Temporada de cosecha (Masacre 2) COSECHA
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COSECHA

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Harper

Estoy de pie junto a los acantilados, no muy lejos del faro, y miro hacia el mar; el agua se agita con la tormenta.

Los pulmones se me llenan de aire salado.

Siento como si me estuviera ahogando. Me asfixio con algo de lo que no puedo escapar.

Da igual con cuántas ganas intente que se vaya: haber perdido al hombre que creía que era Nolan me produce sufrimiento y una rabia pura y sin diluir a partes iguales.

Pensaba que éramos felices. Que me quería. Igual que yo lo quería a él.

Y parecía tan real.

Incluso al final, cuando se puso de rodillas, la ilusión parecía real. Dolor. Pánico. Anhelo. Vi todo eso en sus ojos. Pero estaba mirando un espejismo. Él no era más que una ilusión que me reflejaba las cosas que yo sentía.

Bajo el cristal pulido solo hay destrucción.

Desvío la mirada al objeto que tengo en la mano; la lluvia me gotea por la frente y me aterriza en las mejillas como lágrimas. Es algo más que metal y tornillos y puntas de hueso. Es una reliquia, sus bordes afilados cuentan una historia. Y es el arma que esgrimió contra mí.

El hecho es que Nolan no ha matado a nadie que en realidad fuera responsable del accidente.

Harper Starling murió aquella noche, porque fui yo quien la mató.

Los otros (Marc, Trevor, Dylan) solo eran pasajeros.

Unos mierdas, tal vez. Pero ninguno de ellos iba sentado tras el volante.

Aunque sí que dejaron a Nolan y a su hermano en la carretera.

Igual que yo.

Los hechos son irrefutables. Solo Nolan habría cogido este hueso.

Él es el único que sabía dónde mirar, el único que tenía una motivación para clavarlo en el jardín como si fuera un cuchillo en mi corazón.

Y es la única persona que tenía oportunidad y acceso para enseñarle a Morfeo un nombre que solo conocen otras dos personas en todo Cabo Masacre.

Le dedico una última mirada al hueso que sostengo en la mano y lo lanzo al mar embravecido. Igual que debería haber hecho el día en que nos conocimos.

Suspiro, me limpio el río de lágrimas que me cae de los ojos y que se apodera de mí sin aviso previo.

Durante mucho tiempo, me quedo contemplando el agua sin más, preguntándome por qué Nolan arriesgaría su vida para sacarme de las profundidades.

Tal vez solo era parte de su juego. No lo sé.

Como todo lo demás, su pánico y su alivio, sus cuidados cuando se quedó conmigo en el hospital…

todo parecía tan real. Pero eso es lo más aterrador.

Me prometí a mí misma que nunca consentiría que otro psicópata se colara entre mis defensas.

Y no solo bajé la guardia. Sabía que Nolan era peligroso y eso era parte de la atracción.

¿Qué me pasa? Es como si hubiera visto el cuchillo dispuesto a cortarme y aun así me hubiese lanzado de cabeza a él.

¿Cómo he permitido que sucediera?

No hago más que preguntármelo una y otra vez en un bucle infinito que nunca acaba. Solo cuando al fin miro el reloj y me doy cuenta de que son casi las nueve y media, echo a andar de nuevo hacia el Jaguar de Arthur para recoger su medicina de la farmacia.

Es una mañana inquietante, con el viento y los rayos y la lluvia inclemente, como si la tormenta fuera una parte externa de mí misma.

Anoche, después de la confrontación con Nolan, no me sentía segura en casa, pero en realidad no tenía adónde ir, así que dormí en una de las habitaciones de invitados de la mansión con la pistola debajo de la almohada.

Arthur ni se enteró de que estaba ahí. Tras comprobar que estaba bien, me deslicé en una de las habitaciones en las que nunca entra y, voy a ser sincera, lloré hasta quedarme dormida.

Ahora me siento hueca. Siento un abotargamiento estático donde deberían estar mis pensamientos.

Un dolor constante en el pecho como si me estuvieran aplastando el corazón en un puño.

Entro corriendo en la farmacia para recoger el Aricept y el Risperdal que Arthur debe de haber extraviado de algún modo esta mañana antes de que yo bajara a hacerle el desayuno.

Hemos buscado juntos por la cocina durante veinte minutos antes de rendirme y llamar a la farmacia para que me dieran otra receta.

Cuando me acerco a Un Grano Náufrago, me planteo entrar a tomarme un café; no puedo, me recuerda a cuando conocí a Nolan.

Tal vez debería ir al hostal El Cabo. A ver si su coche sigue ahí o ya ha huido de Cabo Masacre. Tal vez haya mil cosas que debería estar haciendo, pero no soy capaz de enfrentarme a ninguna.

Al regresar a la finca, entro por la puerta principal que lleva a la mansión.

La tormenta le está dando una paliza al jardín: a algunas flores se les han caído los pétalos y ahora yacen sobre la tierra.

Se me van los ojos a las dedaleras, tan preciosas y mortales al mismo tiempo.

«A lo mejor para ti y para mí el amor y el odio siempre han sido dos filos del mismo cuchillo», me dijo Nolan.

Quizá las señales estaban ahí y nunca las vi.

