Temporada de cosecha (Masacre 2) ABSICIÓN #3
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ABSICIÓN #3

Harper no está segura aquí, nunca lo ha estado.

Y es evidente que alguien la está jodiendo.

El primer nombre que se me pasa por la mente es Arthur: tiene el acceso, la inteligencia.

Conoce su identidad real. Podría estar intentando sacarme de su vida para asegurarse de que sigue a su servicio.

Y la casa anexa es suya. Aunque de verdad parece reticente a entrar, podría haberse enfrentado a sus miedos el tiempo suficiente para instalar cámaras ocultas, si hubiera estado lo bastante motivado.

Y, de haberlo hecho, tal vez la hubiese visto meter el hueso en el congelador y habría llegado a la conclusión de que era la oportunidad perfecta para joderla.

El problema es que se arriesgaría a que el tiro le saliera por la culata.

Le doy otro tiento al bourbon. Me termino la primera botellita mientras pienso en la probabilidad de que Arthur esté implicado.

El siguiente que se me pasa por la cabeza es Lukas.

Tiene menos papeletas de ser el culpable.

Ha estado demasiado entretenido con el trabajo como para que se le ocurriera algo tan ingenioso, a menos que eso sea parte de su coartada.

A lo mejor quiere borrar a Harper del mapa del todo, en especial si le preocupa la herencia de la finca cuando fallezca Arthur.

Tal vez su esperanza era que la descubrieran.

Pero Harper parece estar segura de que el chico no sabe nada de nada sobre los pasatiempos de su abuelo.

Suspiro, me paso una mano por el pelo. A decir verdad, ninguno de los dos me parece el culpable.

Hay otra pieza del puzle que estoy pasando por alto.

Tal vez un Buscasabuesos que todavía no ha dado la cara o alguien que le guarda rencor desde hace mucho.

Una sombra que acecha más allá de lo que veo.

Un fantasma en la periferia. Sin embargo, da igual cuántas veces mire de frente el problema: no consigo sacar una figura del humo.

A lo que no le encuentro sentido es al porqué.

Da la sensación de que alguien está intentando desestabilizar a Harper.

Aislarla. Pero ¿con qué fin? ¿Venganza, quizá? ¿Otros motivos que soy incapaz de ver?

Me bebo las seis minibotellitas y no estoy más cerca de solucionar el enigma.

Lo cual tiene sentido, supongo, teniendo en cuenta que el alcohol y pensar no suelen ir de la mano.

El problema es que, cuanto más bebo, más veo solo la cara de Harper.

El dolor y la pena. La rabia. La furia hacia sí misma es lo que más me asusta, porque ella misma es la persona a la que nunca perdonará.

Es lo último que pienso cuando por fin me duermo casi a medianoche.

Cuando me despierto, la habitación está a oscuras. Estiro la mano hacia Harper por instinto. Cojo aire, desorientado, antes de darme cuenta de que no estoy en su casa. Y entonces todo se me vuelve a echar encima, se me abren nuevas heridas en el corazón apaleado.

Gruño y compruebo la hora. Poco más de las tres de la madrugada.

Me siento en el borde de la cama; catalogo los dolores físicos que me plagan el cuerpo. La rodilla. El codo. Ladeo la cabeza de un lado a otro y una serie de pops surgen del cuello. Cuando me levanto y me estiro antes de echar a andar, ya sé que dormir es una causa perdida.

Me quedo de pie frente a las puertas francesas que dan al mar, la superficie brilla bajo la luz de la luna.

El cielo sigue despejado, las estrellas titilan en el manto negro de la noche entre los hilos de nubes, pero el viento empieza a adelantarse a la tormenta que se supone que llega a Cabo Masacre al amanecer.

Agita el agua, las olas se estrellan furiosas contra el acantilado muy cerca de aquí.

Mis pensamientos continúan anclados en Harper, como siempre.

Aunque nunca tanto como cuando observo el agua.

Cada vez, la oigo decir mi nombre. Siento ese estallido de pánico.

No consigo alcanzarla por debajo de las olas.

Y ahora soy incapaz de ver lo que la aleja de mí.

Si pudiera mirar en el abismo.

Me restriego los ojos con las palmas.

Tengo que volver a su casa. Destrozarla.

Hay algo ahí que no está bien. No me cuadra.

Debe de haber alguien observando… alguien escuchando.

Alguien que conoce los detalles más íntimos y oscuros de su vida y, aun así, por alguna razón, no la delata.

Es la presa de alguien y la respuesta debe estar en la casa.

Suelto un largo suspiro; el fuego de la determinación cada vez me arde con más intensidad en las venas.

A ella no le va a gustar lo que estoy a punto de hacer.

Tengo que colarme en la casa. Atarla. Obligarla a mirar mientras encuentro lo que sea que se esconde allí.

Y luego solucionaremos lo nuestro. Lo arreglaremos. Juntos.

Tomo aire una última vez para darme ánimos, dejo caer las manos a los lados y abro los ojos.

Percibo un movimiento sutil. Me acerco un poco más al cristal, tengo el pulso acelerado.

Al principio creo que hay algo delante, algo que no consigo distinguir en la oscuridad lejana.

Un movimiento en el viento creciente. Pero no.

Es un fantasma en el reflejo del cristal.

Me doy la vuelta. Algo me golpea en la sien.

Y entonces no veo nada.