ABSICIÓN
ABSICIÓN
Nolan
La casa está a oscuras cuando llego, las esquinas sumidas en sombras profundas. Morfeo grazna desde la ventana abierta al verme. Tan solo el último resquicio de luz del final del atardecer alcanza a Harper donde está sentada en el salón.
Sé que algo va mal antes incluso de verle la cara. Está mirando fijamente hacia el tablero de ajedrez, con una expresión impávida que resulta escalofriante, la postura rígida.
El alma se me cae a los pies con una sensación de pavor cuando digo:
—¿Qué pasa?
Ella no responde.
Dejo que la mochila se me deslice por el hombro hasta colocarla en el suelo.
—¿Ha ocurrido algo?
Avanzo un paso hacia ella. Veo un borrón de movimiento y reacciono lo bastante rápido para atrapar un objeto de metal antes de que me dé en la cara.
Lo observo un segundo antes de volver a mirar a Harper, que se ha girado en su posición estatuaria.
Lo único que hace es apretar el puño, que descansa sobre su rodilla.
—¿Qué es esto? —pregunto.
Tarda un instante en desbloquear la mandíbula y decir:
—¿A ti qué te parece?
Sus palabras son frías, calculadas, un escalpelo que se me desliza por la piel. Sin emoción. Crueles. Indiferentes a la angustia que me borbotea por debajo de los huesos. Igual que cuando usaba el cuchillo para arrancar mis trofeos. Ahora siento que se ha revuelto contra mí.
Memento mori.
Harper sigue sin moverse, ni siquiera para mirarme.
Solo espera. Aparto los ojos de ella y estudio con más detenimiento el objeto brillante que tengo en la mano.
Es una larga placa plateada, perforada con unos agujeros, en algunos de los cuales hay metidos tornillos.
Presenta arañazos en la superficie, como si algo metálico hubiera intentado rasgarlo, pero no lo hubiera conseguido.
Y sujeto a la placa hay un hueso machacado.
—Es un implante quirúrgico de titanio —respondo al fin.
—Bingo —dice Harper, girándose despacio y lo justo para mirarme. Me equivocaba cuando he pensado que no había emoción en su expresión. Está ahí mismo, en sus ojos. Furia. Rabia. Está preparada para matar—. Y por un punto extra, ¿qué tal si me cuentas por qué lo has puesto en el jardín de Arthur?
La observo parpadeando; la piel se me ha helado a pesar del sudor que me acude a las palmas.
—¿Qué?
—Dímelo… —Se levanta—. Tú… —Se vuelve para quedar de frente a mí. Veo un destello de algo metálico que tiene al lado, bien pegado al muslo—. ¿Cómo y por qué has dejado esto en el puto jardín de Arthur?
Se oye el clic rápido del seguro de la pistola que tiene agarrada, como el mazazo que dicta la sentencia final de sus palabras. El cuervo grazna desde la ventana.
Levanto las manos, aunque ella sigue con el arma pegada al muslo.
—Harper… No tengo ni idea de cómo ha llegado hasta ahí.
—Inténtalo otra vez.
—Es la única respuesta que tengo.
—Y tú eres la única persona que lo sabía. La única a quien se lo conté. —Harper ajusta el agarre del arma. Las lágrimas le brillan en los ojos—. ¿Esta es tu forma de vengarte de mí?
Me acerco un paso. Ella recula otro. Siento que me están vaciando el cuerpo, como si ella misma se estuviera extirpando de mí, rodaja a rodaja.
—¿Vengarme de ti por qué?
—Yo diría que porque dejé que tu hermano y tú os murierais en la carretera para poder largarme a una nueva vida —dice.
Todos los músculos del cuerpo se le están tensando más.
Le tiemblan los hombros de la rabia—. Tiene sentido que sea una motivación fuerte, teniendo en cuenta que ya has matado a todos los que te abandonaron en esa carretera.
—Harper, yo nunca te haría daño.
—Viniste a matarme.
—Sí —admito. Decirlo en voz alta es como una bofetada, aunque ambos ya fuéramos conscientes de ello.
No sé si la confesión hace que el silencio que nos separa mejore o empeore.
Extiendo las manos hacia ella, rogándole una pausa—.
Sí. Tienes razón. Pero ahora no estoy aquí por eso. Sé que estás confundida…
—¡No estoy confundida! —ruge, se le rompe la voz. Recula otro paso, a pesar de que yo no me he movido—. Tengo mucha claridad, joder…
—Harper, no sé cómo ha llegado el hueso ahí. De verdad que no. Pero eso significa que aquí no estás segura.
Suelta una carcajada sin alegría, más bien un jadeo.
—No podría estar más de acuerdo. Por eso yo estoy aquí y tú estás ahí y hay una puta pistola entre los dos.
—Por favor… —Avanzo un paso. Le tiembla el labio; los ojos, en cambio, le brillan con una furia pura y fiera y no es solo por mí.
Lo veo en el modo en el que se limpia las lágrimas con un manotazo brusco.
Está enfadada consigo misma. Cada vez que el dolor le cruza la cara, lo reemplaza con rabia.
Y eso es lo que de verdad me asusta—. Harper…
, vamos a sentarnos y averiguar qué ha pasado.
Me atrevo a dar otro pasito y, esta vez, ella se da con la pierna en el sillón al retroceder. Sabe que está arrinconada.
