Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO CINCO
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CAPÍTULO CINCO

La chica tenía diecinueve años. Él, veinte. Ambos vivían con sus familias, donde la intimidad era un lujo desconocido. El único lugar donde estos dos tortolitos, y muchos otros, podían encontrar un momento a solas era en un campo en las afueras del barrio. Así era la vida en Mitú, Colombia.

Esa noche, tenían el campo para ellos solos.

El resplandor rojizo y tenue de un tronco crepitante —el mismo que habían usado antes para asar un pollo— iluminaba a la pareja sobre la manta: luz suficiente para mirarse a los ojos, pero no tanta como para que un transeúnte los viera desde la carretera.

La jarra de vino estaba vacía y tenían el estómago agradablemente lleno.

Solo quedaba una satisfacción por alcanzar: el deseo que sentían el uno por el otro.

La joven se rio mientras se colocaba encima de su novio y se cubría con parte de la manta.

Sus bocas se encontraron, y la lengua de él se deslizó entre sus labios, enredándose con la de ella.

La dureza de él presionaba contra su muslo, insistente desde que se habían tumbado en la manta.

La hacía sentirse especial. Deseada. Necesitada.

El fuego que ella sentía entre las piernas ardía con la misma intensidad.

Se apartó para tomar aire y lo miró a los ojos marrones.

Le recorrió el rostro con el dedo, siguiendo la línea de su mandíbula firme hasta el labio inferior, del que tiró con gesto juguetón.

Él le deslizó los dedos por el cabello, agarró los mechones sedosos y la atrajo de nuevo hacia sí.

Los dos eran vírgenes: expertos en los juegos previos, pero sin idea de cómo dar el siguiente paso. Ella quería que él tomara la iniciativa. La timidez de él se lo impedía. Así que vírgenes seguían.

—Deberíamos irnos. Tu padre llegará pronto —murmuró él en su lengua nativa.

—Olvídate de mi padre. Me encanta estar entre tus brazos. Podría quedarme así para siempre.

El joven la besó de nuevo y luego le hizo cosquillas en las costillas para despertarla de su ensoñación. Ella chilló y se apartó.

—Para. Sabes que no lo soporto.

El chico la apartó rodando y se puso de pie. Su erección se marcaba contra los pantalones cortos holgados. Ella no pudo evitar mirar y preguntarse por qué no se dejaba llevar.

Él le tendió la mano.

—Son casi las nueve. Tenemos que darnos prisa.

En cuanto ella le tomó la mano, un gruñido grave surgió de la oscuridad. La chica se levantó de un salto.

—¿Qué ha sido eso?

—No lo sé, pero creo que deberíamos irnos.

Los dos guardaron sus cosas en las mochilas a toda prisa, pero el mismo ruido de antes los interrumpió. Era más fuerte y estaba más cerca. Ninguno dijo nada mientras se apresuraban.

El chico fue el primero en oír que se movía. Se detuvo, echó al fuego las ramas que había recogido antes y lo avivó.

—¿Qué haces? —preguntó la chica, presa del pánico.

—Si esa cosa se acerca más, vamos a necesitar este fuego.

Lo primero que pensó fue que un perro salvaje los había encontrado, pero el gruñido era demasiado gutural. El único otro depredador que se le ocurría era un jaguar, pero estos casi nunca abandonaban la seguridad de la selva. Fuera lo que fuese, había decidido rodearlos.

Se colgó la mochila y cogió una rama con un manojo de hojas en la punta, que dejó arder en el fuego.

—Vámonos de aquí —dijo ella.

—Tú ve primero. Voy a distraer al animal. Cuando lo haga, quiero que eches a correr hacia el pueblo. No pares hasta llegar a la carretera.

—No. ¿Y tú qué?

El chico cogió la mochila de ella y se la puso en la espalda.

—No te preocupes por mí. Iré justo detrás de ti.

Luego besó a su novia.

—Recuerda: no pares, oigas lo que oigas. Sigue corriendo hasta que estés a salvo.

Luego sacó la rama del fuego: ya tenía una antorcha improvisada.

—Venga, corre .

El borde de la ciudad estaba a sesenta metros, pero parecía un kilómetro y medio. La chica vaciló, pero el chico la empujó con suavidad.

Ella echó a andar y luego a trotar, con la cabeza vuelta hacia atrás para mirarlo.

Lo vio alejarse en dirección opuesta. Balanceaba la antorcha de un lado a otro mientras gritaba.

Ella siguió observándolo, corriendo sin convicción.

Deseaba que se detuviera y se volviera hacia ella, pero no lo hizo.

Siguió avanzando hacia la selva. Y entonces, sin previo aviso, el chico desapareció.

También su antorcha, como si alguien la hubiera apagado de un soplo.

Ella se detuvo. Recorrió con la mirada el lugar donde lo había visto por última vez.

No vio ningún movimiento a la luz de la luna ni oyó nada durante unos instantes.

Entonces llegaron los gritos, gritos desgarradores que nacían en lo más hondo de los pulmones y estallaban hacia fuera.

Llegaban en ráfagas cortas. Eran gritos que solo un dolor intenso podía arrancar.

Las llamadas de auxilio sonaban más bien como alaridos guturales.

Y tan rápido como habían llegado, los gritos cesaron.

Se dio la vuelta y echó a correr hacia la ciudad, pero ya sabía que era demasiado tarde.

Lo que había atacado a su novio le pisaba los talones, más rápido de lo que jamás habría imaginado.

Los gruñidos se hicieron más fuertes. De pronto, los pasos a su espalda iban al mismo ritmo que los suyos.

Empezó a gritar, no porque la hubieran atacado, sino de puro miedo.

No debería haberse parado. Él se lo había advertido.