Igual que él tampoco me entendió cada vez que le dije que se equivocaba conmigo.

Tal vez los dos nos dejamos fuera lo más importante.

Ahora estamos igual que el uróboro que tiene tatuado en el brazo: consumiéndonos el uno al otro por toda la eternidad.

Y eso es lo último en lo que pienso cuando aparco el coche y corro bajo la lluvia, hasta que me detengo de repente en el porche delantero de la mansión.

Durante un rato, lo único que puedo hacer es observar fijamente la puerta abierta; la música de ópera sale del interior.

Miro hacia atrás. Paso la vista por el jardín destrozado. No hay rastro de Arthur. Una oleada de miedo repentino me inunda las venas; miedo por que haya seguido buscando los medicamentos y haya salido fuera confundido.

Me giro hacia la cámara que hay bajo el saliente, esperando a que me diga algo. Pero la lente solo me devuelve la mirada, indiferente a mi preocupación.

Abro la puerta un poquito más.

—¿Arthur?

La música de Tosca, de Puccini, es lo único que me responde.

Sigo la melodía de la voz de Maria Callas, que flota desde la cocina. Cruzo el vestíbulo. Los zapatos mojados chirrían sobre el suelo pulido.

—Siento haber tardado tanto —digo mientras recorro el pasillo—. He perdido la noción del…

«Tiempo».

El tiempo se alarga tanto que cada detalle se me queda grabado en la memoria: los tajos de sangre carmesí, los ojos ciegos de Arthur, el olor a hierro en el aire. El eco de mi grito trepando por las paredes.

Corro hacia él tambaleándome; me tiembla el cuerpo, los latidos me rugen en los oídos hasta que amortiguan el sonido de la ópera que me envuelve. Me dejo caer de rodillas sobre la sangre que se coagula en el suelo.

Arthur está bocabajo en los azulejos, con los ojos fijos en el espacio que hay a mi espalda.

Tiene un tajo horrible en la garganta. La mano extendida hacia mí, como si intentara alcanzarme, pero yo no estuviera ahí para sostenérsela.

Tiene los rasgos flojos de la muerte, aunque un eco de expresión todavía sobrevuela las líneas que le arrugan el ceño.

Convicción, tal vez. A lo mejor desafío. Jamás lo sabré.

—Arthur… —Las lágrimas caen en el charco carmesí que le fluye del cuello. Las manos se me sacuden cuando le acaricio la mejilla, donde las gotas de sangre se han secado en su piel fría—. No…

Sé que no puede volver, y aun así le ruego que se despierte. Le ruego que no me deje aquí sola. Pero sus labios entreabiertos nunca me responden.

Paso la vista por el horror que me rodea. El bastón está tirado en el suelo. No veo ningún arma. Miro a mi espalda y me llama la atención algo que no pertenece a este lugar. Un mensaje escrito con sangre en la pared.

«El tiempo exige el final».

El recuerdo es como una cerilla que le prende fuego a las últimas ascuas de mi corazón, reduciéndolas a cenizas. Veo la nota de papel en mi mano. La letra familiar. He seguido el trazo de esa caligrafía con mis dedos, antes de guardarla en el cajón con el resto de las notas de Nolan.

Lo vi cuando salí del hospital. Es la composición musical escrita más antigua… se titula Epitafio de Sícilo. La letra se me quedó grabada y ahora me recuerda a ti:

Mientras vivas, brilla,

no temas nada en absoluto.

Que la vida dura poco,

y el tiempo exige el final.

~N

Apoyo las manos en el suelo; algo afilado se me clava en la base de la mano derecha. Apenas noto el dolor. No lo siento porque me estoy abriendo en canal.

Grito. Y grito. Y grito. No me detengo hasta que no tengo la garganta en carne viva y siento el sabor de la sangre en la lengua.

Una única verdad permanece. Me he enamorado del enemigo.

«Y Nolan Rhodes debe morir».

Es el único pensamiento que se me queda incrustado debajo de la piel.

Cuando llamo a la policía, está ahí. Cuando el sheriff Yates y el ayudante Collins y los paramédicos aparecen, está ahí.

Cuando me siento en la comisaría con sangre en las manos y Lukas entra corriendo echo un mar de lágrimas, está ahí.

«Nolan Rhodes debe morir». Policía. Lágrimas. Preguntas. Respuestas. «¿Quién podría haber matado a Arthur?». Digo que no lo sé. Porque no hay justicia en el mundo que jamás sea suficiente para lo que ha hecho Nolan. A menos que la imparta yo con mis propias manos.

Es casi medianoche cuando me encuentro de pie en el baño de la casa de Lukas, mirando mi reflejo.

Ni siquiera estoy segura de lo que ha pasado durante las últimas horas.

Apenas me reconozco. Tengo los ojos inyectados en sangre y atormentados, el labio inferior en carne viva.

Parecía tan sana y viva hace solo unos pocos días.

Recuerdo sentarme al tocador, maquillarme antes del baile y darme cuenta de que parecía feliz.

Ahora apenas soy la cáscara de aquella mujer.

No me parezco en absoluto a Harper Starling.

Solo soy Autumn Bower con el pelo oscuro y un nuevo sufrimiento cosido a la piel.