Temporada de cosecha (Masacre 2) SEMBRAR
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Harper

—Se supone que te gustan los cacahuetes.

—Galleta.

—¿Cuándo te has vuelto tan tiquismiquis?

—Ñam, ñam. A mí me vale.

—Está claro que no. —Lanzo los frutos secos al suelo y entorno los ojos al tiempo que me meto una mano en el bolsillo delantero del peto para sacar un trozo de cecina mientras Morfeo me juzga desde lo alto de su comedero—.

Sé que te vas a comer los cacahuetes en cuanto me dé la vuelta, estafador con plumas.

Dejo la cecina en la plataforma, junto con unos cuantos cacahuetes más que esparzo por el comedero y el césped.

Mi intención es mantenerlo ocupado durante la última ronda del jurado para el concurso anual de jardines.

Por lo general, Morfeo no se acerca a los grupos de gente que no conoce o en quien no confía.

Aun así, no me fío de que decida aparecer para cantar y bailar sobre asesinos mientras la alcaldesa Patel determina quién es el ganador de este año.

Dejo que el pájaro disfrute de sus chuches y me dirijo a la puerta trasera. El móvil me vibra en la mano con un mensaje de Nolan cuando voy hacia el jardín principal.

¡Mucha mierda hoy! Pero a ser posible que se cague otra persona.

¿Sarah Winkle, por ejemplo?

Claro. A lo mejor Daryl también. A ti mejor que no te entre cagalera.

Una leve sonrisa me cruza los labios, aunque enseguida se me borra por el pinchazo de nervios que siento cuando veo a Arthur descendiendo los escalones bajos que llevan a la entrada de la mansión.

En los dos días que han pasado desde el baile, Nolan ha estado metido hasta las cejas en el cierre oficial de la búsqueda, mientras que Arthur y yo nos hemos dejado el culo en el jardín.

Sé desde hace un tiempo que es posible que esta sea la última vez que participemos juntos en el concurso y quería que fuera aún más especial para él.

Pero ahora, al verlo vestido de punta en blanco, siento que es mucho más real.

Lleva uno de sus trajes de tres piezas inmaculados, esta vez de tweed, y un par de zapatos bien pulidos que apostaría a que son los Stefano Ricci.

—Hoy vas muy elegante. —Me obligo a hablar con voz animada cuando me reúno con él en lo alto del jardín, cerca de la casa—. Veo que te has decantado por ir de jardinero aristocrático. En plan: «Puede que meta las manos en el abono, pero con estilo».

—Por supuesto —dice ajustándose la corbata—. Es el décimo aniversario del concurso. Tengo que celebrarlo como es debido.

Al principio creo que va a hacer algún comentario sobre mi peto y las botas sucias de trabajo; sin embargo, no añade nada. Lo que sí hace es tenderme una bolsita cerrada con un lacito negro.

—Sé que hoy no es el tipo de fechas que se celebran —dice, y baja la mirada al regalo que tengo en la mano—, pero quería que tuvieras algo.

Trago saliva, me arden los ojos. Se ha acordado.

El 25 de agosto. Hoy es el aniversario de mi huida de la casa de Harvey Mead. El día en que Adam murió.

Deshago el lazo de la bolsa y saco el contenido.

Son unos guantes de jardinería hechos a medida, de cuero y de un intenso color púrpura, ribeteados con un hilo verde brillante a lo largo de las costuras de los dedos y del borde de la mano.

En la muñeca tiene unos botones grabados con mis iniciales en oro.

Y en uno de los guantes hay una notita escrita con la caligrafía de Arthur.

No es necesario que un día de tu vida te defina. Tu futuro es lo que haces crecer de las cenizas.

—Gracias, Arthur —digo pegándome el regalo al corazón—. Significa muchísimo para mí.

—Bueno… —Clava el bastón en el césped y arrastra los pies. Carraspea—. De nada. No los pierdas.

Una sonrisa me levanta la comisura de los labios.

—No lo haré.

—¿Lukas te ha escrito?

—¿Para qué?

Su cara de cabrón amargado se vuelve un poco más cabrona.

—Para lo de hoy, Harper.

—Mmm, no. No me ha escrito. ¿Me tenía que escribir?

—Sí. Eres de la familia. —Arthur masculla algo ininteligible, se gira hacia el jardín y me hace un gesto para que lo siga—. Mándale un mensaje de mi parte, ¿quieres?

Un estallido de alegría perversa me inunda las venas mientras me guardo el regalo en el bolsillo delantero del peto. Saco el móvil y empiezo a escribirle un mensaje a Lukas.

Prepárate, caraculo. Estás a punto de ser lanzado a los leones criticones.

—¿Qué quieres que le diga? —le pregunto a Arthur siguiéndolo. El móvil me vibra en la mano, pero no lo miro; dejo que Lukas sude un rato.

—Dile que la alarma de la fosa séptica ha vuelto a saltar. Necesito que la arregle.

Mi sonrisa es eléctrica cuando abro la conversación de Lukas.

¿Qué coño…? ¡¿Por qué?!

Ay, Dios. Me acaba de saltar el recordatorio en el móvil, en serio. Ay, mierda, ¡lo siento, Harper!

Eres una mierda de pseudohermano. Literalmente. Te toca la fosa séptica.

Joooooooder. Me lo merezco. Pero, joder.

