V.SIEGA
V. SIEGA
Yates
… Hoy
Estoy de pie ante las grandes portezuelas de la mansión Lancaster y miro fijamente la cámara escondida detrás del tejado del pórtico de piedra; la lluvia me azota la mejilla, impulsada por el viento implacable.
Es antigua para los estándares tecnológicos, una de las dos que hay en toda la finca y que capturan vídeos pixelados conectados al sistema del despacho de la planta principal.
Bueno, al menos dos que instalara Arthur.
Hay otras cuarenta y seis que coloqué yo mismo en toda la propiedad.
Doce en la casa anexa. Diecinueve en la principal.
Cinco en las casetas y garajes. Y las otras diez están repartidas por el terreno.
Sonrío y saludo a cámara con el sombrero, aunque ya sé que no está mirando.
Agarro el pomo de la puerta y un amasijo de emoción me crepita en las venas.
Me detengo para saborear esta sensación desconocida.
Es muy raro que las emociones de verdad rompan el caparazón que me rodea.
«Entumecimiento emocional», lo llaman. Todas las expresiones faciales que pongo, hasta la última reacción animada, las sonrisas, los ceños y las cejas arrugadas.
Todas son pinturas en un lienzo en blanco.
Pero ¿esta sensación? ¿Esta tormenta eléctrica que me vibra en las venas cuando abro la puerta?
Esto es real. El arte de la muerte me acerca más a la perfección. La destrucción es la forma más pura de poesía.
Mon coeur, comme un oiseau, voltigeait tout joyeux
et planait librement à l’entour des cordages;
le navire roulait sous un ciel sans nuages;
comme un ange enivré d’un soleil radieux. ****
La muerte es lo único que me hace sentir vivo.
Cierro la puerta a mi espalda e inhalo una bocanada profunda de este santuario.
Tal vez esto sea lo que sienten los devotos cuando entran en un templo.
Respeto. Alineación con un propósito superior.
Ser uno con lo divino. Pocas veces he entrado en la mansión.
No es lo mismo que ver las imágenes que han grabado las cámaras.
Los objetos familiares cobran vida. Los olores y los sonidos añaden una nueva dimensión vibrante a la perspectiva de píxeles.
Me saco un par de cubrebotas antideslizantes del bolsillo de la chaqueta y me los pongo en los zapatos mojados. Y entonces, con un paso sigiloso tras otro, sigo esos olores y sonidos por el pasillo oscuro que conduce a la cocina.
Cuando me detengo en el umbral, Arthur está de pie en la isla, echándole azúcar al té de un azucarero verde ornamentado.
Lo observo en silencio. Siempre he apreciado su gusto refinado: los chalecos de lana de cachemira, la camisa bien planchada y abrochada hasta arriba que lleva debajo, la música de ópera que suena a través de los altavoces.
Incluso el azucarero, con la tapa de cristal color jade que sostiene con una precisión delicada al colocarla en su sitio.
Pero, de pronto, frunce el ceño mirando al té.
Lo observa fijamente un buen rato. Vuelve a levantar la tapa y repite los movimientos que ya ha completado.
No se acuerda de que ya lo ha hecho.
Espero hasta que termina su ritual por segunda vez antes de salir a la luz.
Arthur se sobresalta cuando me quito el sombrero y me detengo. Tarda un tiempo en dilucidar quién soy. Al principio, pienso que a lo mejor se ha olvidado. Pero entonces dice:
—Sheriff Yates. ¿Qué hace usted en mi casa?
Sonrío. Él no imita mi expresión.
—Lamento haber entrado sin avisar.
—En ese caso, ¿por qué lo ha hecho? Podría haber llamado a la puerta. Seguro que tiene usted mi número de teléfono.
—Esta no es una de esas visitas que se organizan de antemano.
Entrecierra los ojos, no los aparta de los míos mientras le da vueltas al té. Cada clinc, clinc, clinc de la cuchara contra la porcelana manifiesta que el transcurso del tiempo es inevitable.
—Ya veo.
Dejo el sombrero en la isla de la cocina y me acerco un par de pasos más. Arthur intenta ocultar lo incómodo que está agarrando el bastón, pero no recula. Los crescendo de la música, una soprano y un tenor cantando con la voz cargada de urgencia.
—¿Qué está escuchando? —pregunto cuando me detengo a un par de metros.
—¿Ha venido a hablar de ópera?
—He venido para hablar de muchas cosas.
Arthur da tres golpecitos con la cuchara en el borde de la taza y la deja en el plato. Se lleva la taza a los labios con una mano lenta y cuidadosa, como si se estuviera burlando de mí con la lentitud.
—Es Tosca, de Puccini. No está usted familiarizado con la ópera, ¿verdad?
Suelto una risita, me engancho un pulgar en el cinturón.
—No —admito—. Soy más bien fan de la música country.
Se ha vuelto tan fácil meterse en la piel de otra vida que apenas noto que me aprieta. Pero Arthur sí lo intuye. Percibe que hay algo diferente entre el hombre que acaba de afirmar que le gusta la música country y el que se ha colado en su guarida como una serpiente.
Permito que se me desprenda la piel, abandono la farsa del amigable sheriff de pueblo cuando digo:
—Las artes literarias, sin embargo… Bueno, digamos que soy fan de la poesía. En particular de Charles Baudelaire.
Veo que las piezas encajan en su mente. Confusión. Comprensión. Sufrimiento.
Y rabia infinita.
Los nudillos se le quedan blancos alrededor del bastón. Mi nombre es un siseo que le cruza los labios cuando dice:
—La Pluma.
Se me ensancha un poquito más la sonrisa.
Esta vez, lo noto por dentro. El latido acelerado de mi corazón.
