COSECHA #2
Me acerco más al espejo; las raíces rubias del pelo empiezan a asomar a pesar de la resistencia del castaño oscuro.
Al apoyar la mano en el lavabo, un dolor punzante me recorre la palma.
La aparto y le doy la vuelta. Tengo una esquirla de algo clavada, la piel ardiendo y roja.
Abro los cajones y encuentro unas pinzas.
Cuando la saco, el alivio es inmediato; un dolor que no era consciente de que estaba sufriendo desde que descubrí el cadáver de Arthur en el suelo.
Dejo la astilla en el lavabo y la observo más de cerca.
Es una esquirla de porcelana, una parte es blanca y la otra de color verde jade.
Cierro los ojos e intento pensar en todo lo que he visto en la estancia.
No recuerdo que hubiera nada roto o fuera de lugar.
Pero a lo mejor estaba demasiado destrozada para ver de verdad.
La cojo con cuidado usando las pinzas y la tiro a la basura, luego me meto en la ducha hasta que el agua se enfría.
En todos los sueños sale Arthur. A veces está ahí mismo, sin que pueda verme.
En otros, se da la vuelta y se aleja. En otra ocasión, abre la puerta del sótano y se sumerge en la oscuridad, a donde no soporto seguirlo.
De todos modos, lo intento. Y, cuando lo hago, vuelvo a estar atrapada otra vez en la casa de Harvey Mead, desnuda y asustada.
No estoy segura de si me despierta el ruido de la motosierra o mi grito desgarrador o Lukas sacudiéndome para que recupere el conocimiento. Después de eso, no vuelvo a dormirme.
Los siguientes días son un recuerdo borroso.
No regreso a la casa anexa. Apenas salgo a la calle, rara vez me aventuro más allá de la puerta de la casa de Lukas para recoger los guisos y las sopas y los panes caseros que los vecinos dejan en el porche.
La única ocasión en toda la semana que los dos estamos fuera es cuando vamos a la funeraria para organizar la ceremonia y el entierro de Arthur.
Pero interactuamos muchísimo con el sheriff Yates.
Viene todos los días para hacer más preguntas sobre el asesinato de Arthur.
Creo que está a punto de nombrar a un sospechoso para alimentar a los periodistas que acechan el pueblo como si fueran espectros.
—¿El señor Rhodes te mencionó alguna vez a un hombre llamado Tylor Knightsbridge? —inquiere Yates durante la visita de esta mañana, inclinándose en su asiento, enfrente de mí en el salón de Lukas.
Me sueno los mocos con un pañuelo, me pican los ojos de la llorera de antes. He practicado tantas veces eso de esconderle mis expresiones faciales a Yates que ahora siento que esa máscara de ambivalencia cansada se me ha incrustado en la carne.
—No. ¿Por qué?
—Knightsbridge se apuntó como voluntario cuando empezamos con la búsqueda.
Es uno de esos investigadores aficionados.
—Frunzo el ceño, y Yates sacude una mano como si quisiera borrar la pregunta, aunque no sé por qué iba a sacar el tema si no quiere indagar en él.
Hay algo que me parece… fuera de lugar—.
No es para tanto, solo me preguntaba si Rhodes o tú sabríais por qué volvió a aparecer por el pueblo hace poco.
Está en el hospital. No estoy seguro de si viste su…
explosión… durante el concurso de chiles.
Estoy convencido de que podrá responder a algunas cuestiones cuando se recupere un poco. Está un tanto inestable.
Me encojo de hombros, bajo la mirada al suelo.
—No puedo ayudar, sheriff. Lo siento.
—Por favor, llámame Damian. —Yates estira el brazo en el espacio que nos separa y me pasa un pañuelo limpio.
No tengo ningunas ganas de llamarlo Damian, pero de todos modos asiento con un gesto débil—.
¿Y qué me dices de Sean McMillan o Jake Hornell o Peter Evanston?
¿O tal vez Bryce Mahoney? ¿Hablaba mucho de ellos?
Levanto los ojos del pañuelo que sostengo en la mano y me encuentro con la mirada penetrante de Yates.
—¿Los hombres que estabais buscando?
—Eso es… ¿El señor Rhodes dijo algo en concreto sobre ellos?
—No lo sé —respondo y vuelvo a encogerme de hombros—. No, de Mahoney no. Todo el mundo sabe que a Hornell lo tuvo que pillar Tiburónides. Estuvimos hablando de ello en el festival gastronómico, ¿recuerda?
Yates suelta un simple «ajá».
—En cuanto a Evanston, solo sé que estaban buscándolo en el bosque. Y McMillan… Nolan pensaba que lo más probable era que se hubiese perdido en el lago Loon.
Yates asiente, pero no siento que esté de acuerdo.
—En el lago no se descubrió nada que indicara que McMillan estuviera por allí, así que no estoy seguro. Solo me pregunto si estábamos buscando donde teníamos que buscar.
Un escalofrío me revolotea entre las escápulas. Si supiera dónde dejó Nolan la camiseta de McMillan, iría yo misma y la buscaría, aunque ahora dudo hasta de que lo hiciera.
—Bueno, encontrasteis los restos de Jake, ¿verdad?
