Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

Los medios se cebaron con el suicidio de Ballard.

No hablaron de otra cosa en los días siguientes.

Para colmo, varios vecinos grabaron su último acto con los móviles y subieron los vídeos a internet en menos de una hora.

Aunque me habría gustado detener al acróbata aficionado y procesarlo en un tribunal federal, nos había llegado el rumor de que las víctimas estaban encantadas de ver algo del Príncipe que estuviera «colgado».

Esas mujeres querían algo más que pasar página; querían que el mundo lo viera tal como era: un hombre débil. Un cobarde que había elegido el camino fácil.

Por supuesto, todavía teníamos a la novia; era culpable de ayudar a Ballard y pagaría las consecuencias en el tribunal.

Adiós, pasarela. Hola, celda. Antes de que el agente Stone se marchara, le agradecí su ayuda.

Al final, nos había entregado a nuestro hombre, y yo había cerrado oficialmente el primer caso que el FBI me había asignado.

Me senté en silencio ante mi escritorio y me di unas palmaditas en la espalda.

«Todavía lo tienes, Abby». Sentaba bien.

Pensé en darme el capricho de un trozo de tarta Napoleón de la pequeña pastelería que había dos manzanas más al norte, en Little Saigon.

La de allí era deliciosa. Nada seca, hojaldrada y con generosas cantidades de crema.

«Riquísima». Quedaría perfecta con una taza de té oolong.

Cuando cogí el bolso, Reilly asomó la cabeza por la puerta de su despacho.

—Abby.

—Maldita sea —murmuré. Dejé el bolso y fui a su despacho.

—Siéntate —dijo mirándome por encima de las gafas de lectura—. No tengo mucho tiempo y prefiero no repetirme, así que escucha con atención.

Saqué el bloc de notas y el bolígrafo, sabiendo que no apuntaría nada.

—Nuestros amigos de la DEA han enviado un expediente. Quieren que investiguemos una muerte —dijo Reilly mientras giraba el portátil para que viera la imagen en pantalla—. La víctima es un varón blanco. Lo encontraron gravemente golpeado: múltiples contusiones en cada centímetro del cuerpo.

—Parece que lo usaron de saco de boxeo.

—Podría decirse. Casi todos los huesos del cuerpo, rotos.

—Menudo trauma.

Reilly pulsó unas teclas y apareció otra imagen.

—Esta es la cara de la víctima.

Casi me caigo de la silla.

No parecía humano. La hinchazón superaba con creces todo lo que había visto en mi vida. Parecía un muñeco hinchable a punto de reventar por las costuras. La decoloración oscura delataba hematomas intensos. No quería ni imaginar qué aspecto tendría el torso bajo la camisa.

—Todavía estamos esperando los resultados de la autopsia —añadió Reilly.

—No se aprecian laceraciones ni perforaciones —observé—. Traumatismo contuso, sobre todo.

—Eso parece, pero como he dicho, esperemos a ver qué dice el forense.

Reilly volvió a girar el portátil hacia él y se recostó en la silla.

Negué con la cabeza. Las preguntas empezaban a agolparse.

—¿Quién es la víctima?

—Un agente de la DEA. Se llama Fernando Riggs.

Se me encogió el estómago. Siempre me pasaba cuando la víctima me tocaba de cerca. No era del FBI, pero la DEA era una agencia hermana.

—¿Lo mataron en acto de servicio?

Reilly negó con la cabeza.

—La policía local encontró el cuerpo en una cuneta.

—¿La policía local?

—El agente especial Riggs estaba destinado en Colombia.

—¿Carolina del Sur? ¿Misuri? —aventuré.

—Prueba con Sudamérica.

—Colombia... el país.

—La DEA tiene agentes en Bogotá dedicados principalmente a operaciones antinarcóticos. Su misión principal es evitar que los capos de la droga usen el Aeropuerto Internacional El Dorado como punto de tránsito para sacar la mercancía del país. Cazan mulas.

Me recosté en la silla y crucé los brazos.

—¿Y por qué nos metemos nosotros?

—A la DEA se le da mejor frenar el tráfico de drogas que resolver asesinatos. Además, la muerte de Riggs no ocurrió durante una misión. Lo encontraron muerto en Mitú, un pueblecito del sureste de Colombia, en el límite con la selva amazónica. No sabemos qué hacía allí.

—Quizá lo secuestró algún cártel.

—Están barajando todas las posibilidades.

—No me digas que creen que trabajaba para el cártel.

—No nos cuentan nada. Quieren saber qué pensamos nosotros.

Me quedé un poco atónita. «¿Colombia?». Nunca había estado allí. No sabía nada de ese país.

—¿Sabemos algo más?

—Esperamos que la autopsia nos dé respuestas. Por si no lo sabías, la oficina del forense de San Francisco es de primera. De los mejores. El cuerpo llegó ayer.

Arqueé las cejas.

—Esto va muy rápido.

—Han perdido a un agente. Están deseando aclarar esto. Por eso te asigno el caso.

—Espera, ¿qué? No sé nada de cárteles de la droga.

—Tendrás ayuda —dijo—. Has visto ese cuerpo. No parecía humano. Tenemos que atajar esto de raíz, y rápido.

Normalmente no habría tenido problema en aceptar un caso así, pero todo el asunto de las drogas y Sudamérica me descolocaba.

—Hay algo más que deberías saber, agente —dijo Reilly, sacándome de mis pensamientos—. Hay un testigo, aunque no es del todo fiable.

Arrugué la nariz. —¿Por qué?

Reilly se rascó la frente y luego se frotó la barbilla. —Bueno, el testigo mencionó al muerto viviente .

Me encogí de hombros. Seguía sin tener ni idea de lo que mi jefe intentaba decirme.

—Significa muertos vivientes .

Eché la cabeza hacia atrás y solté una carcajada. —¿Lo dices en serio?

Reilly no sonreía.

—Espera... sabes que estás hablando de «zombis», ¿verdad? —remarqué haciendo comillas en el aire.

—Dije que era dudoso, ¿no?

—Entonces, ¿por qué le damos seguimiento?

—Zombi o no, tenemos un trabajo que hacer.

Un agente de la DEA fue asesinado. Es nuestro deber ayudar a averiguar quién lo hizo y llevarlo ante la justicia.

Los de arriba están presionando mucho. Cuento contigo.

Ya tengo a mi supervisor complicándome la vida más de lo necesario; no quiero darle más razones para que esté encima de mí. ¿Entendido?

—¿Tienes un expediente para mí?

—Lo tengo. Puedes recogerlo en Bogotá.