Te odio. Pero sigo queriéndote. Y me alegro mucho de que estés aquí.

La sonrisa que antes era diabólica me brilla un poco más.

—Harper —ladra Arthur. Cuando levanto la cara del dispositivo, está de pie en una de las rocas de granito decorativas que rodean el jardín y vigila el paisaje con lo que parece un telescopio de bolsillo—. Están en la casa de los Winkle.

—Bájate de ahí, ¿qué narices…? —Salto a su lado y lo agarro del codo—. ¿Eso es un catalejo?

—Sí. Es práctico y tiene estilo.

—Dámelo.

Le quito el chisme de la mano y me lo acerco al ojo para escanear el pueblo que se cierne a nuestros pies.

Veo la casa de los Winkle a un par de manzanas, donde la carretera que lleva al centro dibuja una curva.

Hay un pequeño grupo de gente en el borde de su jardín.

Distingo el imponente físico del sheriff Yates y a Maxine junto a él; el pelo rojo le cae a la espalda como una llama.

La alcaldesa Patel recorre el jardín examinando algunas de las flores que Sarah Winkle señala mientras el resto de miembros del consejo municipal la flanquean.

—Será mejor que vayamos hacia la entrada —digo devolviéndole la antigualla a Arthur, y le tiro del codo—. Venga, vamos a bajar de aquí.

Le da un último repaso al paisaje.

—¿Cuándo te has vuelto tan mandona, Poppy?

Me sobresalto como si me hubieran golpeado.

—Eh… —Mi voz se la lleva el viento. Arthur no se da cuenta, sigue mirando el pueblo.

No es la primera vez que me confunde con Poppy, claro.

Sé que no será la última. Aun así, el lapsus se me clava en el corazón con la potencia de una flecha—.

Lo siento, es que no quiero llegar tarde para recibir a la alcaldesa.

—Me bajo de la piedra, le tiendo la mano a Arthur y me obligo a sonreír como si no me acabara de quedar sin aire en los pulmones—. ¿Vamos?

—Sí, sí —refunfuña, y pliega el catalejo para guardárselo en el bolsillo de la chaqueta. Un destello de confusión le cruza los rasgos envejecidos por un instante antes de aceptar mi mano—. Tenemos que aplastar a esa banshee de ciénaga.

—¿ Banshee de ciénaga? Esa es nueva. Me gusta. —Me cuelgo el brazo de Arthur del mío y avanzamos hacia el sendero implacable y la cancela abierta en el muro de piedra—. ¿Cómo se te ha ocurrido?

Arthur resopla, burlón.

—Se llama imaginación, Harper.

Esperamos delante de la finca Lancaster en silencio a que vengan los jueces.

Siempre parece que el pueblo no toca a la mansión, que observa Cabo Masacre en secreto.

Solo nos llegan susurros del pueblo al que tenemos vistas.

El sonido lejano de un perro ladrando con la precisión de un instrumento de percusión.

El silbido de los frenos de los neumáticos de los grandes camiones que llevan la maquinaria al río Ballantyne para construir el nuevo hotel.

Y, al final, el traqueteo de los tres coches que se aproximan y se detienen delante de la puerta.

Un torrente de nervios se me arremolina en el estómago mientras Arthur se ajusta la corbata y practica su mejor sonrisa, la menos amenazante, cuando los jueces se bajan de los vehículos.

La primera que se nos acerca es la alcaldesa Patel con dos miembros del consejo municipal, luego el presidente y el tesorero de la asociación de jardinería.

Por último, el sheriff Yates y Maxine se detienen detrás de la alcaldesa.

—Bienvenida, alcaldesa Patel —dice Arthur, que se acerca arrastrando los pies y la mano extendida—. Gracias por venir.

—Un placer. —Estrecha la mano que le tiende—. Y, por favor, llámeme Jaya. Hace tanto que nos conocemos que deberíamos tutearnos, ¿no cree?

Arthur refunfuña feliz y se endereza la chaqueta antes de darle la bienvenida al resto del comité, luego vuelve a centrarse en la alcaldesa para ofrecerle el brazo. Intento no sonreír demasiado ante este pequeño arranque de encanto.

—Por favor, Jaya, permíteme que te acompañe por el jardín de la finca Lancaster. Creo que estarás de acuerdo conmigo en que esta es nuestra temporada más impresionante hasta la fecha.

Los sigo, dejando que los representantes del consejo municipal y de la asociación de jardinería pasen delante de mí para ponerme a la altura de Maxine y el sheriff Yates.

—Me alegro de volver a verte —le digo a Max, que me responde con una sonrisa sincera, aunque detecto un atisbo de nervios por debajo.

—Igualmente. Quería hablar contigo a ver si te apetecía tomar un café alguna vez, pero con el proyecto del hotel estoy hasta arriba. —Me lanza una sonrisa avergonzada; el rubor se le sube a las mejillas—. Siento que lo único que he hecho ha sido trabajar.

—Estoy de acuerdo —dice Yates colocándole una mano en el hombro a su hija—. Deberías descansar. A lo mejor podrías pasar algo de tiempo por aquí con Harper.

—Claro, debería tener más tiempo libre ahora que acaba el concurso —respondo, y señalo el elaborado jardín que se extiende ante nosotros—. La próxima semana me viene bien, si tienes un ratito para tomar un café en El Grano.

La tensión de la sonrisa de Max parece relajarse un poco.

—Sería genial.