—digo, y me odio por defender a Nolan. Pero, si quiero matarlo yo, necesito mantenerlo lejos de las garras de Yates.
Y cada vez me preocupa más que sea difícil—.
Nolan tenía experiencia en búsqueda y rescate y esta es una zona lejana.
Así que es posible que no se buscara el tiempo suficiente.
—Sí —acepta el sheriff—. Es posible.
Nos quedamos en silencio un buen rato. Yates me sostiene la mirada; algo que parece un intento de preocupación paternal se aloja en sus rasgos. A lo mejor es que estoy de mal humor o quizá es algo que le falta a su expresión, pero, sea lo que sea, tengo unas ganas tremendas de arañarle la cara.
—He oído que el señor Rhodes compró un anillo de compromiso en Joyerías Gibson.
Me obligo a borrar de mi mente la imagen de Yates despellejado y me convenzo para permanecer tranquila.
—No estaba al tanto —miento.
—Entonces, ¿no habéis hablado sobre casaros?
La saliva me araña la garganta seca. Me miro las manos: tengo los nudillos rojos, me he arrancado la piel de frotarme para limpiar gotas de sangre fantasma.
«Podría haber un anillo en ese dedo», susurra una vocecilla traidora en mi cabeza.
La imagen de Nolan arrodillado, rogándome que no acabe con nosotros, me abre otra herida en el corazón.
Y desearía más que nada que Yates parara de hacerme estas malditas preguntas horribles y me dejara en paz de una puta vez.
—No. No lo hablamos.
—¿Has sabido algo de él desde que falleció Arthur? —continúa Yates. Posa una mano en la mía, un roce del que estoy desesperada por zafarme, pero no lo hago—. Harper, solo necesito hacerte unas cuantas preguntas. ¿Estás segura de que no has…?
—No sé dónde está —le espeto.
Y consigo contener todo lo demás que quiero decir.
No menciono que hemos roto o que lo apunté con una pistola y lo obligué a levantarse para que se largara.
No le digo a Yates nada que le dé un motivo, aunque soy consciente de que ya debe de haberse planteado que Nolan es el principal sospechoso si sabe que se ha ido y está haciendo estas dichosas preguntas.
—Se lo prometo. Si lo supiera, se lo diría.
Yates me dedica una sonrisa débil de compasión que no me tranquiliza en absoluto.
—Te creo, señorita Harper —dice, se pone las manos en las rodillas antes de incorporarse. No me levanto con él ni le hago ningún caso cuando se coloca el sombrero y se despide alzando el ala—. Será mejor que me vaya. Estoy seguro de que necesitas descansar.
Asiento. Pero no sé si muy pronto seguiremos jugando a este juego.
—Sé que tal vez no sea un buen momento para pedirlo, teniendo en cuenta la situación. Sin embargo, ¿te importaría que acordáramos un día y una hora cuando estés más tranquila para recoger la trituradora de madera?
Lo miro a los ojos, conteniendo el pánico que me revuelve las tripas.
He limpiado el Monstruo de las Galletas mil veces con el limpiador que Maya llama ¡A la Mierda!
y le he pasado muchísimos puñados de ramas, pero, aun así, la idea de que Yates lo tenga en su poder me hace sentir a la deriva. Sobre todo ahora.
Sigo dándole vueltas a cómo debería responder cuando Yates hace un gesto con la mano.
—¿Sabes qué? —dice—. Me pasaré con la camioneta y la cogeré sin más. No tienes que preocuparte de nada. Cuídate, señorita Harper.
Se despide con la mano una última vez, gesto que no correspondo, y se marcha.
Lo veo pasar por delante del ayudante, que espera junto a la entrada de la propiedad.
La policía siempre está por aquí en rotación constante, protegiéndonos de la prensa y lo desconocido.
Si no tuviera la cabeza tan embotada de preocupaciones y rabia y culpa y miedo, tal vez hasta me haría gracia.
Porque si Nolan quiere entrar, entrará. Y matará a cualquiera que se interponga en su camino.
Pero dudo que eso sea lo que él quiere. Creo que este juego no ha hecho más que empezar. Y, esa noche, me paso horas imaginando cómo ganaré antes de sumirme por fin en un sueño irregular.
Al día siguiente, enterramos a Arthur Lancaster en la parcela de la familia.
La niebla es una mortaja pesada que cubre el cementerio, envolviendo las lápidas en bruma blanca.
El aire huele a mar y a tierra removida.
Es una ceremonia simple junto a la tumba, justo como Arthur habría querido.
La lista de invitados es escueta. Los tres Bobs.
Maya e Irene, que se seca las lágrimas con un pañuelo de satén negro.
Maxine. Coge a Lukas de la mano y no lo suelta.
El sheriff Yates y su esposa, Fiona. La alcaldesa Patel y el jurado de jardines.
Solo hay dos extravagancias: los ramos de flores recién cortadas y el cuarteto con una soprano que canta «Lascia ch’io pianga» del Rinaldo, de Händel, mientras el ataúd de Arthur baja a la tumba.
Lanzamos flores sobre la madera pulida hasta que queda cubierta.
Y, de principio a fin, no dejo de llorar en ningún momento.