Levanta la pistola con la mano temblorosa y me apunta al corazón.
—El aniversario era hoy. —Las lágrimas le caen por las mejillas; su cara es la viva imagen del tormento. Se esfuerza por mantener el control de sí misma, pero está perdiendo—. Sabías que hoy era el día en que murió Adam.
—Y Arthur y Lukas también.
—Pero ninguno de los dos sabía dónde estaba el hueso. Ni siquiera le dije a Arthur el nombre de Bryce, mucho menos que tenía sus restos. Eso solo lo sabías tú. Y lo has puesto en el jardín, donde sabías que estarían la alcaldesa y el sheriff inspeccionando.
Me obligo a dar un paso atrás, lo cual me resulta una agonía; sin embargo, espero que la ayude dejarle algo de espacio. Aunque en el fondo sé que no servirá de nada.
La desesperación me cierra la garganta. Me pican los ojos. Siento que cada uno de los hilos que nos componen se hace jirones y soy incapaz de detenerlo.
—Te juro que no he sido yo. Yo no te haría eso.
—Nolan, sabes que vi lo que pusiste en el libro de scrapbooking cuando me lo llevé.
Las fotos. Esos trozos de piel. Torturaste a todos los que estaban relacionados con el accidente.
Y ¿qué mejor forma de torturarme a mí que llenar mi corazón y luego aplastarlo?
—Harper flaquea, como si escuchar esas palabras las volviera reales y eso fuera insoportable—.
Eras consciente de que eso me haría más daño que ningún cuchillo. Es lo único peor que la muerte.
—Lo sé. Te prometí que nunca lo haría.
Sigo con una mano levantada y la otra me la meto en el bolsillo de la chaqueta, cada movimiento es lento y cuidadoso.
Tal vez debería aguardar a uno de esos momentos en los que flaquea para intentar abalanzarme sobre ella.
Darle un golpe a la pistola para arrebatársela.
Inmovilizarla hasta que se vea obligada a ver que estoy diciendo la verdad.
Pero ya sé que nunca me creerá. Así que esto es lo único que puedo hacer. Y no es así como esperaba que fuera.
Me saco una caja del bolsillo… una que he mirado tantas veces en los últimos dos días que ya he perdido la cuenta.
Veía alegría en su rostro cuando me imaginaba este momento.
Una vida entera planeada ante nosotros. Y ahora me estoy aferrando a los últimos filamentos de algo que se evapora frente a mis ojos.
—Te quiero, Harper. Sé que no empezamos con buen pie, como hace la gente normal.
La vida no ha sido justa contigo. Y sin duda yo tampoco lo fui.
—Sujeto la caja entre los dos con una mano y acerco la otra despacio para poder abrirla.
Harper aprieta los labios cuando una nueva oleada de lágrimas acude a sus ojos—.
Estoy siendo sincero contigo. Vine a matarte y desearía poder borrarlo.
Pero luego te conocí. Vi lo valiente que eres.
Lo leal que eres. Lo inteligente y divertida y fuerte.
Lo compleja y preciosa… tu luz y tu oscuridad y todas las sombras que hay entre medias.
Y nunca haría nada para hacerte daño a propósito.
Una batalla le cruza la cara: la vida que todavía quiere y la vida de la que está dispuesta a alejarse. Hay una grieta en su armadura, el primer destello de esperanza.
Abro la caja. Harper entreabre los labios para inhalar de forma temblorosa.
—Harper, quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Tres cosas pasan al mismo tiempo.
Apoyo una rodilla en el suelo.
El cuervo dice una única palabra.
—Autumn.
Y la luz de los ojos de Harper se convierte en una ira ardiente antes de extinguirse.
—Autumn —grazna de nuevo el cuervo desde el alféizar. Pero, igual que hace un instante, suena diferente. No es la voz de Harper. Es un registro mucho más grave. Una voz de hombre.
Harper aferra la pistola con fuerza. Tiene la mandíbula apretada. La determinación me mira fijamente desde el otro lado del cañón.
—Levántate —sisea.
—No he sido yo. No soy el único que sabe tu nombre.
—Levántate —insiste remarcando todas las sílabas.
—Por favor, no hagas esto. No lo he entrenado para que lo diga, te lo juro. Harper, te lo ruego, Harper —repito apoyando ahora las dos rodillas—. Por favor.
—Que te levantes, joder.
Se le rompe la voz, los ojos le brillan con violencia. Sigue apuntándome con la pistola cuando me rodea, dejando mucha distancia, y corre hacia la puerta. Me giro lo suficiente para ver a través de las lágrimas que la abre, agarra mi mochila y la lanza al sendero de adoquines.
—Lárgate de mi casa. No me obligues a matarte.
—Hazlo —digo bajando las manos a ambos lados. Sacudo la cabeza—. No puedo con esta vida sin ti.
—Cierto. Porque soy tuya. Tuya para manipular.
Tuya para herir. Tuya para destruir. —Se aparta de la puerta abierta para darme espacio suficiente, la pistola no se mueve en su mano en ningún momento.
Ya no le tiemblan los hombros. Está decidida.
Determinada. Desafiante—. Si alguna vez te he importado, levántate de una puta vez y lárgate.
No quiero limpiar tu sangre del suelo y meter tu cuerpo en una puta trituradora de madera.