CAPÍTULO NUEVE
Antes de irme, cumplí mi promesa e inscribí a Ryan en el campamento. Le dije que debería estar de vuelta para despedirlo. Mi estancia en Bogotá, Colombia, sería breve, aproximadamente una semana. Eso pareció alegrarlo.
El clima era cálido y la humedad se notaba.
La mayoría de las personas a mi alrededor vestían de manera informal —mucha piel al descubierto— y se abrazaban y besaban.
Mirara hacia donde mirara, veía gente enfrascada en conversaciones intensas con gestos exagerados.
Seguramente no todos regresaban de unas vacaciones con historias increíbles que contar; tanta pasión en una simple conversación cotidiana.
Reilly no pudo conseguirme una foto de Cabrera, así que le pedí que avisara a mi contacto de que llevaría vaqueros, una blusa y una gorra de béisbol de los Oakland A's.
Aparte de no saber qué aspecto tenía, lo único que Reilly pudo decirme fue que era conocido por ser amigable y fácil de tratar.
¿No debería ser así todo el mundo? Seguí recorriendo la multitud con la mirada, esperando poder identificarlo.
Supe que él me había encontrado primero cuando sentí un toque en el hombro.
Me di la vuelta y me encontré frente a un doble de Antonio Banderas —con el cabello largo y ondulado incluido—, salvo que Cabrera tenía los hombros más anchos y los brazos más musculosos. Me sonrió y me tendió la mano.
—Agente Kane. Soy el agente especial Dominic Cabrera, pero puedes llamarme Dom. Aquí no somos muy dados a las formalidades.
Le estreché la mano y le devolví la sonrisa.
—Si así funcionan las cosas por aquí, puedes llamarme Abby.
Cabrera y su equipo trabajaban junto a las fuerzas del orden de Colombia para frenar el narcotráfico. Según tenía entendido, el papel de la DEA en Bogotá era recopilar y analizar información de inteligencia.
—¿Tienes hambre? —preguntó, frotándose lo que solo podía imaginar que eran unos abdominales tonificados—. Conozco un sitio estupendo donde puedo darte a probar la deliciosa comida de Colombia.
Esperaba que me pusiera al día sobre el caso y luego me dejara en el hotel, pero cuando mencionó la cena, no dejé pasar la oportunidad.
—Claro.
Cogió mi equipaje de mano.
—Sígueme. Tengo el coche aparcado fuera.
—¿Estás solo tú? Quiero decir, ¿hay otros agentes aquí?
—Lo siento, Abby. Me temo que tendrás que conformarte conmigo por ahora. Esperemos que nos llevemos bien —dijo con una risita.
Nos acercamos a un gran coche americano rodeado de pequeños biplazas.
—Quizás alguien en tu situación debería pasar más desapercibido —dije.
—No es mi estilo. Este es un Dodge Dart. Chrysler tenía una planta aquí en Bogotá en los años sesenta y setenta. Es muy fiable, lo cual es importante, y además tiene un V8 bajo el capó que he tuneado un poco, si sabes a qué me refiero.
—Conozco muy bien Chrysler.
—¿Tienes uno?
—No exactamente.
No sentí la necesidad de dar más explicaciones mientras él dejaba pasar mi extraño comentario. Metió mi maleta en el maletero y me abrió la puerta del copiloto.
—Date prisa. Tengo hambre.
Grosero y educado al mismo tiempo. Qué encantador .
Tras diez minutos de trayecto zigzagueando por las estrechas calles de la ciudad, Cabrera aparcó en la acera frente a lo que, siendo generosa, solo podía describir como una cantina.
—Esto es lo que llamamos un restaurante típico . Sirven comida tradicional y los hay por toda la ciudad, pero este es mi favorito.
Dentro había unas diez mesas de madera con manteles de plástico en lugar de tela.
Caminé con cuidado por el suelo de baldosas agrietadas, con alguna pieza suelta aquí y allá.
El lugar, sorprendentemente, estaba lleno de gente cenando y charlando animadamente.
De los altavoces retumbaba música de Colombia, lo que contribuía al ambiente festivo.
Recorrí con la mirada a las mujeres del local; todas iban vestidas de manera informal y ligeras de ropa, así que, una vez más, encajaba bien.
