Temporada de cosecha (Masacre 2) SEMBRAR #2
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SEMBRAR #2

—Y todavía tenemos que ponerle fecha a esa barbacoa, Harper —interviene Yates—. ¿A lo mejor el fin de semana que viene? Parece que mañana llega una tormenta y vamos a tener unos días malísimos, pero se supone que el sábado hará buen tiempo. Deberíamos aprovechar al máximo mientras podamos.

Esperaba que el sheriff se hubiera olvidado de la dichosa barbacoa, sobre todo ahora que nosotras estamos haciendo nuestros propios planes, pero es evidente que no.

—Sí. Estoy libre.

—Genial. Tráete a Rhodes. Me han dicho que está decidido a quedarse por Cabo Masacre…

—Sí —respondo. El calor se me extiende por el pecho y me baja por los hombros, se me pega a los huesos—. Así es.

—Vaya, eso es estupendo. Entonces os vemos el sábado. A las cinco en punto. Ni te molestes en traer nada, tenemos de todo.

Yates hace un gesto con el sombrero, le da una palmadita a Max en el hombro y echa a andar para alcanzar a la alcaldesa.

—Lo siento. Estoy segura de que a nadie le apetece quedar con el sheriff del pueblo.

Creo que solo quiere ayudarme a que me haga a la gente —dice Max acercándose—.

Es un tanto controlador. Le gusta… —saca un poco de chepa, sacude los dedos como si estuviera manipulando una marioneta fantasma— orquestar cosas. ¿Sabes?

Suelto una risita; apenas registro los ladridos de un perro que se acerca.

—Ya, lo entiendo. Parece un buen padre.

—Lo es —afirma Max, y frunce las cejas—. Supongo que me había olvidado de cuánto le gusta que todo esté «como debe estar».

—Tengo entendido que el whisky viene bien para deshacerse de los familiares controladores. A lo mejor podríamos hacerle una visita a Lukas algún día y que nos haga una cata en la destilería Lancaster.

De reojo, Max me echa una mirada cristalina.

—¿Intentas hacer de celestina?

Suelto una carcajada.

—¿Funciona?

A Max no le da tiempo a responder.

Los ladridos se vuelven más potentes e insistentes de repente, como si los muros que rodean la propiedad los hubieran amortiguado y ahora no hubiese ninguna barrera.

Max y yo nos giramos y vemos a la señora Evanston de pie en la entrada de la verja.

Reinona salta al final de la correa, el arnés rosa se le pega al pecho.

La señora Evanston parece que ha envejecido diez años.

Va despeinada, la blusa medio sacada, sin maquillar.

Y los ojos, rojos y vacíos, están centrados en la alcaldesa Patel como si fueran láseres.

—Alcaldesa —la llama por encima del ladrido rítmico del perro insistente. Echa a andar por el sendero hacia los jueces, que están de pie junto al seto del zorro—. Alcaldesa, necesito hablar con usted.

—Señora Evanston…

—Tiene que reabrir la búsqueda de mi marido.

—La señora pasa por delante de nosotras; la perra salta hacia mí antes de ver los rosales y lanzarse hacia ellos como si se muriera de ganas de cagarse en el jardín.

Su dueña la arrastra consigo y la perra vuelve a centrarse en el grupo reunido al frente—. Peter sigue ahí fuera en alguna parte.

La alcaldesa Patel es la representación gráfica de la calma cuando se gira hacia la recién llegada, que parece desmoronarse a cada paso que da. El sheriff Yates se acerca a la alcaldesa, pero esta lo detiene con un gesto sutil.

—Entiendo su preocupación, señora Evanston —dice la alcaldesa—, y comprendo por lo que está pasando. Cuando hablamos antes del anuncio a la prensa, le mencioné que, aun así, mantendremos a un pequeño grupo que seguirá buscando en zonas prioritarias. Sin embargo, este no es el momento ni el lugar…

—Pero tengo que hablar con usted urgentemente.

El grupo se sume en una conversación tensa y Yates intenta acompañar a la señora Evanston por el sendero con amabilidad.

Los representantes del consejo municipal y de la asociación de jardinería susurran, la desconsolada mujer ruega y la alcaldesa la tranquiliza con mano firme pero amable, todo ello al ritmo del ladrido rítmico del perro.

Sin embargo, es otra voz la que corta la desesperación que durante los últimos minutos no ha hecho más que aumentar.

—Demonio de bolsillo atroz —masculla Arthur mirando fijamente al perrillo—. Ese grosero bruto le dejó defecar entre mis rosas premiadas y no lo limpió. Era una pulga incomprensible.

Estoy segura de que hasta la última gota de sangre se me evapora del cuerpo en el momento en que esas palabras abandonan los labios de Arthur.

Todo se queda en silencio. Hasta el perro se calla.

Las extremidades se me quedan rígidas. Es el «no» que susurra Max lo que rompe el instante infinito de pavor.

Camino a grandes zancadas hacia el grupo con Max a mi lado; una oleada de adrenalina me acelera el corazón al máximo.

Pero es demasiado tarde. La señora Evanston se está volviendo hacia Arthur; tiene la mandíbula desencajada, afloja la correa.

Reinona se zafa de ella y empieza a correr alrededor del grupo, ladrándole a todo el mundo, aunque parece que nadie se da cuenta.

