Temporada de cosecha (Masacre 2) SEMBRAR #3
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SEMBRAR #3

Por permitirme sentir esperanza. Por creer que podría mejorar. Por bajar la guardia. Por distraerme.

Por enamorarme.

—Ni siquiera se acuerda de mi nombre —explico con los dientes apretados.

El hueso se me clava en el pecho cuando me aprieto la mano contra el corazón—.

Me ha visto todos y cada uno de los días de los últimos cuatro años y no se acuerda de mi puto nombre.

¿Crees que se acuerda de tu marido? Lárgate de esta maldita casa.

Me giro y cojo a Arthur de la mano, mascullo una disculpa para la alcaldesa y el sheriff y los representantes de la asociación de jardinería.

—Harper. —Max corre a mi lado, me pone una mano en el hombro mientras guío a Arthur hacia la casa—. Puedo ayudar.

—¿Quién es Harper? —pregunta Arthur inclinándose hacia delante, apoyado en el bastón, para mirar fijamente a Max por debajo de las pobladas cejas blancas—. ¿Quién eres tú?

—No pasa nada —lo tranquilizo, sin estar segura de a quién se lo digo.

Y sí que pasa. Apenas consigo mantener la compostura.

Sigo centrada en la puerta principal de la mansión.

Una vez dentro, podré volver a respirar—.

Solo necesita descansar. Estaremos bien.

Pero es todo un detalle por tu parte, gracias.

Miro hacia atrás y le lanzo una sonrisa débil. Max deja caer la mano a su lado; tiene el ceño fruncido. Asiente una vez. Está claro que su deseo de ayudar es sincero. Por desgracia, ya ha visto demasiado.

—¿Quién es Harper? —pregunta Arthur otra vez.

Le aprieto la mano. Es tentador decirle que no se preocupe. Que Harper no es nadie. No sería mentira. Pero tampoco mantendría una promesa.

—Harper es tu amiga —digo tragándome el nudo que se me ha formado en la garganta—. Y te quiere muchísimo.

Arthur masculla algo que no distingo. Tiene las cejas fruncidas; mueve la mandíbula mientras lo medita.

Llegamos a la entrada de la mansión y, aunque me digo a mí misma que podré volver a respirar cuando la puerta se cierre a nuestra espalda, no es cierto.

Tengo el pecho tenso de todas las cosas en las que no me permito pensar.

Por lo menos hasta que no acomode a Arthur.

Lo llevo a la cocina y le paso el periódico, le hago preguntas para mantenerlo ocupado mientras preparo el té.

«¿Cómo pinta la tormenta de mañana?», «¿La boutique Luz de las Estrellas todavía está de rebajas?

», «¿Han publicado ya la reseña sobre el festival Sabores de Terror?

». Cada vez que Arthur vuelve a hablar sobre el «horrendo demonio de bolsillo» o «esa despreciable mujer del césped», le hago otra pregunta.

Luego le pongo un plato con queso y picatostes, su taza de té y una dosis de Risperdal para calmarlo porque está muy agitado.

Me siento con él mientras come. Hablamos de las noticas locales, del tiempo…

de cualquier cosa que nos distraiga a los dos de lo que acaba de pasar.

Y cuando se termina el almuerzo, me lo llevo al salón para que se eche una siesta, aunque la sensación de ahogo no abandone del todo mis pulmones.

—Harper —dice Arthur cuando lo siento en el sillón reclinable, la voz un poco adormilada, la mirada atrapada en los diagramas del jardín que ha esparcido por el escritorio.

—¿Sí?

—¿Ya… ya ha venido el jurado a ver el jardín hoy?

—Sí, claro —respondo poniéndole una manta en el regazo. Le dejo el bastón al alcance de la mano; el lobo mira fijamente toda la estancia como un centinela.

Arthur juguetea con el borde de los cuadrados de ganchillo, donde hay un hilo suelto.

—No me acuerdo.

—No pasa nada.

Me saco su teléfono del bolsillo y abro su lista de reproducción, selecciono El pastor en la roca, de Schubert, para que suene por los altavoces conectados por Bluetooth. Parece tranquilizarse cuando sonrío, aunque la confusión todavía se rezaga en sus rasgos.

—No ha ocurrido nada digno de recordar —digo. Y, antes de que pueda hacerme más preguntas, le doy un beso en la mejilla—. Tengo que irme. Dame un grito si necesitas algo. Te quiero, Arthur.

Me alejo hacia el arco de entrada a la sala. Casi estoy en el umbral cuando me llama:

—Harper.

Apoyo la mano en el roble tallado que se alza por encima de mi cabeza mientras me doy la vuelta. Parece tan frágil en su silla con la manta sobre las piernas. Tan vulnerable, a pesar de todo lo que ha hecho.

—Gracias —dice—. Por todo.

Hago lo que puedo por sonreír.

—No hay de qué, Arthur.

Cuando me giro de nuevo, la pena me traga entera.

El jurado del comité se ha ido hace un buen rato. La finca está en silencio. Alguien ha cerrado la verja de la entrada, sellando nuestros secretos tras las barras de hierro de hojas y flores. Pero siento que nuestros pecados se abren camino entre las grietas.

Y yo he dejado que alguien rompa nuestras defensas.

A cada paso que doy, obligo a mi desesperación a volver a los rincones oscuros de mi corazón y le insuflo vida a mi furia.