Debería haberlo imaginado; Cabrera llevaba pantalones cargo hasta la rodilla y una camisa azul claro con las mangas remangadas hasta los antebrazos.
Sorteamos las mesas esquivando a las camareras, que iban de un lado a otro a toda prisa y cantaban los pedidos a la cocina en lugar de usar comandas. Cabrera me guio hasta una pequeña mesa cerca del fondo del restaurante.
—Aquí hay más tranquilidad. Podremos hablar.
Apenas me senté, una mujer con un generoso busto apenas contenido en una camiseta de tirantes se detuvo en nuestra mesa.
Tenía las caderas anchas y el vientre plano como una tabla, y no pude evitar mirarla y preguntarme cómo me vería yo con esas curvas.
Al fijarme mejor en las otras camareras, me di cuenta de que aquel aspecto era un requisito del trabajo.
De repente me sentí como un palillo y completamente fuera de lugar.
Cabrera le dijo algo a la mujer en español.
—He pedido para los dos. Espero que no te importe —dijo, sonriendo.
—Ya te diré después de probar la comida.
—Trato hecho.
La mujer regresó y dejó dos botellas de cerveza abiertas frente a nosotros.
—Es el agua del lugar.
Levantó la botella.
—Brindemos por combatir el crimen.
—Salud —dije. Lo observé dar un sorbo a la cerveza; sus ojos no se apartaron de mí ni un momento; incluso cuando dejó la botella, siguió sonriéndome.
No era el comportamiento típico de un compañero de trabajo, pero Reilly había dicho que Cabrera era agradable y fácil de tratar.
Desde luego, era agradable a la vista. Los hoyuelos eran una sorpresa encantadora en sus rasgos por lo demás rudos.
Sin embargo, mi misión allí no era pasármelo bien.
—Entonces, Abby, estás aquí para ayudar a investigar la muerte del agente Riggs.
—Creía que aquí todos os llamabais por el nombre de pila.
—Intentamos llamarlo Ferny, pero no cuajó.
Cabrera dio otro trago.
—Es inusual, este tipo de acuerdo. Nunca había oído que el FBI investigara asuntos de la DEA.
Me encogí de hombros. —Supongo que no es habitual que encuentren a un agente de la DEA en esas condiciones.
Cabrera bajó la cabeza y asintió. La muerte parecía seguir afectándole.
—¿Cuánto tiempo hacía que lo conocías? —pregunté.
Cabrera levantó la vista y se le suavizó el rostro un poco. —No mucho, unos tres o cuatro meses. Era nuevo en el equipo.
Rodeó la botella de cerveza con ambas manos y la inclinó lentamente de un lado a otro.
—Todos éramos amigos, así que cualquier cosa que le pase a uno de nosotros afecta a los demás.
—Estar destinado en un país extranjero... bueno, es natural pasar mucho tiempo juntos.
Cabrera se rio. —Claro, pero yo nací en Colombia. Este es mi hogar. Me mudé a Estados Unidos de adolescente para ir a la universidad y después entré en la DEA. Pero no soy ningún gringo .
—¿ Gringo ?
—Tengo familia aquí y raíces aquí. Me ven como a uno de los suyos. Los agentes que vienen de vez en cuando, esos son gringos .
—¿Cuántos sois?
—Bueno, éramos tres. Ahora quedamos Fredy López y yo. No necesitamos una oficina grande porque trabajamos con la policía colombiana en contramedidas en El Dorado. Ahí es donde Riggs pasaba la mayor parte del tiempo.
—Supongo que el agente López, Fredy, también es de aquí, ¿no?
—Sí, estuvimos en la misma promoción de la academia. Pasamos la mayor parte del tiempo entre la gente recabando información mientras Riggs atrapaba a las mulas en el aeropuerto.
La camarera volvió y dejó dos platos rebosantes de comida sobre la mesa. A Cabrera se le iluminó la cara al instante mientras agachaba la cabeza y aspiraba profundamente.
—Arroz, frijoles negros, plátano maduro y asado a la parrilla —dijo mientras se llevaba los dedos a los labios y los besaba al aire—. Ahí tienes tres tipos de carne a la parrilla. Te van a encantar.
