Temporada de cosecha (Masacre 2) ABSICIÓN #2
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ABSICIÓN #2

Esas palabras liberan el último temblor de dolor en su cara. Y entonces desaparece.

Dejo caer la cabeza. ¿Cómo cojones he acabado aquí? ¿Cómo ha podido desmoronarse todo cuando siento que hemos pasado por muchísimas cosas?

Dejo la caja abierta en la mesita auxiliar que tengo al lado; le echo un último vistazo al anillo de diamante que se suponía que representaba nuestro futuro.

Después me levanto, avanzo hacia la puerta despacio y con pasos medidos.

Me detengo en el umbral, no me molesto en limpiarme las lágrimas que me caen de las pestañas.

—Solo quiero quererte.

—No puedes.

Este momento se quedará grabado en mi memoria para siempre. El pozo infinito de dolor bajo su mirada fiera. El rojo que le enmarca los ojos. La amenaza de destrucción que tiene pintada en las cejas fruncidas. Es guapísima, joder. Y está muy rota.

«No puedes impedírmelo», pienso. Pero no lo digo en voz alta.

Pongo un pie en el sendero de piedra. Apenas he sacado el cuerpo de la casa cuando cierra de un portazo y echa la llave.

Espero un momento, como si esto fuera una pesadilla de la que pudiera despertarme. Por desgracia, al oír el sollozo desolado de Harper, sé que es real. Me han arrancado el corazón del pecho. Y no puedo hacer nada para impedirlo.

Recojo mi mochila y voy aturdido hacia el coche.

Cuando me bajo del vehículo en el hostal El Cabo, no recuerdo cómo he llegado hasta aquí.

Ni siquiera he pensado en el resto de la ropa ni en el cepillo de dientes ni en nada más de lo que he dejado atrás en aquella casa.

Lo único que tengo es lo que llevo en la mochila y me pongo enfermo solo de imaginar lo tenso que será organizarme con Harper en las próximas horas o días para recuperar mis cosas.

No soporto la imagen de su indiferencia fría o, lo que es más posible, que ella recoja mis cosas y me las deje en la puerta.

Darme cuenta de que tal vez nunca vuelva a verla sonriéndome es un cuchillo que se me clava en el pecho y me detengo un momento con la mano en el corazón antes de obligarme a cruzar el aparcamiento del hotel.

Al entrar en el vestíbulo, Irene está inclinada haciendo un crucigrama en el mostrador de recepción aferrada a una lupa con sus dedos torcidos.

Es raro que Irene esté despierta en recepción, sobre todo cuando vengo y me voy por las noches, pero cómo no iba a estar aquí ahora, en el peor momento de mi puta vida, para poder retrasmitir las noticias al resto del pueblo e informar de que Harper me ha echado de casa.

Mañana por la mañana, será el titular en la sección de cotilleos de El Cronista de Cabo Masacre.

«Harper Starling rechaza la propuesta de matrimonio de un turista a punta de pistola». Me cago en todo.

Reprimo un gruñido y me obligo a sonreírle a la mujer mientras avanzo inseguro hacia delante.

—Ah, hola, señor Rhodes. No esperaba verlo esta noche —dice Irene, subiéndose las gafas por el puente de la nariz para mirarme.

—Ya… —Parece que me han vaciado el cerebro y me lo han llenado con algodón, porque eso es lo único que consigo decir. Me detengo en medio del vestíbulo.

Irene frunce las cejas blancas; unas arrugas profundas aparecen en su ceño mientras escudriña mis ojos rojos y la desesperación que me esfuerzo por ocultar.

—¿Va todo bien?

—¿Sí…?

—Ajá. —Repiquetea los dedos sobre el mostrador de madera—. ¿Va todo no bien?

—Mmm…

«La jardinera estrella pone de patitas en la calle a papi asesino», pienso cuando la imagen de otro titular surge en mi mente. Cierro los ojos con fuerza por un segundo para borrarla.

—Solo necesito dormir.

Irene me contempla con pena. Lo cual es lo peor.

—Está bien, querido. El desayuno es de…

—Seis a diez —la interrumpo con un gesto de despedida débil—. Gracias, señora.

Echo a andar por el pasillo que lleva a mi habitación, pero Irene pronuncia mi nombre y me detengo una vez más. Respiro hondo para recomponerme, me doy la vuelta y la miro.

—Toma, llévate esto, por si lo necesitas —dice y coloca un cepillo y pasta de dientes tamaño viaje en el mostrador—.

Ah, y esto también. —Estira el brazo hacia las estanterías que hay detrás del mostrador y deja al lado del crucigrama un puñado de minibotellas de bourbon—.

Esta vez, el lingotazo va libre de Cerdito Valiente. Prometido.

Dudo antes de acercarme al mostrador y aceptar sus regalos; me quito la mochila del hombro para guardarlo todo. Cuando termino, la mujer me agarra del hombro y una sonrisa amable y dulce le levanta la comisura de los labios.

—Ya entrará en razón.

En esta ocasión ni siquiera intento esconder el dolor que me asoma a la cara. Me arde tanto el pecho que juraría que mi corazón ha quedado reducido a cenizas.

—No lo creo, señora.

—¿Tan pronto te rindes?

La miro a los ojos. Y, no sé por qué, niego con la cabeza. No me voy a rendir.

—Bien. Pues tómate unas copichuelas. Duerme un poco. Déjala que se calme. Y mañana lo arreglas. —Me aprieta la muñeca con una fuerza sorprendente—. El amor no suele ser un paseo por el prado, querido. Es un campo de batalla. Así que lucha.

Me da un último apretón y me suelta. Sé que no entiende lo compleja que es la situación con Harper ni lo hondo que llega el daño.

Aun así, sus palabras me otorgan un leve atisbo de esperanza.

La determinación es una cualidad que he perfeccionado.

Luchar es una habilidad que se me da bien.

El trauma y el sufrimiento, la rabia y la pérdida…

esos son enemigos a las que ya me he enfrentado.

Así que a lo mejor tiene razón. Necesito lamerme las heridas de una batalla que he perdido y mañana volveré para ganar la guerra.

—Gracias, señora —digo mientras me cuelgo de nuevo la mochila al hombro—. De todo corazón.

Asiento y ella me dedica una sonrisa tranquilizadora, luego me doy la vuelta y me dirijo a mi habitación.

No es fácil mantener esa llamita de esperanza viva cuando entro en la suite.

Siento que estoy atrapado en un recuerdo que no quiero revivir.

Aquellos primeros días en Cabo Masacre pertenecen a otro hombre, uno al que no me apetece recordar.

Pero a lo mejor tengo que enfrentarme a él una última vez para poder seguir adelante de una vez por todas.

Abro una de las botellas de bourbon y le doy un buen trago. El ardor se me desliza por la garganta mientras me siento en el borde de la cama y me quedo mirando fijamente la nada que se interpone entre el suelo y yo.