—¿Qué ha dicho?

—Que ese perro es un demonio.

—Sobre mi marido.

—Que era una pulga incomprensible.

La señora Evanston tiene los ojos desorbitados; está perdiendo el color; la expresión se le aclara por un segundo antes de colapsar a cámara lenta.

—¿Qué quiere decir con «era»?

—Arthur, a lo mejor es hora de que vayamos a sentarnos a un sitio tranquilo —digo acortando la distancia que me falta para sujetarlo del codo con mano firme. Le doy un apretón que pretende ser una advertencia—. Lo siento, señora Evanston, pero Arthur a veces se confunde…

El susodicho retuerce el brazo para zafarse de mi agarre y me lanza una mirada asesina.

—No estoy confundido.

—… y la presión del concurso de jardines es demasiado ahora mismo.

—¿Qué quiere decir con «era»? —La señora Evanston se acerca un paso. Yates se interpone en su camino con la mano extendida para que no se aproxime—. ¿Qué le sucedió a mi marido? ¿Sabe usted algo?

—Sé que no le tenía ningún respeto a este pueblo.

—¿Qué quiere decir con «tenía»? —Un sollozo desconsolado se libera del nudo que seguramente le estaba oprimiendo la garganta. Las lágrimas se le acumulan en las pestañas—. ¿Sabe lo que le ocurrió a Peter? ¿Le hizo algo usted?

Consigo volver a agarrar a Arthur del brazo, pero me cuesta sujetarlo sin hacerle daño porque no hace más que retorcerse.

La señora Evanston repite la pregunta mientras yo le ruego a Arthur al oído que se tranquilice.

El perro nos rodea los pies, como si estuviera centrándose en quien ha causado todas las desgracias de su dueña.

El corazón me golpea con rabia el esternón.

—El señor Lancaster tiene ochenta y ocho años y está enfermo —dice Maxine, que se interpone entre nosotros al tiempo que obligo a Arthur a dar un paso atrás—. Casi nunca sale de casa. Estoy segura de que no sabe lo que le ocurrió a su marido.

El desconsuelo de la señora Evanston se transforma en furia. Señala a Arthur con un dedo tembloroso, se lanza al frente y se topa con Yates.

—Ese sabe algo, sheriff. Tiene que buscar en su propiedad.

Yates intenta calmar a la mujer mientras Reinona corre entre Arthur y yo.

La correa suelta se me enreda en los tobillos y me tropiezo, me tambaleo un par de pasos hacia delante antes de liberarme la pierna a patadas.

El perro aprovecha la libertad y corre hacia el lecho de hortensias y dedaleras que hay junto al seto.

Miro lo que está persiguiendo. Algo brillante llama mi atención antes de que me vuelva a centrar en Arthur.

Pero entonces caigo en la cuenta de lo que acabo de ver.

Giro la cabeza de manera brusca. Mi mirada aterriza en una placa plateada que sobresale del mantillo negro, su presencia es más que obvia desde el ángulo adecuado contra el telón de fondo del follaje.

Hay un par de agujeros en el extremo alargado.

Sé que en algunos hay tornillos. Tornillos que se sujetan al hueso.

El hueso de Bryce Mahoney. El que debería estar en mi congelador. El hueso que solo una persona sabía que estaba ahí.

Nolan Rhodes.

Suelto el brazo de Arthur y corro hacia el perro justo cuando saca el hueso de la tierra. Sale corriendo con su premio, pero piso la correa y la anclo al suelo, todavía de espaldas al grupo que discute detrás de mí.

—Serás hija de la gran perra —siseo y ella me responde enseñándome los dientes.

Consigo arrancarle el hueso de las fauces diminutas y me lo meto debajo de los guantes en el bolsillo delantero del peto.

Se lo cambio por un trozo de cecina con la esperanza de que eso le haga cerrar el hocico—.

Como te chives, te juro por Dios que dejo que Morfeo te saque los ojos.

Se calma un poco con el segundo trozo de cecina y hago todo lo posible por tragarme las oleadas de pánico que me invaden mientras me doy la vuelta y regreso con el grupo.

—¡Tiene que detenerlo para interrogarlo! —chilla la señora Evanston; ahora su ira se dirige a Yates—. Sabe algo sobre mi marido.

—Déjalo en paz.

Empujo a Yates y le encasqueto el perro a su dueña.

—Poppy, aléjate de esa mujer, está montando un numerito.

No me giro, aunque Arthur me tira de la muñeca.

—No soy Poppy —digo lo bastante bajo para que él no distinga las palabras. Pero la señora Evanston sí—. Poppy lleva treinta años muerta.

Tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas, pese a que cada vez me quedan menos, para no lanzarme a por la garganta de la señora Evanston, solo por tener alguien contra quien arremeter.

Alguna forma de sacarme la furia de las venas.

La rabia que siento por que haya arruinado la última vez que Arthur participa en el concurso de jardines.

Por obligarlo a acercarse peligrosamente a desenterrar sus secretos.

Rabia hacia Arthur por sucumbir a los bordes afilados de su personalidad abrasiva.

Rabia por su maldita enfermedad. Por el modo en que desmantela sin clemencia al hombre que me dio un hogar cuando más lo necesitaba.

Rabia por mí misma.