CAPÍTULO TRECE
Quizá Colombia se me había pegado. En lugar de té, pedí un café.
Estaba sentada en mi escritorio, dando sorbos, cuando oí a alguien en la puerta principal.
¡Por fin! Tenía muchas preguntas para Cabrera y me moría por obtener respuestas.
El forcejeo con la puerta continuó, y pensé que sería más rápido si me levantaba y abría yo.
Por cierto, ¿dónde están los monitores de vídeo?
Seguí las instrucciones pegadas junto a la puerta y oí el cerrojo abrirse.
—¿Ya me echabas de menos...?
Las últimas palabras se me apagaron en la boca al ver a un desconocido. Mi sonrisa se esfumó.
Era más bajo y más ancho que Cabrera. El pelo grasiento le caía sobre la cara, tapándole un ojo, pero sin ocultar sus mejillas picadas de viruela. Su rostro no mostraba expresión alguna.
—¿Puedo ayudarle? —pregunté.
Me apartó de un empujón como si fuera parte del mobiliario.
—Disculpe —dije alzando la voz mientras los pelillos de mi menudo brazo se me erizaban en alerta máxima—. Esta oficina es propiedad de los Estados Unidos.
Dejó caer sus cosas sobre un escritorio y soltó un suspiro sonoro antes de mirarme. —Debes de ser la nueva agente.
Sabe quién soy. ¿Quién es este tipo? —¿Y usted quién es?
Mejor aún, me gustaría ver alguna identificación.
—Me eché la chaqueta a un lado y apoyé la mano en la empuñadura de mi arma.
No me quitó los ojos de encima mientras metía la mano en el bolsillo trasero y sacaba su placa—. Soy el agente especial López.
¡López! —Lo siento, tenía entendido que estaría fuera de la ciudad unos días.
—Sí, bueno, ya he vuelto.
No parecía interesado en mi presencia en la oficina.
Lo vi sentarse en el escritorio del fondo, lejos de donde se sentaba Cabrera.
Si eran tan amigos, ¿por qué no se sentaban cerca?
Sacó el portátil y se puso a teclear. Me quedé sin palabras.
¿Era este simio un inepto social? La idea de quedarme atrapada en esta oficina con el agente especial Gilipollas no me entusiasmaba.
Si así iban a ser las cosas, perfecto. Soy la reina de la ley del hielo.
Volví a sentarme en mi escritorio y me puse con el informe.
Durante la hora siguiente, más o menos, ninguno de los dos nos dirigimos la palabra.
De hecho, ese capullo ni siquiera se ofreció a traerme nada del mercado de abajo cuando bajó a por un refresco.
No bebo refrescos, pero podría haber querido un trozo de chocolate.
Los nervios empezaban a poder conmigo. Había perdido toda la concentración, y lo único que pensaba era en gritarle a Cabrera por dejarme allí.
Era una pérdida monumental de tiempo, y la investigación se había paralizado por completo.
Lo miré de reojo varias veces mientras se ocupaba de lo suyo.
¿Cómo podía este agente quedarse ahí sentado e ignorar a otra agente a pocos metros?
No encajaba con la cultura de oficina de la que Cabrera había presumido.
López no parecía molesto por el silencio, y su absoluta falta de cortesía resultaba fuera de lugar. ¿Qué demonios le pasa?
Me levanté hecha una furia, agarré el bolso y me dirigí hacia la puerta. Pensé que el aire fresco me ayudaría a calmarme; dar un portazo al salir también ayudó.
Bajé las escaleras pisando fuerte y fui a la tienda, donde me compré la tableta de chocolate más grande que tenían.
Luego me metí en la cantina y pedí una taza de agua caliente.
Dos tazas de té y tres cuartos de tableta de puro placer chocolateado después, me había calmado. Soy Abby Kane, del FBI. No me altero.
Guardé el último trozo de chocolate en el bolso para más tarde y volví arriba.
Como esperaba, el tocón no se había movido de su escritorio.
Me senté y me quedé mirándolo, preguntándome cuánto tardaría en levantar la vista.
¿Diez segundos? ¿Veinte? ¿Un minuto? Me recosté y puse los dos pies sobre el escritorio, dejando que los tacones resonaran contra el metal.
Dejó de teclear. Un instante después, levantó la vista hacia mí.
—¿Tienes algo que decir?
Para alguien que había estudiado en la universidad en Estados Unidos, su inglés era tosco y su acento más marcado de lo que cabría esperar. —Es Fredy, ¿verdad? —Mantuve el tono informal. No se merecía que le tratara con respeto—. ¿Tratas a todos los visitantes con esta cálida hospitalidad tuya?
Soltó un suspiro. —Mira, no estoy aquí para hacer de niñera.
—No veo ningún bebé por aquí.
—Qué raro, me pareció oír lloriqueos hace un segundo.
—No, ese es el sonido del FBI haciendo el trabajo de la DEA. ¡Toma!
—Ah, vale. Entonces pregúntales por qué enviaron a una secretaria y no a una agente.
Oooh, alguien quiere que le partan la cara.
Los puños se me apretaron más que nunca; sentí las uñas clavándoseme en las palmas mientras me temblaban las manos bajo el escritorio.
Qué golpe bajo. López podría tener ventaja en altura, pero yo heredé de mi padre el amor por las peleas a puño limpio.
Era rápida. Era bajita. Y si se me daba la oportunidad, siempre colocaba el primer puñetazo donde menos lo esperaban.
Los hombres piensan que todas las mujeres quieren jugar con sus joyas de familia.
¿Cuándo se van a dar cuenta de que nos gustan las que brillan, no las que tienen pelo?
Estaba apuntada a un gimnasio en North Beach y hacía sparring regularmente con algunos de los boxeadores locales.
Así que el hecho de que acabáramos de pasar de no hablarnos a «Quiero una pelea limpia.
¡Toquemos guantes y salgamos al sonar la campana!
» en cuestión de segundos no me molestaba en absoluto. ¡Ding! ¡Ding!
La tensión se mascaba en el aire mientras nos evaluábamos.
No parecía que ninguno de los dos fuera a apartar la mirada, y mucho menos a parpadear.
Nos habíamos insultado más allá del punto de no retorno.
Quien cediera ahora sería el débil. Hacía tiempo que no tenía que aguantar gilipolleces misóginas, pero conocía este juego.
Pasé años como detective en Hong Kong. Todavía me llamaban «la chica de los recados» cuando llegué a inspectora jefe.
Alguien tenía que ceder. El duelo de miradas me estaba aburriendo. Por suerte para él, me sonó el móvil.
—Abby Kane al habla.
—Abby, soy Dom. ¿Cómo lo llevas?
—No muy bien. Tu otra mitad ha vuelto antes de lo previsto.
—¿Quién? ¿Fredy?
—Ajá.
Vi a López cerrar el portátil y apartar lentamente la silla del escritorio.
—Abby, no puede ser. Hablé con él hace veinte minutos. Todavía está en Medellín.
No respondí, y Fredy López siguió mirándome fijamente.
—¿Abby?
Lo vi bajar la mano hacia un costado y oí el sonido pausado de una cremallera.
—¿Abby? ¿Me oyes?
—Sí.
—¿Fredy va afeitado?
—Sí. ¿Por qué?
—Fredy tiene barba. ¡Sal de ahí ahora !