La oleada de euforia que me provoca cosquillas en la piel.
Arthur entierra la rabia bajo capas de odio…
odio no solo hacia mí, sino seguramente también hacia sí mismo.
Por no haber descubierto jamás que estaba al alcance de su mano.
—¿Sabe, señor Lancaster? Mi intención nunca fue quedarme en Cabo Masacre —añado—. Lo hice por usted.
Baja más las cejas. Parece que no le impresiona esta revelación.
—¿Para poder ser el sheriff de un pueblo pequeño? Qué dolorosamente anodino.
—A mí me parece que tiene cierta simetría, ¿no lo cree usted?
—No —responde.
Sonrío.
—Se ha pasado años buscando a La Pluma. Buscó y buscó al hombre que arrancó a su Poppy del mundo. Y mientras tanto aquí estaba yo, a su lado, ayudándolo a buscar.
Arthur entrecierra los ojos, pero mantiene la compostura.
—Supongo que se le dio muy bien hacer de policía inepto.
Quizá le sea más natural que ese personaje pseudointelectual de La Pluma que intenta habitar con tanto ahínco —se burla, me estudia de arriba abajo antes de volver a clavarme una mirada afilada en la cara—.
¿Sabía usted que Baudelaire tenía que rogarle a su querida madre que le diera dinero cuando no estaba esquivando a los acreedores o follándose a todo París hasta que lo mataron? Tonto indolente.
El guante de cuero cruje cuando cierro el puño. Es perro ladrador, eso está claro. Pero también sé que muerde. O al menos antes sí mordía.
—Siempre he admirado esos insultos arcaicos. «Pulga incomprensible» era mi favorito. Me temo que echaré de menos su lengua afilada.
Me acerco otro paso a la esquina de la isla de cocina que nos separa. Se hace el silencio por un segundo. Arthur debería recular. En cambio, no lo hace.
—¿Por qué mi hija? —inquiere al fin; es más una exigencia que una pregunta—. ¿Por qué se quedó usted?
—Ya había matado a los objetivos de otros asesinos en serie —digo—.
A veces a familiares lejanos. Cualquiera a quien parecieran valorar.
Pero cuando veía la emoción que mi obra de arte sacaba a la superficie, solo había apatía o frustración o rabia y sorpresa.
Nunca sufrimiento. —Tamborileo con los dedos en la encimera, uno a uno; luego señalo al viejo—. Hasta que le tocó a usted.
Arthur mueve la mandíbula, la aprieta y la relaja con otra oleada de furia. Sus ojos adquieren un brillo vidrioso. Tal vez, si viviera lo suficiente, este único recuerdo persistiría. El de su hija en el suelo de la casa anexa, mi mejor obra de arte.
—Usted fue único —continúo—. Tenía un tipo de vida que creía imposible para gente con nuestra… proclividad. Me pareció profundamente fascinante. Quería ser como usted.
—Nunca será como yo.
—Tiene razón. —Rodeo la esquina de la isla y me quedo cara a cara con Arthur Lancaster—. Yo soy superior.
No necesita bajar la mirada para saber lo que sostengo en la mano. Tiene un instinto que ha perfeccionado a base de vivir tantos momentos como este.
Momentos en los que él era el depredador y no la presa.
Se agarra con más fuerza al bastón, aunque le tiemblan los labios. El sufrimiento es un eco en su rostro, casi tan potente como lo era aquel día en que yo miraba por la ventana de la casa anexa. Pero aun así tiene un aire determinado.
—No se va a llevar también a mi Harper —dice.
—Tiene razón. No lo haré. Al menos no como cree usted.
Me precipito hacia delante y clavo el cuchillo a través de la cachemira y el lino, en las profundidades del cuerpo de Arthur Lancaster.
Abre los ojos como platos. Boquea para coger aire.
Sigo agarrándolo por el hombro. El hueso es tan delicado bajo mi mano.
Las notas de la soprano se elevan a nuestro alrededor.
Poesía musical, dos mundos colisionando para convertirse en uno.
Quizá esto sea la misericordia. O tal vez la misericordia no signifique nada para la gente como nosotros.
—La persuadiré para que salga de su crisálida —digo sujetando el cuchillo firme en su cuerpo tembloroso—. Con su muerte, Autumn se transformará.
Arthur pasa los ojos por los míos, como si fuera capaz de descifrar mi plan a través de mi mirada inquebrantable. Y quizá lo haga.
Porque es más rápido de lo que yo pensaba. Y más listo.
Arthur me golpea en la sien con el bastón… no tan fuerte como para aturdirme, pero lo bastante sorprendente para distraerme. Y, con la otra mano, me estampa el azucarero en la cabeza en una explosión vertiginosa.
Suelto un grito de frustración con los dientes apretados.
Arthur se escabulle mientras sobre el suelo de mármol cae una lluvia de azúcar y la porcelana rota.
Me llevo los dedos a la cabeza, me escuecen los cortecitos que me ha hecho en el cuero cabelludo.
Seguro que a mis pies tengo trozos ensangrentados.
Cuando me doy la vuelta para mirar a Arthur, se ha sacado el cuchillo del vientre, una mancha carmesí se extiende por el agujero de la cachemira. Se sujeta el acero pulido contra el cuello. Le arden los ojos con determinación. Con esperanza.
—Tiene usted razón… con mi muerte, Harper Starling se transformará. Porque se volverá más inteligente y lo derrotará. Y entonces ella lo matará a usted.
Antes de que pueda quitarle el cuchillo, se desliza el filo por el cuello y cae.
**** Volaba el corazón como un ave feliz / y en torno del cordaje planeaba libérrimo; / avanzaba el navío bajo un cielo sin mácula, /como ángel embriagado del más radiante sol.