No necesitaba que me animara. Soy carnívora. Entre bocado y bocado, Cabrera me puso al día de lo que había pasado, aunque en su oficina me esperaba un informe completo.
—Riggs había conseguido información sobre un sub...
—¿Sub?
—Los cárteles construyen sus propios submarinos para el transporte. Hasta que descubrimos los subs, estaban sacando cientos de miles de kilos de cocaína del país en nuestras propias narices.
—Supongo que compraron los planos en el mercado negro, pero ¿construir algo así no llama la atención?
—Normalmente sí, pero estos eran pequeños.
En algunos caben dos hombres, en otros hasta ocho.
Los construyen en lo profundo de la selva y usan los ríos para sacarlos al océano.
El caso es que Riggs había cultivado un contacto que tenía información que merecía la pena seguir, así que se fue a Mitú.
Es un pueblecito en el límite de la selva amazónica.
Fredy y yo pensamos que le vendría bien pasar un tiempo fuera del aeropuerto.
—¿Soléis viajar solos?
—No es lo habitual, pero yo estaba ocupado con otra pista en Medellín.
Cabrera quitó importancia a cualquier sensación de peligro con un gesto.
—Lo hemos hecho muchas veces.
—¿Y Fredy? ¿Qué pasa con él?
—Se quedó en Bogotá cubriendo el aeropuerto.
—Entonces, ¿qué pasó en Mitú? —pregunté antes de llevarme una cucharada de frijoles a la boca.
Cabrera se tomó un momento para tragar. —Ojalá lo supiera. Mientras estaba en Medellín, recibí una llamada de un contacto en la policía: habían encontrado su cuerpo en una cuneta. Volví a Bogotá, recogí a Fredy y salimos para Mitú de inmediato.
—¿Y luego?
—Identificamos el cuerpo en la morgue local e informamos a mis superiores.
—¿Por qué no informar en cuanto te enteraste?
Cabrera se tomó un momento antes de hablar y se le hundieron un poco los hombros. —Aparte de querer estar seguro, supongo que no quería creerlo. O sea, era un agente capaz, ¿no? Estaba convencido de que era un error, de que lo encontraría después y nos reiríamos de todo esto con unas cervezas.
Noté que a Cabrera todavía le costaba hablar de la muerte de Riggs, pero yo era la aguafiestas que tenía que seguir tirando del hilo.
Sabía de primera mano lo duro que era perder a un compañero, sobre todo si era un amigo cercano.
Yo había perdido al mío, Trey Wilkinson, durante una investigación no hacía mucho.
También sabía que Cabrera era capaz de desconectar esas emociones para cumplir con su trabajo.
Forma parte del entrenamiento en todas las agencias.
—¿Qué te parece que el FBI se haya involucrado? —pregunté.
—Me parece muy bien. O sea, viste el cuerpo, ¿no?
Asentí.
—Por el tipo de trabajo que hacemos aquí, es importante no parecer débiles ante los cárteles, ni siquiera ante las fuerzas colombianas.
Somos un pilar fundamental aquí. Así que cuando perdemos a uno de los nuestros, tenemos que demostrar que el responsable se las verá con la ira de Estados Unidos. Que el FBI esté aquí manda un mensaje.
La dinámica de trabajo aquí era similar a la que viví cuando trabajaba en Hong Kong.
Luchar contra las Tríadas, el sindicato del crimen chino, era una relación de amor y odio.
Los conocíamos bien, igual que ellos a nosotros.
Por extraño que parezca, había cierto respeto mutuo porque cada bando sabía de lo que era capaz el otro.
Ninguno mostraba debilidad; era la forma más rápida de perder el respeto.
Se me escapó un bostezo. Los dos habíamos terminado de comer.
—Lo siento. Debes de estar agotada por el vuelo.
—No te lo voy a discutir. Podemos seguir hablando mañana.
—Mañana es sábado. Pensaba enseñarte la ciudad.
—La visita tendrá que esperar.
Cabrera cogió la cuenta y se levantó. Cogí mi bolso y fui a sacar la cartera, pero él me miró y dijo: —Invito yo.
Ahí estaban otra vez esos hoyuelos.