencionó antes, lo interrumpí varias veces porque prefería ver el informe de primera mano en lugar de escuchar su versión resumida.

Colombia me parecía una tierra llena de leyendas, y resulta que soy de esas personas que no creen en nada sobrenatural.

Nunca lo hice; nunca lo haré. Probablemente sea cosa de cómo tengo el cerebro.

Tampoco soy la mejor compañía para ver una película de terror porque señalo todos los efectos cutres y las incoherencias.

Y si eso no arruina la película, seguro que lo hacen mis comentarios sarcásticos sobre mujeres que no pueden correr ni dos metros sin caerse o que no ven problema en salir al jardín de noche a ver por qué ladra el perro llevando solo sujetador y bragas.

Aunque Cabrera intentó explicarme lo de los zombis, tuve la sensación de que ni él mismo se lo creía. Quizás pensamos de forma parecida . Lástima que no sea mi tipo. Ningún tío lo es cuando no estoy de humor.

En cuanto al testigo que dio la descripción del zombi, necesitaba conocer su estado mental.

El informe indicaba que el testigo vio al atacante deambulando confuso, con las manos y los brazos cubiertos de sangre.

Tenía la boca abierta y se le veía mucho el blanco de los ojos.

No me sorprendería que el asesino estuviera colocado de crack.

Los otros dos cuerpos eran los de un chico de veinte años y una chica de diecinueve.

Constaban como novios. Ninguno tenía antecedentes penales, y ambos provenían de familias decentes y estudiaban en la universidad.

Los narcotraficantes son conocidos por cometer crímenes atroces, con torturas, contra sus enemigos o contra quienes creen que los han traicionado, pero hasta el momento nada indicaba que este fuera el caso.

Cabrera tenía órdenes de encabezar la investigación de Riggs desde allí y sacar el máximo partido de mi presencia.

No tenía claro qué significaba eso, pero a juzgar por lo que él había hecho hasta el momento, necesitaba mi ayuda.

Antes de marcharme, Reilly me había advertido que fuera cautelosa y que no tratara la investigación como un caso cualquiera. Sabía que se refería a mis métodos.

—Es Colombia. Allí las cosas funcionan de otra forma —había dicho—. Aunque trabajes con la DEA, eres una invitada en ese país y más te vale respetar sus normas.

Cerré el expediente y dejé que mis pensamientos maduraran. Ya sabía cuál sería mi primer paso: examinar la escena del crimen y, si era posible, entrevistar al testigo. Eso marcaría el siguiente. Con Cabrera fuera, poco podía hacer en ese momento, así que bajé a buscar agua caliente para el té.

A medida que pasaba el tiempo, más preguntas me asaltaban. Era frustrante, cuando menos. Quería ponerme en marcha, pero estaba atada de manos mientras Cabrera atendía sus otras obligaciones. Esperaba no necesitar que me hiciera de niñera todo el tiempo.