Temporada de cosecha (Masacre 2) SEMBRAR #4
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SEMBRAR #4

Hoy he recibido dos regalos. Los guantes de Arthur. Y un hueso de la única persona que sabía dónde encontrarlo. La única persona a la que se lo conté. El hombre en el que confié, joder.

Nolan Rhodes.

La traición me canta en las venas, se lleva cualquier defensa que se invente mi mente en cuanto se me ocurre.

«A lo mejor ha sido un error», pienso. Pero una prueba no aparece por arte de magia justo en las mismas flores venenosas a las que Nolan se refiere en sus notas.

«A lo mejor tiene una explicación». Sin embargo, ¿qué explicación puede haber que no sea «Quería joderte la vida»?

Le conté dónde escondí el hueso… a él y solo a él.

Nadie más podría saber dónde estaba ni tendría una motivación para usarlo contra mí como lo ha usado.

«Pero dijo que me quería». Y hace dos días yo le dije a él que también lo quería.

Parecía muy real cuando me lo dijo él a mí. No tengo ninguna duda en mi corazón.

Y ¿qué mejor venganza que eso?

Hay sentimientos. Y hay hechos. ¿Y si me lo estuvo diciendo desde el principio y yo ignoré todos los mensajes? Igual que él me ignoró todas las veces que le repetí que no era la mujer que él creía que era.

«Solo quiero un cachito de ti», me dijo cuando le entregué la camisa de McMillan para que la dejara en el lago… La misma que nunca apareció en la búsqueda.

«Quiero hacerte sufrir por lo que me has hecho», me susurró mientras me follaba en el granero.

—¿Y si todo eso fueron pistas? —murmuro en voz alta, con las manos apretadas porque me duele el pecho.

Tal vez decidió no arriesgarse a matarme, en especial con todo lo que está pasando en el pueblo.

Pero la verdad es que permití que se acercara tanto que él era consciente de que este destino sería peor para mí que la muerte.

Abrió cada capa de mi corazón solo para aplastarlo como pétalos en un puño.

Sabía cómo convertirme en un fantasma viviente. Cómo matarme en vida.

Al llegar a la casa anexa, estoy temblando de la rabia.

Morfeo grazna cuando paso por el comedero, pero no tengo nada que darle.

Me dirijo a la puerta trasera y entro sin hacer ruido; voy directa al armario de debajo del fregadero.

Saco la pistola SIG Sauer que tengo ahí escondida y compruebo el cargador; suelto un largo suspiro cuando verifico que todavía le quedan balas.

Miro en todas las habitaciones. En los armarios. En cada uno de los escondites. Nolan no está aquí.

Cuando vuelvo al piso de abajo, compruebo el congelador.

No ha dejado ninguna nota, como hice yo cuando le robé el libro de scrapbooking.

Al mirar en el cubo de la basura, descubro que el papel de aluminio que envolvía el hueso está ahí, arrugado encima de los desechos domésticos de lo que creí que era nuestra vida imperfectamente perfecta.

Cierro el armario de un portazo y le doy un puñetazo a la encimera; un grito de rabia se me escapa de la garganta.

Nolan vino aquí por un motivo: vengarse del accidente que se llevó a su hermano. Y yo fui la tonta que confesó que estuvo ahí esa noche. Una tonta que se creyó todo lo que dijo.

—Lo prometí. —Le doy otro puñetazo a la encimera—. Lo puto prometí.

«No seré yo», me juré a mí misma. «Nunca más».

Nunca más me iban a pillar. Nunca volvería a sufrir a manos de un psicópata. Nunca más me permitiría bajar la guardia.

Y he permitido que pasara.

Golpeo la encimera una y otra vez hasta que el dolor me sube por la muñeca y el codo.

Al final, me doy cuenta de que hay una persona a la que quiero castigar más que a mí misma.

La respiración se me escapa a trompicones del pecho mientras me acelero.

Me tiemblan las manos cuando me seco las lágrimas de las pestañas antes de que puedan alcanzar las mejillas.

Y entonces camino con calma hacia el sofá.

Me siento; dejo la pistola a mi lado. Luego saco los guantes, los coloco en la mesilla del café como si tenerlos a la vista fuera a darme fuerza.

Suelto el móvil en la mesita auxiliar. Y, por último, saco el hueso de Bryce Mahoney.

Lo giro bajo la luz. Las puntas de marfil destrozadas.

La placa plateada marcada. Los tornillos de metal.

¿Cómo es posible que no viera las pistas? ¿Cómo es posible que no me diera cuenta de que todo esto iba de venganza? ¿Cómo es posible que lo creyera cuando me dijo que me quería?

¿Cómo es posible que me permitiera a mí misma quererlo también?

El dolor del pecho me deja sin aliento. Pero lo obligo a sumirse en la oscuridad.

«No volveré a romper mi promesa».

El móvil vibra porque ha llegado un mensaje. Miro de reojo y veo la información de contacto de Nolan que aparece en pantalla. Lo cojo.

¿Has ganado?

Una sonrisa sin gracia se escapa de mi control.

—Aún no —digo en voz alta antes de darle la vuelta al teléfono y dejarlo con la pantalla hacia abajo; contemplo el tablero de ajedrez mientras la luz entra poco a poco en el salón como si el sol se desangrara.

Morfeo aletea hasta la ventana abierta; me observa con esos ojos de tinta.

—Pájaro bonito asesino —dice con mi voz.

—Tienes razón —susurro, bajando la mirada a la pistola que tengo en la mano—. Eso es lo que somos.