COSECHA #3
Nos decimos los unos a los otros «adiós» sin fuerzas. Nos sonreímos y abrazamos aún con menos fuerzas. Uno a uno, los asistentes nos dan el pésame y desaparecen en la bruma.
—Queríamos entregarte esto. —La alcaldesa Patel me da una placa de cristal.
Tiene una inscripción: « Décimo concurso anual de jardines de Cabo Masacre » y una única rosa.
Debajo pone mi nombre y el de Arthur—. Tomamos la decisión por unanimidad el día de la visita —me explica—.
Nada se acercaba al jardín de la mansión Lancaster. Estaba precioso.
Asiento y me abrazo al cristal.
—Gracias —susurro.
No levanto la vista a la sonrisa agridulce que me dedica la alcaldesa, pero la siento de todos modos. Me da un apretón en el brazo y luego se aleja; el jurado también me da el pésame antes de seguirla.
Y entonces solo quedamos Lukas, Max y yo.
—¿Quieres que te acerque a casa? —pregunta Lukas; sigue sujetando la mano de Maxine, con las mejillas mojadas por las lágrimas.
—Ve tú delante —digo, ausente, sin apartar la mirada del ataúd cubierto de flores.
Una serie de pensamientos intrusivos y aterradores me cierran la garganta.
«Mi mejor amigo está ahí abajo. Tengo que sacarlo.
¿Cómo voy a despertarlo? ¿Cómo vuelvo atrás en el tiempo?
Si no hubiera tardado tanto en pasar por la farmacia, ¿seguiría aquí?
Si hubiese aceptado llevarlo a Pinos Susurrantes como quería Lukas… ».
—¿Harper…?
Sacudo la cabeza un poco, esperando aclararme el tormento que se me filtra en la mente.
—Voy a quedarme aquí un ratito.
No aparto la vista de la tumba mientras Max y Lukas se marchan.
Sus pasos se desvanecen. El cementerio se queda en silencio.
Siento que hay ojos observándome a donde quiera que vaya, sobre todo ahora.
Pero no puedo atisbar a mi alrededor para buscar la fuente de mi paranoia.
Solo me aprieto el brazo contra el costado y noto la pistola escondida debajo de la chaqueta negra.
Oigo un graznido entre la niebla. Miro y veo a Morfeo encaramado a la valla de hierro.
Sacude las alas antes de alzar el vuelo para aterrizar en la tumba de Adam.
Es la primera vez que temo de verdad lo que pueda decir.
Pero solo da tres picotazos y me observa como si supiera que no tengo nada que ofrecer, pero está aquí de todos modos.
Bajo la vista y me doy cuenta de que falta una de las tres pulseras que cuelgan de la lápida, la misma que Morfeo se ha llevado a casa alguna vez.
—Siento no haber estado por casa. —Le hablo al cuervo. Luego avanzo hacia el principio del lugar de descanso de Arthur.
Me agacho junto a la lápida provisional negra y dorada. Paso los dedos por las letras grabadas en la placa. « En memoria de Arthur Lancaster ».
—Es como si esos recuerdos me los hubieran arrancado de cuajo —digo y las lágrimas vuelven a caerme por las mejillas—. Solo puedo verte en el suelo. Todo lo demás ha desaparecido.
Dejo la placa de cristal en el césped, apoyada contra la estaca de madera.
No pronuncio en voz alta cuánto siento no haber estado ahí cuando me necesitaba.
No le digo que le dio propósito y significado a mi vida cuando sentía que no tenía nada.
No le prometo vengarlo por lo que ha pasado ni que convertiré mi dolor en un arma para que Nolan Rhodes pague por lo que ha hecho. Solo le digo que lo quiero.
Y, con lágrimas en los ojos, me alejo.
El cementerio está vacío cuando bajo por el sendero que lleva a la entrada.
La niebla es tan densa que apenas veo más allá de unos pocos pasos.
Oigo aleteos y graznidos por encima de mi cabeza: Morfeo va hacia casa con otra de las pulseras de Adam aferrada en el pico.
Lo veo desvanecerse en la bruma; luego me vuelvo a centrar en las puertas de hierro que aparecen ante mis ojos.
Hay una figura de pie en el umbral.
Me flaquea el paso. Se me corta la respiración.
Por un segundo, creo que podría ser Nolan.
Alto y ancho, constitución atlética. Pero el corazón se me empieza a calmar cuando me doy cuenta de que es el sheriff Yates.
Supongo que después de todo no se ha ido con los demás y temo que me vuelva a interrogar en el peor momento posible con ese poco tacto que tiene.
Aun así, es un alivio que quien esté aquí sea él y no Nolan, algo que nunca habría creído posible antes de esta semana.
—Señorita Harper —saluda con un asentimiento cuando me detengo a su lado—. Lamento mucho lo del señor Lancaster. Era un verdadero pilar de Cabo Masacre.
Carraspeo, de repente se me ha hecho un nudo en la garganta y me obligo a tragármelo.
—Gracias. De verdad.
—¿Vas a estar bien yendo andando a casa? No nos importa acercarte.
Se me van los ojos a su mujer, que espera en el coche. Me saluda con la mano, escueta, y yo le devuelvo el gesto. No hay más vehículos en la carretera, excepto un camión pesado que se oye a lo lejos; el motor de diésel perfora la niebla al girar en la carretera Spruce al final de la colina.
—Gracias por la oferta, pero prefiero caminar.
—De acuerdo… Solo quiero que estés a salvo.
—Estaré bien, seguro. —Aunque le dedico a Yates una leve sonrisa, no parece muy convencido.
El camión se acerca, el motor gruñe al subir la cuesta. Las cadenas repican contra el metal. Noto el olor a mar.
Me vuelvo hacia el sonido. Y entonces mi mundo implosiona en una sola mirada.
Una grúa avanza hacia nosotros: lleva enganchada del morro abollado, como si fuera un pez herido, mi furgoneta Chevy G20 de 1985.
Los años bajo el mar han corroído la pintura.
La superficie está salpicada de percebes, el agua chorrea del interior dejando un rastro por la carretera.
El conductor toca la bocina para saludar al sheriff y me sobresalto.
—Perdona —dice Yates, haciéndole un gesto al de la grúa antes de volverse hacia mí.
Siento sus ojos en la mano que me he llevado al corazón.
Tal vez debería obligarme a bajar el brazo, pero parece que soy incapaz de desprenderme del escudo que me proporciona—.
Ayer nos dieron un chivatazo anónimo de que había un vehículo sumergido en el mar a unos cuantos kilómetros del mirador.
No estamos seguros de a quién pertenece. Supongo que ya lo averiguaremos.
No digo nada. El corazón se me desgarra contra las costillas. Estoy desesperada por salir corriendo. Por luchar. Por desaparecer. En cambio, me quedo justo donde estoy, como si estuviera clavada al sitio. Casi siento el nudo corredizo que me está poniendo Nolan al cuello para ahorcarme.
Nos quedamos mirando el camión hasta que se pierde entre el velo blanco, el ruido de las cadenas y del motor se queda flotando como un fantasma mucho después de que haya desaparecido de la vista.
—Bueno —dice Yates—, ya nos veremos por ahí, señorita Harper.
Y entonces el sheriff se aleja caminando.